La primera vez que papá me tuvo en sus brazos, recién nacido, cuentan que le mee todo, poniéndolo perdido: «¡Este niño es gilipollas!», parece que fue su comentario, mientras me devolvía a los amorosos brazos de mamá.

Más tarde, en la escuela, como nací en octubre, muchos compañeros me llevaban casi un año de ventaja y a esas edades, eso se nota; además nunca he sido de hueso fuerte –como llamaba mi abuela a la gente talluda–, así que estaba entre los canijos de la clase.

–¡Pero dónde vas tú, gilipollas! ¡Quita de en medio, gilipollas! ¡A ese no lo elijáis para el equipo, que es gilipollas! –eran las letanías, que solía escuchar durante los recreos.

Abandoné pronto los estudios, no eran lo mío y don Hilario, el de matemáticas, se encargaba de repetírmelo constantemente: «García, parece usted gilipollas, ¡que es una simple división, coño!».

Entré a trabajar de aprendiz en un taller de reparación de coches y allí me sentí integrado desde el primer día, porque todos eran gilipollas: el jefe llamaba gilipollas al encargado, este a los oficiales y ellos a nosotros, los aprendices, Román, que se convirtió en mi mejor amigo, y yo.

Me eché novia, Mónica, una chica del vecindario muy guapa.

–¡Pero tú eres gilipollas–me advirtió Román, ya saben, mi mejor amigo–, esa ha pasado por medio barrio!

Me importó un carajo, todo mentiras, envidia, habladurías, estaba enamorado hasta las trancas. Nos casamos.

Año y medio más tarde conseguí el divorcio, después de sorprender a mi querida esposa, encamada con Román, mi hasta entonces mejor amigo, que tenía razón: soy un gilipollas.

Pero, al final, he tenido suerte, me saqué el premio gordo de la primitiva, ochenta y nueve millones de euros, que había bote. 

Le compré el taller a mi antiguo jefe, que mira tú para qué narices lo quiero con la pasta que tengo. Pero todas las mañanas, antes de ir al club de golf, a hacerme unos hoyos, me paso por allí, llamo a Luis, el encargado y le digo: «¡Eh, tú, gilipollas, dame el parte, que me entere yo como va el negocio!». Y luego, mientras salgo camino del Maserati Grecale, que me espera en la puerta, me despido de oficiales y aprendices con un: «¡Adiós, gilipollas, hasta mañana!».

Qué quieres, será una gilipollez, pero me relaja, oye.

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