No hay en tus ojos fuego desafiante,

de ardorosa mujer enamorada,

ni en tus manos, la urgencia desbocada

de una caricia audaz, beligerante.

Pasión no queda, en mis labios de amante,

ni en mi pecho la huella acalorada,

lujuriosa, febril, asilvestrada,

de ese último estertor agonizante.

Pero nos queda amor en cada arruga,

en las hebras de plata de tu pelo

y en la mano amistosa que te tiendo.

Y ese fuego, mi vida, yo te ofrendo,

pues tu tierna presencia me subyuga,

compañera en la tierra y en mi cielo.

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