Caballo de Troya

Alazán tostado, poderoso de pecho, imponente; con su cabezal de cuero negro, bridas, riendas, silla de filigrana y estribos plateados. Alzado de patas, en acrobática postura sobre su balancín de madera, en un escorzo fantástico e interminable.
 
Todo él sugerente y hermoso como esos caballitos del tiovivo, que traían los feriantes para las fiestas, trotones incansables, subiendo y bajando las onduladas colinas del país de la fantasía; protagonizando en cada vuelta, con cada nuevo jinete, una aventura apasionante y distinta.
 
Todas las Navidades, aquel caballo era la apetencia insustituible de su carta a los reyes: “Queridos Reyes Magos, este año he sido muy bueno y solo quiero que me traigáis un caballo de cartón, ese que hay en el escaparate de Almacenes El Ciclón; lo llamaré Rayo y lo cuidaré mucho. Y dice mi mamá que también un plumier lápices para pintar, unos calcetines y una bufanda”.
 
—Acuérdate de poner cosas para el colegio, calcetines y una bufanda —era la anual letanía de su madre—, que a los Reyes les gusta mucho que los niños les pidan ropa y cosas de estudiar.
 
Y aunque a él solo le importaba su caballo, por si acaso y para no liarla, incluía el recado materno, que al final era lo único que atendían sus taumatúrgicas majestades con antipática diligencia.
En la tienda donde vivía el caballito de cartón se vendían otras muchas cosas: artículos para el hogar, ropa de señora y caballero, molduras, espejos, recuerdos del Pilar, estatuas, rosarios, maletas, baúles, bolsos.
 
En cuanto a juguetes también tenían de todo y un enorme cartel colgado en la pared aseguraba que allí se podía encontrar “DE LO MÁS BARATO A LO MEJOR”. Un aviso a navegantes y la clave de bóveda que mantenía firme la estructura, sobre la que se cimentaba la ausencia de compromiso regio con los anhelos ecuestres del niño y alimentaba, cruel, su frustración anual en cada mañana del seis de enero.
 
Porque también en las ilusiones hay categorías y el alazán de cartón piedra formaba parte “DE LO MEJOR”, reservado para la chiquillería de casas bien, familias con posibles, gente de orden, en definitiva; mientras que los padres del chico, aunque honrados y decentes, tenían que hacer piruetas y volatines para vivir con algo de dignidad y llegar a fin de mes.
 
Así que, año tras año, el paso de sus majestades por aquel balcón solo dejaba constancia de que —aunque el protagonista de esta historia no se hubiera percatado aún—, allí vivía un niño pobre y en esas situaciones, los Reyes Magos siempre van a “LO MÁS BARATO”.
 
Nunca tuvo caballo de cartón, bicicleta o tren eléctrico y a golpe de desengaño aprendió, que son muy pocos los elegidos que pueden permitirse el lujo de tener esperanzas y que el resto, la mayoría, hemos de conformarnos sólo con espejismos, sucedáneos de felicidad que duran muy poco y son eso: “LO MÁS BARATO”.
 
Y colorín, colorado…
CC-BY-NC-ND

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