Nací sietemesino, que era un eufemismo utilizado en aquel tiempo para edulcorar el hecho, de que mis padres me encargaron un poco antes de pasar por la vicaría, algo frecuente en la historia de la humanidad, pero que entonces quedaba feo.

Mi madre era hija única, pero mi padre tenía siete hermanos, todos varones, de manera que tuve siete tíos.

Vivo en la séptima planta, del número siete de la calle Siete de Julio y siempre que compro lotería pido que termine en siete. Nunca me ha tocado otra cosa que reintegros, siete veces.

Fueron siete, mis novias. Por suerte para ellas no cristalizó la cosa con ninguna.

Mi carta de la baraja preferida es el siete de copas, porque los cartománticos la asocian con una persona soñadora, que vive en un mundo lleno de ilusiones y le gustaría tener una vida ideal, llena de buenos sentimientos, emociones y esplendoroso futuro; nada que ver con el codicioso siete de oros, el traicionero siete de espadas o la pulsión camorrista del siete de bastos. 

Me va la moda setentera y he cumplido siete decenios.

Según Hipócrates: «El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas; es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días: este número influye en todos los seres sublimes.»

 El misticismo que los creacionistas atribuyen al número siete, se apoya en que dios creó el mundo en una semana. 

No soy creyente, quizá por eso, solo he podido disfrutar tres de los siete pecados capitales: lujuria, gula y pereza; eso sí, con una dedicación digna de encomio.

En muchas culturas, el número siete está asociado a la perfección e incluso a la divinidad.

Pero soy muy maniático con esto de la numerología y me molestan cosas, como que Los Siete Niños de Écija fueran catorce; me pone de muy mala leche, que Fernando VII, «el rey Felón», fuera el más aborrecible rey de la dinastía borbónica –eso, y el hecho de que sus legatarios no mejoraron sustancialmente la genética, es la causa de mi republicanismo impenitente–, y que cada siete de noviembre, como siempre sin tarjeta, dice la canción, un idiota le regale a su mujer un ramito de violetas, en vez de decirle que la quiere, en invitarla a cenar a un sitio caro

En fin, que estoy un poco cansado del siete, me aburre y no me ha aportado nada en la vida. Como número misterioso, cabalístico y literario queda bien, pero para todos los días, qué quieres que te diga, empacha un poco. 

Porque me pilla mayor y con las hormonas en retirada, que si no me plantearía cambiar de número hechicero, no sé, el seis, el ocho, el nueve, o mejor aún, el sesenta y nueve, que es plásticamente capicúa. Ese sí que molaría, ¿no crees?.

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