Me gusta ese olor característico de las estaciones de metro, una mezcla de humedad, aire mal ventilado y el arratio, que producen las ruedas del tren, rozando contra el acero de las vías cuando frena el convoy.

Son mi centro de operaciones, las trabajo todas, cosechando a los últimos rezagados, esos que apuran la madrugada, hasta casi la hora del cierre, y esperan, derrotados por el cansancio las más de las veces, a que el último tren los devuelva a la precaria seguridad de sus miserables escondrijos.

Hablo con ellos, o ellas, en lo mío no hay exclusiones. Trato de acercarme con tiento, sin agobiarles, que me den su confianza, permitiendo que me huelan, se acostumbren a mi presencia y abandonen el recelo, como hacen los perros con la gente extraña.

No es fácil. La mayoría ya no conserva el recuerdo de una caricia amable, la vida atropelló sus anhelos, el desengaño hizo costra en sus corazones, son muertos vivientes, sin restos de esperanza. Los resabios aprensivos de sus miradas, parecen cicatrices de agravios antiguos, que el alma es incapaz de camuflar.

«¡No, no cojas este!», trato de disuadirlos, cuando las luces del monstruo se adivinan, cercanas, prontas a emerger por la perenne oscuridad del túnel. «Hazme caso, aún falta otro más, el último de verdad, el mejor.

Acogedor, entrañable, de antaño, que huele a rosquillas recién sacadas de la sartén, jabón de tajo y beso de madre.

Aunque solo sea por una vez, merece la pena disfrutar la experiencia, volver al tiempo en que los miedos se exorcizaban bajo una sábana, a los años en que la utopía era posible y las mañanas se despertaban con aroma a goma de borrar».

A menudo, las primeras veces, me miran con desgana, alguno incluso se lleva el índice a la sien, en el típico gesto que significa, «estás girado, tío», suben al tren y se pierden en la negrura de la noche perpetua del subterráneo.

Yo me quedo en el andén y espero, siempre espero, no puedo hacer otra cosa, porque sé que volverán. No tienen opción. La siguiente madrugada estarán allí, de nuevo, solos, impotentes, derrotados.

«¡No, no cojas este! Espera al último, es una experiencia única, lenitiva, reconfortante, que ya nunca volverás a experimentar».

Pero la desconfianza, avisada, cobarde, encallecida, vence de nuevo y, desde el andén solitario, veo al tren perderse en las tripas de la ciudad, llevándose con él los últimos desperdicios, que el día devuelve al extrarradio.

Y espero, paciente, confiado, anticipando el triunfo de la madrugada última, esa que siempre llega, cuando él, o ella, demasiado cansados para seguir luchando, dejan partir el metro y se quedan conmigo, solitarios, resignados, en el andén vacío, mirando, sin ver, la negrura insondable del túnel, por donde no tardan en hacerse patentes, las luminarias de mi viejo suburbano.

El convoy se detiene con estrépito de cacharrería vieja y bogies torturados. La estación ahora huele a creosota y fundición espectral, las puertas del vagón se abren con un quejido asmático y, suavemente, con mimo delicado, empujo dentro al ofrecido, que se deja llevar, como sumido en un trance.

«Deja atrás los miedos, el cansancio, las zozobras –le susurro, narcótico, como el rumor de las olas mansas, que acarician la playa con la marea–. Ya estás a salvo, vuelves a casa, al amor antiguo de caricias con olor a lejía, la tabla del cinco y arroz con tropezones los domingos».

Un nuevo bufido ahogado y se cierran las puertas. Arranca el tren con decrépita aspereza. Lentamente emboca el túnel. Desde el andén, lo veo alejarse para no volver. Dos luciérnagas rojas, como los ojos del diablo, que se difuminan en las tinieblas, marcan el final.

Caronte, camino del Hades, con gorra de plato, un palillo entre los dientes y en mangas de camisa, surca el nuevo Aqueronte, de hierros y hormigones, con la rutina intemporal de un mito.

Y yo, igualmente encadenado a mi destino, oferente y devoto, siempre de madrugada, sigo alimentando la voracidad de mi Señor, en estaciones de metro de última hora, que huelen a humedad, aire mal ventilado, arratio y, a veces, cuando la pesca es buena, a creosota milenaria.

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