—Estamos solos en este operativo, soldado, no vamos a recibir ningún tipo de ayuda —el jefe del comando extendió un rudimentario mapa sobre la mesa—. En alguna parte de esta área —señaló sobre el plano un amplio sector—, se esconde el aparato y quien lo tiene posee el control, eso lo sabemos sobradamente. Es imprescindible que seamos nosotros; de lo contrario, la batalla estará perdida.

El soldado, muy joven, casi un niño, seguía con atención y en silencio las instrucciones de su superior.

—El enemigo es más fuerte, no podemos arriesgarnos a una confrontación directa, perderíamos en el cuerpo a cuerpo; hemos de intentar una maniobra de distracción y el mejor sitio para ello es este —el comandante, señalaba un estrecho punto del mapa, que parecía un desfiladero.

El soldado, sin levantar la mirada del papel extendido sobre la mesa, alzó una mano pidiendo autorización para intervenir.

—Permiso para hablar, señor.

—Permiso concedido, soldado.

—Deduzco que seré yo quien busque el aparato, señor —casi tartamudeó agobiado—, y no he visto uno en mi vida, dudo que sepa hacerlo funcionar.

El jefe se pasó una mano por la cara, como queriendo borrar una mala imagen, un doloroso presentimiento.

—Tienes razón, muchacho, desconocemos qué tecnología utiliza, manipularlo a la ligera puede ser peligroso. Yo tuve uno en mis manos hace mucho tiempo, antes de la invasión, pero me lo arrebataron. Es posible que todavía recuerde algo de su funcionamiento. Cuando te hayas hecho con él nos ocuparemos de eso.

El chico asintió con la cabeza y el veterano siguió desarrollando su estrategia.

—Yo me ubicaré aquí —señaló la entrada del desfiladero—, desde este flanco puedo mantener un fuego cruzado para detener su avance; pero no por demasiado tiempo. Así que deberás darte mucha prisa; la zona es grande, lo sé, pero tú eres joven, tienes buenas piernas: lo conseguirás. Confío en ti, chico, sé que no me defraudarás.

—¡Señor, no, señor! —se cuadró militarmente el soldado, con un brillo de determinación en la mirada.

Empezó como un hipido suave, un siseo entrecortado, un estornudo contenido, y fue creciendo hasta convertirse en una sonora y cristalina carcajada, que avanzó hacia ellos desde algún lugar del pasillo.

—¡Ay, señor, qué pareja de payasos!

Era una voz de mujer, no había en ella tensión o amenaza y parecía divertida, pero a los dos hombres se les congeló la sangre en las venas.

—El mando de la tele lo tengo yo, frikis, aquí, en el bolsillo de la bata y el Madrid – Barça me suda el chichi. Hoy se sabrá quién es el amante secreto de Esperanza María Benita de la Concepción Irigoyen y eso no me lo pierdo yo ni en coma inducido. Si queréis ver el fútbol, os bajáis al bar.

—¡Joer, tu madre, qué oído tan fino tiene, la jodida! —el lenguaje corporal del jefe asumía ya la derrota—. Anda, vamos al bar, a ver si aún podemos pillar buen sitio, que hoy se va a poner de bote en bote.

—¿Por qué no compráis otra tele, papá? —argumentó el chico—, así no tendríamos estos problemas.

—¡Pero si es ella que no quiere! Dice que es mucho gasto —casi sollozó el hombre—. Vamos y coge el chubasquero, que tiene pinta de llover. Solo falta que volvamos calados. ¡Dios, hay días que…!

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