«La carretera va petada, hasta las trancas. Todo dios se ha puesto de acuerdo para empezar las vacaciones, el mismo día y a la misma hora. La madre que los parió» –va pensando Venancio, aferrado al volante del Megane, y asomando pico, de vez en cuando, por si tiene ocasión de adelantar al tortuga que lleva delante–, «que ni jode ni deja joder, coño, ya».

–Venancio no hagas el loco –Amelia, su mujer, le reconviene con sosiego–, que no tenemos ninguna prisa. El pueblo no se va a mover, cuando lleguemos seguirá en el mismo sitio.

El hombre hace sonar el claxon varias veces, impaciente, para ver si el de delante despierta de su modorra.

–¡Anda calla, qué sabrás tú! –responde, con malas formas, a la observación de su compañera–, solo me faltaba esto, tener que aguantar, también, al maestro Ciruela, que no sabía leer, y puso escuela –se mofa.

Dentro del coche se hace el silencio, fuera, la situación apenas cambia, salvo porque, con una arriesgada maniobra, Venancio consigue adelantar al coche que le precede, conducido por una muchacha rubia, que responde a los bocinazos de nuestro héroe con una mayestática peineta. 

–¡Mujer, tenías que ser! –se desgañita Venancio, devolviéndole el saludo.

Dentro del coche reina un clima de cierta incomodidad.

–¡Venancio! –le reconviene Amelia–, ¡Papá! –protestan al unísono Luisa y Aurora, las mellizas adolescentes, que viajan en el asiento trasero.

El hombre ignora a su mujer y proyecta una mirada amenazante al espejo retrovisor.

–¿Es cierto lo que me dice vuestra madre? ¿Estáis pensando en ir a la universidad? –pregunta con un tonillo divertido.

–Sí, papá –se atropellan las mellizas contestando–. Yo quiero hacer arquitectura –dice Luisa–. Y yo filología clásica –remata Aurora.

Venancio estalla en una carcajada, una hilaridad no compartida por el resto, que le convulsiona todo el cuerpo.

–¡Qué jodidas! –afirma, cuando consigue reprimir la risa–. Vosotras lo que tenéis que hacer es enganchar un par de buenos maridos y dejaros de tontadas. ¡Universidad, dicen!

En estas andan cuando llegan al pueblo. Todos bajan del coche y desperezan los cuerpos entumecidos.

–Me voy a lo de Severino, a echarme un vino –ríe Venancio su propia gracia.

Las tres mujeres lo miran con cara de asombro.

–Pero hombre, ayúdanos a descargar –se queja Amelia, secundada por sus hijas, que asienten con la cabeza.

Sin dejar de caminar hacia el garito, Venancio las recrimina.

–¡Si hombre, lo que faltaba! Encima que habéis venido todo el viaje tocándoos las narices mientras yo conducía. Hala, al lío, y preparar algo de comer, que traigo gusa.

El reencuentro anual con los amigos, en Casa Severino, tiene siempre traza de inventario: Licinio ha cambiado de coche, un BMW 320 de empresa, el chiquillo de Carmelo ha empezado ingeniería informática en Barcelona y Olegario ha metido cabeza en el mercado chino, con sus cintas de lomo, embuchados y jamones de bodega.

–Pues yo tengo un proyecto en marcha –miente Venancio–, que como madure, este año me como los turrones en Cancún y dejo en casa a las tres meonas, que son mi cruz, y solo hacen que gastar y darme la murga.

Y así, entre chuscadas, vasos de vino y gambas a la plancha, se echa encima la hora de comer. Cada mochuelo a su olivo.

De camino a casa, a la altura del crucero, encuentra Venancio, una aceitera de hojalata tirada en el suelo y como lleva una tajada de elefante, la coge y empieza a jugar con ella.

–Mira, tú –dice, entre carcajadas, a un interlocutor, que solo existe en su beoda imaginación–, una aceitera mágica, con genio incluido. Vamos a frotarla para que salga.

Limpia la aceitera con su pañuelo y, contra todo pronóstico, el genio sale.

–¡Qué hay, Venancio! –se presenta–, soy el genio de la alcuza y patatín, patatán, ya sabes el rollo. Tienes un deseo, uno solo, y espabila, que se ha hecho tarde y yo aún no he comido.

A Venancio se le ha pasado la cogorza de golpe, la cabeza le da vueltas y se le agolpan las ideas.

–Pero ¿puedo pedir lo que quiera? –pregunta incrédulo.

–Lo que te dé la gana –contesta el genio con displicencia, sin dejar de mirarse las uñas de las manos, demasiado largas y mugrientas–, pero solo una.

Venancio sigue dudando. No lo tiene claro, hay mil y una preguntas rondándole por el cerebro.

–Pero, ¿el deseo puede ser múltiple? Me explico. Quiero tener melena, los ojos azules y la voz de Frank Sinatra, solo por poner un ejemplo, no la jodamos –aclara.

El genio mira el reloj fastidiado, se le está haciendo demasiado tarde y todavía tiene que cerrar un bolo en el pueblo de al lado.

–Venga, sí –concede, aburrido–, pero aligera, coño, que nos van a dar las uvas.

A Venancio, las neuronas se le revolucionan al máximo, barajando posibilidades.

El genio espera, dando ligeros toquecitos de impaciencia con el pie.

–Ya está –se decide por fin–, toma nota, genio. Quiero ser muy inteligente, fuerte como un toro, poderoso, capaz de vencer cualquier obstáculo y de manejar el mundo con un solo dedo.

El genio lo mira con cara de pasmo.

–¿Estás seguro? –pregunta–, ¿no prefieres, yo qué sé, un caldero de oro, un caballo que vuele, una mansión en la Costa Azul…?

A Venancio le han entrado las prisas, lo devora la impaciencia y apremia al espíritu.

–Que no, carajo, que lo tengo claro. Tira y cumple con tu obligación de una vez, ya.

El otro se encoge de hombros, pasando de todo. «Ya he aguantado al idiota este demasiado tiempo, que le den», piensa.

–Lo que tú digas colega. Que tu deseo, que es orden suprema para mí, se haga realidad.

A Venancio le recorre el cuerpo una especie de descarga eléctrica, que le pone los pelos de punta. Ilusionado, se mira las manos, los pies, el pecho y lanza un gritito de espanto.

–¿Pero esto qué es? –pregunta con asombro.

–Un par de tetas –contesta el genio–, lo que has pedido, chati, convertirte en mujer. Aunque me da que contigo, el hechizo solo va a funcionar en superficie. De tío eras tan, tan, tan majadero, que eso no hay magia que lo arregle.

Venancia, aterrada, echa las manos hacia abajo, en busca de la entrepierna.

–Sí –se adelanta el duende–, allí también has sufrido cambios, hija, es lo que toca.

–¡No me fastidies! –aúlla la mujer– vuelve a dejarlo todo como antes –suplica.

–Santa Rita, Rita, Rita –canturrea el genio–, estas cosas son irreversibles, monada. ¡Hala, a disfrutarlo! Y arréglate las puntas, hija, que las llevas echas un asco –le aconseja mientras se difumina en el aire, como un espejismo caliginoso.

Fin.

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