Como el limo purulento, que deja tras de sí la resaca de una mala tormenta, el mal se propagó por la montaña, deslizándose, lento, por sus laderas; una niebla oscura, pegajosa, conminatoria, que se desgarraba a jirones entre las breñas, uniformando el monte de un luto anticipado.

Se apagaron los fuegos en las chozas. Los corazones de las gentes se encogieron, cobardes, oprimidos por una déspota garra de hielo. El silencio se adueñó de la noche y una sucia escarcha gris, puso canas de miedo en el alba del matorral. El innombrable, un terror antiguo, milenario, cruel, andaba suelto por el valle.

Los aldeanos sentían su presencia en las majadas, por los campos, hollando los cultivos. Las bestias, en sus cuadras, nerviosas, agitadas, arañaban el suelo con las toscas pezuñas, buscando alivio para su congoja en el contacto amable de la tierra conocida. En los apriscos, un balido, coral y desgarrador, ponía en la bruma negra del amanecer, plañideros tintes de oración pagana. Hasta el natural mutismo de los graneros parecía sumarse a la angustiosa vigilia campesina.

Se reunió el consejo de las siete comunas. Había que poner fin a la pesadilla, dar caza al maligno, acabar con él antes de que sus colmillos, implacables, hicieran presa en las gargantas de las buenas gentes, llevando la tragedia a sus hogares; ruina, dolor y desesperación.

Los hombres abandonaron los aperos de labranza y tomaron las armas. Se designaron las cuadrillas, las zonas de batida. Alguien sacrificó un gallo blanco para invocar el auxilio de los dioses. La mañana seguía gris, incapaz el sol de romper el velo fúnebre de la niebla. Los perros, que sin duda habían olfateado el rastro, ladraban furiosos, tirando de las traíllas, impacientes.

Todo estaba dispuesto, no era menester dilatarlo más: un inspector de hacienda rondaba el valle y había que acabar con él antes de que terminase el día.

El caporal hizo sonar su cuerno. Se liberó la jauría. Los hombres espolearon a los caballos y, como llanto hereje y premonitorio, una fina lluvia comenzó a caer del cielo.

La caza había comenzado.

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