La estación de San Gaudioso de las Vicarías está encalada de un blanco impreciso, desmañado, montaraz. 

Dos espacios, exiguos, conforman el cuerpo principal del enclave ferroviario: la casa del jefe, que hace también las veces de oficina, y una cantina lóbrega en la que solo se puede consumir café de recuelo, vino recio y orujo peleón. Fuera, una marquesina de madera escamosa y demasiadas cicatrices, da cobijo a un par de bancos, en los que hace ya mucho tiempo nadie se sienta a esperar la llegada del  tren.

En octubre de 1902 se aprobó el proyecto de la línea férrea y en agosto del año siguiente, las vías atravesaban el valle desde Cardolona, pasando por Aguascaldas, Fontsegura, La Corneja, Brocoleña y San Marcial de la Vera, allí ascendían brevemente por la colina hasta San Gaudioso y, ladera abajo, volvían al valle, para ir hasta Bordelagua, Las Masadas, San Pedro Cantador, rematando el viaje en Bajambibre, cabecera comarcal y fin de trayecto. 

Esto fue así hasta el 52, cuando alguien decidió que en vez de trepar el cerro, era más económico hacerle agujeros y pasar el tren por debajo de San Gaudioso.

Sangolini Viejo fue el primer y único jefe de estación y El Renco Lopera, con su calesita y la eterna compañía de Trosky –un perro mestizo al que solo le faltaba el don de la palabra–, se ocupaba de acercar a los pocos viajeros hasta los centros del pueblo. Los dos hombres eran jóvenes, tenían pocas necesidades, suficiente para vivir con sus respectivas ocupaciones y le plantaban cara al tedio a fuerza de orujo, novenas al diablo y agotadoras partidas de ajedrez, que invariablemente ganaba El Renco: «El día que me ganes una partida, subirá la colina, bufando pitidos y resoplando azufres, el tren de los infiernos, para llevarme a la derecha del diablo», se mofaba Lopera de su amigo, mientras preparaba el tablero para una nueva refriega.

Pero llegó el 52 y se fueron los trenes, las vías e incluso Sangolini, que de pura tristeza se marchó de este mundo en silencio, sin despedirse y dejando pendiente su última partida con blancas, en la que no había estado muy resolutivo ante el violento gambito de rey, propuesto por las negras de El Renco. 

Dejó en herencia el ferroviario, un tablero en clara desventaja, con dos torres y un alfil fuera de combate, su monarca sin protección, acosado y en los arrabales de una nueva derrota, que la muerte, indulgente, solo consiguió aplazar.

Pero transcurrieron los años. El Renco Lopera, –que pasaba los días en la vieja cantina, solitario, con su mutismo aderezado en orujo y absorto frente al polvoriento tablero de la partida inacabada–, se hizo viejo, muy viejo, demasiado, tanto que los lugareños comenzaron a pensar que pudiera ser cierta su profecía: «El día que me ganes una partida, subirá la colina, bufando pitidos y resoplando azufres, el tren de los infiernos, para llevarme a la derecha del diablo». Pero nadie pasaba ya por la estación y la inmortalidad del viejo calesero empezó a tomar factura de leyenda.

Aquella mañana, como tantas otras, Trosky, enmohecido por los muchos años de aburrida existencia, dormitaba a los pies de su amo, con el morro entre las patas y ajeno por completo a cuanto pudiera ocurrir a su alrededor; tanto, que ni siquiera movió el hocico para ventear la presencia de aquel forastero, escaso de hechuras, demacrado, de mirada turbia, envuelto en una especie de hábito negro, ceñido en la cintura por un cíngulo de arpillera, que apareciendo como de la nada, se plantó ante el tablero, en cuyo lado de las negras, como todos los días, esperaba El Renco.

El hombre observó, largo rato y en silencio, la disposición de las piezas; luego, acercándose al mostrador, se hizo servir una copa de orujo. Con ella en la mano volvió al tablero.

–¿Quién mueve, patrón? –preguntó tras humedecerse ligeramente los labios en el aguardiente.

–¿Va a jugarla el que pregunta? –respondió Lopera.

–Pudiera ser. ¿Cuál es la apuesta? –retó el de negro.

–La vida –respondió el viejo.

–Sea –lacónico y frío se acodó el forastero a la mesa.

–Juegan blancas –dijo el otro con una media sonrisa, esforzándose en mantener cautiva la carcajada, que la certeza de una nueva victoria le provocaba.

El hombrecillo, con la mirada fija en el tablero, prolongó su silencio unos segundos más. Dio un breve sorbo a su copa de orujo. Acomodó cuidadosamente los pliegues de su sayo. Meneó la cabeza con pesadumbre y dijo: «Mate en dos. Df6+».

La sonrisa del viejo se crispó en una mueca de espanto. Un pitido lúgubre subió, bufando azufres, por la colina. Trosky, el perro veterano, enderezó las orejas y salió de su letargo, desgarrando la mañana con unos aullidos que presagiaban muerte. 

El forastero apuró su copa; tiró unas monedas sobre la mesa y se fue en silencio, con el mismo sigilo con que había llegado.

El Renco Lopera, derrumbado, vencido, inerte, sobre el tablero, había dejado de ser leyenda. Ya solo formaba parte de esta insignificante historia.

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