El mito de Eco. (Versión demasiado libre)

Si a tu única hija la cristianas con el nombre de Escolástica, como su bisabuela, no esperes rematar la vejez en una residencia digna, eso tenlo claro, por más que trates de enmendar el desliz, llamándola Eco en la intimidad.

La chica es guapa, divertida, sociable y, sobre todo, comunicativa, mucho, demasiado, en exceso, no calla ni debajo del agua, como suele decirse. Pese a ello, todos la adoran, especialmente Iván, su amigo de la infancia, que profundamente enamorado de ella, por miedo al rechazo, sufre su pasión en silencio.

Narcís Rius no es guapo, es simplemente hermoso. Hijo de Ceferí Rius, patriarca de una rica familia de la burguesía catalana, que hizo fortuna embotellando agua del Montseny y las Guilleries, en la comarca de la Selva, pasa por la juventud con el desenfado y los antojos de quien se siente mimado por la vida. Todas las niñas le hacen ojitos y Eco se muere por sus huesos. Quizás por eso, es incapaz de seguir con él una conversación normal, se ataruga, tartamudea y pierde su fresca verborrea natural.

–Hola Eco, buenas tardes, ¿cómo te va?

–Va, va, va.

–¿Cómo dices, estás de guasa, te encuentras bien?

–Bien, bien, bien.

–¡Oye guapa, te vas a cachondear de tu señora madre! ¿Estamos?

-Amos, amos, amos.

Narcís le da la espalda, despectivo, y se aleja, hechizado en el reflejo que de su bella figura, le devuelven las vidrieras de los escaparates, dejando a la muchacha con un soponcio de padre y muy señor mío.

Iván, que no puede verla sufrir, aún en contra de sus propios intereses emocionales, se encara con el guaperas.

–Tú, gilipollas, ¿no te das cuenta de que está enamorada de ti hasta la punta del pelo?

El niño Rius suelta una sonora carcajada, se atusa el cabello, imprime un aleteo de colibrí a sus sedosas pestañas y, mientras acciona el mando a distancia de su BMW, sentencia:

–No está hecha la miel, para la boca del asno. Lo dijo Buda, Confucio o un chino de esos raros, que largaban cosas profundas. Creo.

Eco se ahoga en un mar de lágrimas. Iván, amante, la consuela. Ninguno de los dos está para citas cervantinas. Narcís, aburrido de la vida, se va al zoológico, a ver bichos.

El tiempo, lenitivo infalible, todo lo cura. Eco e Iván pasean a sus trillizos por el parque. Un zureo de palomas amodorra la tarde. El perrillo, incansable, persigue la pelota que le tira su dueño.

Un hombre, desaliñado, con el pelo pajizo revuelto y barba de varios días, sentado en un banco, llama la atención de Iván.

–¿Narcís? ¿Narcís Rius? –pregunta con un deje de incredulidad en la voz.

El hombre levanta sus ojos enrojecidos y reconoce a los viejos amigos.

–Iván, Eco, estáis juntos, por lo que parece –responde con gesto cansado–, y felices, según veo. Me alegro por vosotros.

La pareja se mira con incredulidad, ante el deterioro físico que muestra el antiguo bello Narcís.

–Bueno, sí –responde Eco–, nos casamos hace un par de años, tenemos estos tres críos, nos va bien y, sí, somos felices. ¿Y tú, qué tal, cómo te va?

El pequeño de los Rius da una larga calada al cigarrillo, lo apura, tira lejos la colilla y se encoge de hombros.

–Para qué os voy a engañar –enciende otro pitillo con mano temblorosa–, desde aquella tarde en que me mofé de ti, Eco –reconoce–, todo ha ido de mal en peor. Un desastre.

–Estaba aburrido y fui al zoo, a ver monos, ya sabéis, tirarles cacahuetes, verlos pelearse, esas cosas. Me acerqué donde los gorilas, siempre me han fascinado. Un hermoso macho, espalda plateada, cortejaba a una hembra en celo, todo un espectáculo. Yo estaba allí, apoyado en la barandilla, curioseando.

–Una señora se paró a mi lado, sacó un espejito del bolso y empezó a retocarse el pinta labios. Me pudo la vanidad, ahora lo sé, hice un escorzo para verme reflejado en él y perdí pie, cayendo al foso. La gorila salió de naja, y el macho plateado, que estaba más caliente que el pico de una plancha, la tomó conmigo. No puedo describir con palabras lo que pasó a continuación.

Un silencio incómodo se instala en el trío, tras la confesión de Narcís.

–¡Qué horror! –casi solloza Eco, tapándose la cara con las manos.

–¡Chico, eso es espantoso! –se duele Iván con solidaridad de género–. ¿Y cómo lo llevas?

Rius apura compulsivamente el cigarrillo, y agachando la cabeza, vencido, se convulsiona en un sollozo dolorido.

–¡Mal, muy mal, estoy destrozado, no sé qué hacer! No responde los whatsapps, me ha borrado de su perfil de Facebook, no sé si es él o soy yo, esto es un sin vivir, ni me llama, ni me escribe…

«Némesis, la que arruina a los soberbios, maldijo a Narciso a enamorarse de su propio reflejo. El joven terminó muriendo de desamor y bajó al Inframundo, donde fue atormentado para siempre por su propio reflejo en la laguna Estigia». 

Verus amor nullum novit habere modum.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *