En el Occidental Building Suites, la élite que desayuna a la derecha del padre, se regala con las golosinas adecuadas a su estilo de vida y condición. 

Gladys, que está decorando con finísimas lascas de Joselito Gran Reserva, una jugosa rebanada de pan de payés untada de apetecible tomate, le da un sorbito a la copa de Moet Chandon Imperial, para hidratar el momento.

La joven, morena, caribeña, de exuberante cuerpo generoso, maqueado con sutiles toques de bótox y silicona, comparte mesa con un señor corpulento, derrotado por la alopecia y con bronce de cabina full body, que lucha contra el avance de los sesenta vistiendo casual, outfists, Mr. Mood, Malo, WeekDay, con desenfado, juvenil.

–Tienes que probar esto, mi amor –le ofrece solícita un canapé de txangurro con angulas–, que no me estás comiendo nada. ¿Te encuentras bien, Fonsi, papito?

Alfonso Merino, rey del ladrillo y hombre de peso en sectores claves: energético, alimentario, comunicaciones, acepta distraído el bocado, sin dejar de dar vueltas con la cucharilla en la taza de café.

–No te apures, cariño –la tranquiliza–, cosas de negocios, nada que deba preocuparte. Esta mañana tengo cosas que hacer, estaré ocupado. Nos veremos para comer, mientras tanto, diviértete, haz turismo, date una vuelta por la zona, está llena de tiendas, seguro que habrá algo que te guste.

La chica frunce los labios en un beso de largo recorrido, y le mete un meneo al Joselito, con el pensamiento en un Louis Vuitton de ensueño, carísimo, que hay en el escaparate de la boutique del hotel, al que le tiene puesto el ojo desde que llegaron.

Ha sido una semana dura, para Alfonso Merino, inventándose reuniones de trabajo, firmas de inexistentes contratos y eventos que requerían su asistencia obligatoria, todo para ocultar a Gladys el verdadero motivo del viaje: exámenes por imágenes neurológicas, de la sangre y del cerebro, una RMN y una PET/TC de la cabeza, necesarios para que el doctor Ramírez San Gil, eminente neurólogo, pudiera llegar a un diagnóstico:

–Lo siento, Alfonso, pero las pruebas son concluyentes, padeces la enfermedad de Alzheimer en una primera fase. Los síntomas aún son leves y la medicina ha avanzado mucho en estos últimos diez años, vamos a ponerle freno, no te quepa duda.

–Un tratamiento con aducanumab y rivastigmina para potenciar la comunicación neuronal, va a ser de gran ayuda, en este momento. Tendrás que someterte a más pruebas y cuando surjan problemas iremos aplicando nuevas soluciones. Tenemos margen, Alfonso.

El magnate de los negocios abandona la clínica con paso cansino. El sobre, con el informe del neurólogo, le quema en la mano. La zona residencial de alto standing, está llena de parques amables donde se respira tranquilidad. Sentado en un banco, a la sombra de una acacia, hace balance de los últimos meses, del delirio sensual que llegó a su vida junto con la frescura juvenil de Gladys.

Lo tenía todo dispuesto para un fin de fiestas de ensueño con esa chiquilla: la descapitalización de sus empresas, los millones de euros listos para ser desviados a cuentas en paraísos fiscales, la casona de Noja rehabilitada por completo, 3.600 m² de finca, totalmente vallada con muro de piedra, pendiente de ser inscrita a nombre de un consorcio financiero de las Caimán, todo para evitar el expolio que vendría tras el divorcio.  

Pero las cosas habían cambiado de manera radical; ahora tocaba ser prácticos. El deterioro físico, por mucho que dijeran los médicos, sería inevitable, y alguien debería hacerse cargo de él, cuando llegaran los momentos duros; una persona juiciosa, capaz de enfrentarse al problema, de buscar soluciones, y esa no era Gladys, pobre chiquilla.

Una simple llamada telefónica canceló todo el entramado financiero, que había dispuesto para esconder su patrimonio. Se retiraría a la casa de Noja, sí, pero con Carmen, su esposa, la de los malos viejos tiempos, cuando no tenían ni para pagar el alquiler, la madre de sus hijos, la que nunca hizo preguntas. 

Gladys, con sus curvas de diseño, le había hecho vivir un sueño, la ilusoria felicidad de una renovada juventud, que tuvo al alcance de la mano, pero que nunca llegaría a disfrutar.

******

Todo el mundo envidiaba a Carmen Relancio, la esposa del gran hombre, del magnate de los negocios, la que vivía mejor que una reina en su palacio de cristal, rodeada de lujo y esplendor. Carmen, la antigua dependienta de «Corseterias La Palma», que recordaba con cariño al guapo albañil con el que se casó, echando de menos las ásperas caricias de sus manos de lija, la urgencia de sus besos, la ardiente posesión de los cuerpos, amparados por el escaso abrigo de aquellas cuatro paredes prefabricadas del extrarradio, que apenas se podían permitir.

Luego vino el éxito, la fortuna, el dinero a raudales: mansiones, automóviles de lujo, posesiones en todo el mundo. Y con ese brillo rutilante, llegó también el cansancio, el hartazgo, la mentira, las amantes. 

Estaba al corriente de todas sus aventuras, un largo historial; no le importaban, aves de paso, cooperantes necesarias, para mantener la farsa de un matrimonio convencional y unido. Ya no amaba a su marido, sus infidelidades la dejaban fría, pero llevaba la cuenta, estaba al corriente, informada de todos sus movimientos, de las rupturas y las reconciliaciones. Por eso supo, enseguida, que lo de esa niña, Gladys era especial, peligroso, y puso a trabajar a su equipo de abogados y detectives.

Tenía absolutamente documentados todos los movimientos financieros de su marido, las cuentas abiertas en las Bermudas, Suiza, Luxemburgo y Holanda, preparadas para recibir los miles de millones, procedentes de la descapitalización inminente de sus empresas. Sabía lo que costó la restauración del palacete de Noja y el andamiaje de ingeniería financiera, diseñado para simular el traspaso de la propiedad a un consorcio inversionista, afincado en las islas Caimán. Lo tenía todo controlado y la denuncia tramitándose en el juzgado. Por esta vez, el cazador iba a convertirse en presa; Alfonso Merino y su putita, Gladys Salazar, podían ir despidiéndose de su cuento de hadas.

Ahora le tocaba a ella, estaba harta de aguantar infidelidades, humillaciones, desprecios. Se retiraría a Noja, sí, pero sola, sin espantajos adiposos rondando por los pasillos del caserón; ella, el servicio y Arnaldo, el jardinero cubano, un semi dios de ébano, que le iba a tener los parterres, todos, como un jugoso vergel reventón. Por fin libre. Adiós, Alfonso Merino, que te zurzan.

La cantinela del móvil distrajo su atención por un momento. En la pantalla una sola palabra identificativa: ABOGADO.

–Sí, Alfredo, dime, ¿hay novedades? ¡No me jodas! ¡Alzheimer! ¡Será hijoputa! ¿Y ha cancelado todos los chanchullos financieros? ¿No hay alzamiento de bienes, descapitalización, fraudes? ¿Ha roto con la tal Gladys? ¿Estás seguro? Ya, perdona, lo entiendo, pero es que lo tenía todo en la mano, joder, casi hecho y ahora… al carajo. Claro, por supuesto, se paraliza todo, no voy a quedar yo ahora como la bruja del cuento. Vale, Alfredo, gracias, yo te llamo.

La gente iba con prisas por la calle, como huyendo de su propio destino. La mañana, plúmbea, amenazando lluvia, no ayudaba a espantar los fantasmas cotidianos. Carmen, rota ya la crisálida del cuento y con un vaso de güisqui tintineando en la mano, los veía afanarse como hormigas desorientadas. Le dieron lástima. Recordó que tenía hora en la peluquería, apuró el trago y pasó página con un encogimiento de hombros. 

A fin de cuentas, la niña Gladys, les había hecho vivir, por caminos paralelos, un hermoso espejismo, la ilusoria felicidad de la eterna juventud, una esplendorosa arcadia que tenían al alcance de la mano, pero que, bromas pesadas del determinismo, se desmoronaba ante sus narices, como un castillo de naipes.

–Puri, reina, hazme un favor –la sirvienta espera, atenta, las instrucciones de su señora–, cancélame lo de la peluquería, que hoy no tengo cuerpo, cariño.

Fin.

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