El ambulante de correos

Los días que el cielo amanece encapotado, negro, compacto, como un sorbete de alquitrán, tienen el efecto inmediato de activar, a máxima potencia, los aspersores de toda la jardinería municipal. Y con la misma irreductible fatalidad, a media mañana, las nubes descargan unas jarreadas de agua bíblicas, capaces de poner palote al mismísimo Noé.

Inocencio Azagra, sargento de policía con destino en la brigada de homicidios del distrito Torre Nueva, en los días de humedad se comporta como un gremlin recién salido de la ducha: desconfía de todo el mundo, le duelen los juanetes, tiende a montaraz y por cualquier nimiedad se le asilvestran las criadillas. 

Además, ese jueves, el revuelto de anís con moscatel y los churros de buena mañana, le habían provocado  una insurrección gastroenterítica de grado nueve, que le tenía el esófago en carne viva y el hígado como un sambódromo carioca en día de carnaval.

Pero las cosas siempre pueden ponerse peor y la víctima –porque cuando el día viene de nalgas siempre debe haber algún pagano–, apareció en el quinto piso de una casa, que había dejado de ser antigua un par de siglos atrás, con ínfulas de palacete roñoso, degradado a casa de vecindario pobre, renegrida y sin ascensor.

Las escaleras eran anchas, muy desgastadas por centurias de servidumbre, y grandes bolsas de humedad, que granulaban de salitre las paredes, iban marcando, como mojones de carretera, el progreso de su ascensión. 

El barandal parecía recién pulido, gracias al lustre que le había dado el roce de muchas generaciones de manos anónimas, y los balaustres, de hierro liso, sin filigranas, engordados por la acumulación de capas de pintura negra, presentaban leprosos desconchones carcomidos por el óxido.

Cinco minutos de escalada, con parada de servicio en todos los rellanos, fueron necesarios para que un concierto de mugidos y sibilancias anunciara la llegada del sargento Azagra al lugar de los hechos, un cuchitril que olía a moho, suciedad y orines de gato.

En el suelo, con un clavel de sangre seca, macabro y revenido, floreándole la sien, y el cuerpo quebrado en una postura imposible de marioneta desmadejada, yacía el fiambre.

Azagra se dejó caer sobre el brazo de un sofá excesivamente  fogueado, que a pesar de sus hernias y cicatrices parecía lo menos mugriento de la habitación.

–A ver, Quintanilla, novedades –jadeó mientras rebuscaba por los bolsillos la cajita de antiácidos.

El guardia Quintanilla, un pacense taheño, espigado y con el cascarón de la academia todavía pegado al culo, se cuadró con un sonoro taconazo y se aprestó a dar el parte.

–Sus órdenes mi sargento. La identidad del sujeto está todavía por confirmar: no llevaba papeles encima y como va disfrazado de funcionario de correos, pero de los de antes, de hace muchos años; todo apunta a que se trata de algún farandulero borracho, que ha terminado mal la noche –sentenció dando por finalizado su informe.

Se hizo un silencio burocrático, de espera cotidiana, funcionarial.

Azagra, recuperado de la escalada, se acercó al cadáver para una inspección ocular.

Era un hombre joven, moreno, de treinta y tantos. Como había deducido el guardia, todo apuntaba a que se trataba de un actor, caracterizado para una representación teatral: el uniforme de funcionario de correros del siglo pasado, un peinado a raya lubricado con brillantina y el fino bigote, tan perfectamente delineado como anacrónico, así lo hacía suponer.

–¿Y esto, Quintanilla? –el sargento señaló un taquillón oscuro lleno de polvo, donde un sobre amarillento, atrapado bajo un pequeño hórreo de madera –que lucía en su base la leyenda «Recuerdo de Asturias»–, parecía estar llamando a gritos la atención del policía.

–Yo solo he registrado al muerto, mi sargento. No he querido tocar nada más, para no contaminar la escena del crimen –se justificó el pacense.

–¡Joder, escena del crimen, dice! –Azagra retiró el hórreo y se hizo con el sobre sin ningún cuidado–, muchas películas ves tú de americanos. 

–Ni tan siquiera sabemos quién es el fiambre –mientras agitaba  el sobre en su mano derecha, un chorreón de jugos gástricos y anís revolcón, le abrasó la boca del estómago, dibujándole en el rostro un espasmo de dolor–, necesitamos respuestas. ¿Me equivoco, Quintanilla? 

Por toda réplica, el guardia ensayó un paciente encogimiento de hombros.

–Elidio Castrillo Sanmiguel, soltero, natural de Navalpotro, provincia de Guadalajara, y ambulante de correos. Trabajaba en el coche estafeta del Shanghái; entraba de servicio en la estación de Zaragoza, haciendo el trayecto hasta La Coruña y en sentido contrario al día siguiente. 

–El 23 de octubre de 1953, en la estación de Valladolid-Campo Grande, aprovechando el tiempo que se tardaba en cambiar la locomotora, bajó del tren para tomar algo en la cantina. Ya no se le volvió a ver. Hoy debería tener más de noventa años, casi cien.

Los dos policías se volvieron, al unísono, hacia la puerta, sobresaltados y sorprendidos por la intromisión. Apoyado en una de las jambas, un anciano larguirucho, enjuto y de aspecto cansado, les observaba con una cierta desgana.

–¿Es él, Mariano, es Elidio? –preguntó una cabecita canosa, que se apareció con cautela, tras la espalda del viejo.

–Sí, Dolores, es él, por fin ha vuelto –confirmó el hombre, mientras la viejecita se santiguaba «¡Jesús, María y José!» repetidamente.

El sargento Azagra se sacudió la catatonia aventando un par de cornadas a izquierda y derecha. Volvió a escarbar en los bolsillos de la americana la presencia de la cajita de antiácidos y en dos zancadas se plantó delante de la pareja.

–¿Sus gracias de ustedes, si son tan amables? –ironizó con una mala leche, que le subía directamente de los doloridos juanetes, afectados por la humedad–, y ¿qué pueden aportar al contenido de la investigación?

El guardia Quintanilla, protocolario y ordenancista, sacó la libreta  para tomar nota de todo cuanto pudieran contar los dos ancianos.

–Mariano Seco y aquí mi señora, María Dolores Ceberio –contestó disciplinado el viejo–, vecinos que somos, bueno, éramos, de la Paulina, aquí al lado, pared con pared; más de sesenta años hace que vinimos a esta casa, pero ella, la Paulina, ya vivía aquí, con su madre viuda, doña Eugenia, ¡una santa!…

–Sí, sí, de acuerdo –se impacientó Azagra–, pero además de la hagiografía de la tal Paulina y su santa madre, ¿tienen ustedes algún dato interesante que aportar a la investigación?

–Para estar todo el día rajando, comisario –le hizo pegar un brinco en el escalafón, que el sargento no se molestó en corregir–, lo sabemos todo y la historia empieza a principios de los cincuenta, figúrese.

El recién nombrado comisario meneó la cabeza, dubitativo. Se tomó otro par de pastillas. Fuera seguía lloviendo a mares y ya tenía la nariz hecha a los olores.

–¿Qué juzgado está de guardia, Quintanilla?

–El cinco, mi sargento.

–¡Buah!, las uvas nos dan con Pantaleón.

–Pero pasen ustedes, por favor, no se queden en la puerta, ¿un cigarrito? –le salió la vena anfitriona al guindilla.

–No fumes, Mariano, que te va mal –objetó la viejecita.

–¡Calla, mujer, que por uno…!

Tomaron asiento en el desvencijado sofá. Azagra le ofreció fuego al abuelo, que dio un par de caladas, con avidez de yonqui necesitado. Tosió un par de veces, Dolores cabeceó furiosa con un admonitorio «te lo dije» en la mirada y comenzó la historia.

–Yo por aquel entonces tendría trece o catorce años y conocía a la Paulina de vista, de andar por el barrio, porque era muy guapa y llamaba la atención. Era mayor que yo, cinco o seis años, calculo,  y tenía muchos pretendientes, pero no hacía caso a ninguno, siempre ocupada con su madre, que estaba ya muy enferma, y con su trabajo en una mercería de aquí cerca, que estuvo abierta hasta los noventa.

Dio otra calada al cigarrillo, se quedó en silencio, como para hacer memoria y prosiguió.

–El Elidio también vivía en el barrio, le gustaba la Paulina y a ella no le caía mal; se hablaban, como se decía antes, a esa etapa previa al noviazgo.

–Eran casi novios, que me lo dijo a mí muchas veces ella –terció la mujer–, les faltaba el último empujón.

–Sea, como tú digas –concedió Mariano–, el caso es que él sí estaba loco por ella; lo sé porque de aquellas empecé a trabajar como meritorio en correos y me mandaron al Shanghai, de ambulante, con Elidio. De Zaragoza a La Coruña eran muchas horas, de algo había que hablar y el chico solo tenía ojos y boca para ella.

–A ver si nos aclaramos, Mariano –interrumpió Azagra–. ¿Me está usted diciendo que el Elidio que usted conoció a principio de los años cincuenta, que hoy debería rondar los cien, es este fiambre, que no llega a los cuarenta, que tenemos aquí, de cuerpo presente, esperando a que llegue su señoría a levantar el cadáver?

–Sin ninguna duda, señor comisario –respondió con rotundidad el viejo.

–¡Pero hombre de Dios, Mariano, no me joda usted! Quintanilla pliegue la libreta y no gaste tinta.

–Déjeme que le cuente toda la historia, comisario –reiteró el vejete el tratamiento–, y luego saque conclusiones. ¿Qué puede perder?

–Paso un momentico a casa y les preparo unos cafés –se ofreció Dolores levantándose, diligente, del sofá.

–¿Podría ser una manzanilla para mí, señora? –le aconsejaron las tripas irascibles al sargento.

–Ahora mismico vuelvo –fue la respuesta. 

El cigarrillo se le había consumido a Mariano y Azagra, le ofreció otro, con un guiño cómplice, que el viejo aceptó gustoso.

–Como le decía, Elidio y Paulina se hablaban y lo único que les faltaba era algo de dinero para empezar, pero estaban los dos dispuestos a oficializar el noviazgo en cuanto pudieran.

–Él siempre decía que guardaba un tesoro, herencia de su bisabuelo, que conoció a Alfonso XII y, por alguna razón, recibió del monarca una joya de gran valor: un reloj de cadena, de oro, con el escudo de los borbones grabado en la tapa, que según él valía una fortuna. En realidad nadie vio nunca el famoso reloj y todos dudábamos que existiera.

–Aquí están los cafés y la manzanilla –hizo entrada Dolores, con la comanda bailando sobre una bandejita de plástico, que hacía publicidad de unos polvos de cacao.

Los policías agradecieron el detalle y Azagra, esperanzado, se fue echando al buche la manzanilla, entre soplidos y a sorbitos pequeños, porque estaba demasiado caliente.

–El 23 de octubre de 1953 era viernes y el Shanghai, que debía llegar a Zaragoza a las 6:30, llevaba tres cuartos de hora de retraso. Pasaba siempre. Llegó muy pasadas las siete. Elidio y yo le dimos el relevo a los compañeros que venían desde Barcelona, y a eso de las ocho, arrancamos hacia Ariza.

–En Zaragoza se cargaron muchas sacas y clasificarlas nos llevó mucho tiempo, pero a las dos, más o menos, habíamos terminado; comimos lo que traíamos en las fiambreras, y como no llegábamos a Valladolid hasta las cinco de la tarde, hora oficial, pero con el retraso que llevábamos se harían las seis con facilidad, yo me tumbé en la litera a descabezar un sueño, mientras Elidio se quedó a escribirle una carta a Paulina; esa misma carta que lleva usted en la mano, comisario.

El policía se quedó mirando, pensativo el sobre.

–¿Cómo sabe usted que es la misma carta, Mariano? –la pregunta era preceptiva.

–Por ese corazón y la cruz, que están dibujados en el canto del sobre –respondió el anciano–, era como un distintivo, su firma, en todas las cartas que le mandaba a la Paulina.

El sargento Azagra comprobó, en efecto, que en la esquina superior derecha del sobre amarillento, destacaba el dibujo de un corazón, que en su interior albergaba una pequeña cruz. 

La carta estaba remitida a:

«Sta. Dª

Paulina González Alduez

Calle de Capitán Mercadal número 4, quinto derecha

Zaragoza»

–El sobre remite a la calle Capitán Mercadal y esta es García Membrado –objetó el policía.

–Y mucho antes se llamaba de Indalecio Prieto –replicó Mariano–, pero después de la guerra la cambiaron a Capitán Mercadal, que ninguno sabíamos quién era, y con la democracia la han vuelto a bautizar con el nombre de este señor, García Membrado, del que tampoco sabemos los méritos; por eso, los viejos, seguimos llamándola calle Prieto.

–Pero hágame caso, es la carta que Elidio escribió en la estafeta del Shaghai a Galicia esa tarde de octubre del año 53.

–Cuando llegamos a Valladolid-Campo Grande, pasadas las seis de la tarde, Elidio parecía feliz, estaba muy contento y como había que cambiar la máquina y eso llevaba tiempo, me dijo que se bajaba a la cantina, a tomar algo y a ver a un señor muy importante, con el que tenía un negocio pendiente. Esa fue la última vez que supe de él hasta hoy.

–Una pregunta que se me ocurre, si uste permite, mi sargento –se sumó Quintanilla a la tertulia–. ¿Qué fue de la señora Paulina?

La mirada reprobatoria que le dirigió Azagra venía a decir: «¡Qué tendrán que ver el culo con las témporas, pedazo de cotilla!»

–¡Ay, pobrecica mía! –era Dolores la que gemía retorciéndose las manos, compungida– ¡Una santa! Atendió a su madre hasta que murió, la pobre, y ya nunca quiso saber nada de hombres, ni noviazgos, ni casorios. Soltera la enterramos anteayer, después de mes y medio largo, que la tuvieron en San Juan de Dios, desahuciada ya, la pobre. Por eso está la casa como está, que era repulida y limpia como ella sola.

Un silencio de luto compartido, incómodo, tan pesado y polvoriento como el entorno, selló las palabras de Dolores. 

Quintanilla balanceaba el cuerpo, cargando el peso, alternativamente, sobre una u otra pierna.

Mariano miraba, ensimismado, consumirse la brasa del cigarrillo, sin hacer tan siquiera mención de una última calada.

Dolores utilizó un kleenex multiuso, que sacó las entrañas del delantal, para cortar el parto de una postrera lágrima sentida.

El sargento Azagra, con la mirada ausente más allá de la cortina de agua, que se adivinaba tras la cristalera de la ventana, daba ligeros golpecitos al sobre, como el que entretiene su aburrimiento, tamborileando con los dedos sobre la mesa de la cocina.

El silencio era palpable, se podía cortar.

Azagra salió de su abstracción y se encontró con la mirada, entre inquisitiva y animosa, de sus compañeros de viaje.

–A la señora Paulina no creo que le importe, ¿verdad?– formuló la pregunta al aire, como pidiéndole permiso a un ente incorpóreo, que estuviese sentado en el sofá, entre Dolores y Mariano.

Los demás se limitaron a negar con la cabeza, sin emitir sonido alguno, como para no romper la magia del momento. Solo Dolores lo animó, con los ojos, a rasgar el sagrado del sobre.

Con el esmero de un iniciado abriendo a los aspirantes los velos del templo –y la ayuda de la navaja de un cortaúñas–, el sargento Azagra tajó el lomo del sobre. Con dedos solemnes, extrajo una hoja de papel, solo una, que podía ser la historia postrera, de un cadáver de casi cien años, que aguardaba, silente y retorcido, que la llegada del juez de guardia le permitiera, de una vez por todas, descansar en paz.

«En  Ariza, a 23 de octubre de 1953» –la voz ronca del sargento, rompiendo el polvoriento silencio de la habitación, trajo de nuevo a la realidad al resto, con un respingo de espabile colectivo.  

«Estimada Paulina, permítame que le dé tratamiento de querida, porque nada en el mundo es capaz de despertar en mí un sentimiento de amor tan profundo como el que me inspira su persona de usted.

Harto sabe, que mi máxima aspiración en la vida es hacerla  feliz y disfrutar, a mi vez, del premio de su presencia en el devenir de nuestro futuro juntos. Pero, hasta ahora, el vil metal no ha permitido nuestra felicidad. Eso va a cambiar.

Usted conoce, porque lo ha visto, el reloj que mi bisabuelo recibió de su majestad Alfonso XII, un tesoro que ha llegado hasta mí, como único legado de mis pobres padres, que murieron sin posibles.

A pesar de las muchas fatigas que pasó mi familia a lo largo del tiempo, nunca se desligó de esa querida joya, pero hoy, Paulina, mi amor por usted es más grande que cualquier tesoro y estoy en condiciones de desprenderme del familiar, por una muy buena suma de duros, que nos permitirá, si me concede el premio de su amor, iniciar una vida juntos y felices, en compañía de la mamá de usted, a la que quiero como propia.

Hoy, cuando el Shanghai llegue a Valladolid y en el tiempo en que cambian la locomotora, tengo que verme con un señor muy principal de la ciudad, que está interesado en comprarme el reloj, por no menos de dos mil duros, Paulina, lo que nos permitiría alquilar una pieza de tres habitaciones, con aseo propio, que tengo vista en la calle Mayoral, con balcón a la calle, donde su señora madre podría tomar la fresca, como una marquesa, las tardes de verano.

Tanto si esto llega a buen término, como si no, esta carta quiero entregársela de viva mano, en persona, para que, de una manera u otra, sirva de declaración, solicitud de matrimonio y propuesta de vida juntos, porque mi amor por usted es más fuerte que la pobreza más absoluta.

Dueña de mi corazón, cuento las horas que restan para poder contemplar su querido rostro y poner mi alma al servicio de usted.

Suyo hasta la muerte, y por encima de ella». 

–Y firma Elidio Castrillo –rubricó el sargento Azagra.

Solo el sonarse los mocos de llantina de la señora Dolores –que no había tenido más remedio que estrenar kleenex nuevo–, rompió el silencio que acompañó la rúbrica final de la lectura.

–Está claro, mi sargento –argumentó Quintanilla–, que algo salió mal en Valladolid y al pobre desgraciado le dieron pasaporte; le robaron el reloj e hicieron desaparecer el cuerpo del delito. De manual.

Durante unas décimas de segundo, el mecánico cabeceo del sargento Azagra parecía coincidir con la solución propuesta por el pacense, pero un nuevo latigazo de acidez estomacal le hizo volver a la realidad.

–¡Me cago en tus muertos, conejo! –el exabrupto cuartelero sonó como un trallazo casposo en la quietud de la habitación–. ¿Y qué hacemos con el fiambre de carnaval que tenemos, aquí, en el suelo, esperando a los del cinco para que lo lleven al depósito?

–Eso, comisario, ¿qué se hace con eso? –la pregunta de Mariano hizo coincidir las miradas de todos en el cuerpo exánime, que lo seguía siendo, exánime, pero que ya no era tan cuerpo, porque gran parte de las piernas, a la altura de medio muslo, había desaparecido y de ahí para arriba, comenzaba a extenderse una gradual transparencia, que hacía ya visibles, a través del abdomen y el pecho del cadáver, las viejas baldosas de la habitación.

La señora Dolores no dejaba de persignarse –«Jesús, María y José»–, a velocidad de récord Guinness.

Quintanilla, que era el más cercano al fiambre, pegó un brinco hacia atrás, tropezó con un perchero y, trastabillando, vino a aterrizar en una otomana, reserva de ácaros de la biosfera.

Para entonces, el cadáver había desaparecido. Todo estaba en silencio, nadie hablaba, hasta la lluvia había dado una tregua.

Aunque todas las ventanas estaban cerradas, una fuerte ráfaga de viento frío barrió la habitación y como en un espejismo de carretera, en el marco de la puerta se dibujaron los perfiles temblones de dos personas, hombre y mujer, que tras unas décimas de segundo desaparecieron en la salitrosa llamada de la escalera.

Mariano aprovechó el ensimismamiento del sargento Azagra, para escamotearle tres o cuatro güinstons.

La señora Dolores, sin fuerzas para seguir persignándose, se sonó los mocos con un estruendo viscoso, comprobó que el kleenex aún tenía un par de usos más y se quedó sentada, en silencio.

Liberado de la otomana, el pacense recobró la marcialidad y volvió al protocolo.

–Mi sargento, los del juzgado estarán al caer. ¿Qué les vamos a contar de lo ocurrido?

Con gesto cansado, el sargento Azagra se dejó caer en el sofá, junto al anciano. Se masajeó los ojos; negó con la cabeza un par de veces e, inclinándose un poco hacia delante, para tener a la señora Dolores en su campo visual, le dijo:

–Señora, ¿no tendría usted a mano una copita de anís del mono, por un casual?

La lluvia volvió a tamborilear en los cristales. El cielo seguía negro, como la suerte de un ludópata, y en algún departamento municipal, alguien le dio al botón de poner en marcha todos los aspersores de la jardinería comunitaria.

CC-BY-NC-ND

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