El lujo de vivir

—¿Ya han sacado el género? —preguntó la anciana cuando llegó a la altura del grupo.

Era menuda, risueña y algo encogida por los años. Su ropa se veía gastada, pero estaba limpia, lo mismo que ella, y llevaba el blanco pelo, estirado y pulcro, recogido en un moño detrás de la nuca. Un desvencijado carrito de la compra, además de para lo que estaba pensado, le hacías las veces de andador, porque ya no podía confiar en sus piernas como antes.

—Todavía no, doña Concha —respondió Carmelo, un hombre también mayor, pero que aparentaba algunos años menos que la mujer.

—Hoy van tardanos, se ve que no tienen prisa —corroboró Matías, más o menos de la misma quinta que los otros dos, que sostenía amorosamente por el brazo a su esposa, una viejecita silenciosa, estática y de mirada ausente, que parecía perdida en otros mundos.

—¿Qué tal estás hoy, Amalia? —se interesó por ella, la recién llegada.

—Como siempre, hija, ni siente, ni padece —respondió Matías—, aunque lleva un par de días algo más inquieta, pobrecita, pero eso quiere decir que está viva, es lo importante, y a nuestra manera somos felices —afirmó acariciando el cabello de su esposa.

—Mañana es día de cobro —anunció Carmelo frotándose las manos.

—Total, para lo que cunde —se quejó doña Concha—. Cuando vivía mi Eduardo aún nos dábamos traza, con mucho orden, eso sí, pero nos llegaba. Lo que es ahora, pobre de mí, las cuatro gordas que me han dejado de pensión no arreglan nada.

—Diga usted que sí. En la calle, con cincuenta y siete años, me pusieron a mí, después de treinta en el taller, y ya no pude volver a enganchar —se quejó amargamente Matías—. Casi ocho años sobreviviendo a fuerza de subsidios y chapuzas, pero sin cotizar. Con lo que me quedó de jubilación, y esta mala enfermedad de mi señora, no nos llega para nada.

—Todos tenemos lo nuestro, ¡cagüen la órdiga! —Carmelo se rascó la cabeza, pensativo—. Yo, si fuera solo para mí, me daría vida, pero mi hijo está en el paro, no encuentra más que faenas mal pagadas, lo explotan, y los chiquillos, mis nietos, requieren mucho gasto. Pero mientras yo viva no les ha de faltar.

Un silencio corporativo se adueñó del grupo, como si las penalidades individuales, lo fueran menos, dejándolas macerar en el caldero común.

—Parece que algo se mueve por ahí adentro —llamó Matías la atención de los demás.

Efectivamente, con un chirrido de engranajes oxidados, se abrió la gruesa puerta de hierro y dos mozos en mangas de camisa, empujaron el contenedor hasta la calle. Luego, sin tan siquiera saludar, dieron media vuelta, perdiéndose de nuevo en la efervescente actividad del almacén, y como en un cuento maldito, el monstruo metálico volvió a sellar la entrada a la cueva del tesoro.

—¡Coño, hoy tocaba limpieza de envasados cárnicos, hay material para todos! —anunció Carmelo eufórico, tras echar una ojeada al enorme cubo de basura.

—¿Has oído, Amalia, cariño? Carne, menudo lujo. Con lo que a ti te gusta. Verás lo rica que te la preparo.

—Pobrecita mía. Tome, don Matías, llévese usted también los yogures, que solo han sacado estos —le ofreció doña Concha—, que a ella le hará más cuenta que a mí.

—¿Alguien necesita pan? —preguntó Carmelo—, han debido vaciar el horno, ¡qué barbaridad!

—No, que engorda —bromeó doña Concha y todos, hasta Amalia, se unieron a la anciana, en una lenitiva carcajada.

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