En La Aldehuela de los Molinos, para el quince de agosto, el campanil de la iglesia no deja de repicar desde primera hora de la mañana, solo enmudece a mediodía, durante la misa; luego vuelve el soniquete, se saca en andas la imagen de la Virgen del Molino, para que se dé un garbeo por el pueblo, y a eso de la una y media, de vuelta ya la patrona a la fresca umbría del templo, el sacristán desactiva el mecanismo eléctrico y la campana deja de funcionar.

Fuera, en la plaza, la gente, vestida de tiros largos, toma vermú en la terraza de El Bodegón, prueba fortuna en la tómbola o trata de festejar amoríos, al refugio de los soportales, esquivando la artillería de petardos, que los críos, partiéndose el culo de la risa, hacen explotar a los pies de las parejas.

Si hubo un tiempo en que se molía trigo para alumbrar harina, ahora, los molinos de la sierra molturan vientos, paren electricidad y el ayuntamiento hace caja. 

Se ha renovado toda la red de alcantarillado, el viejo y polvoriento campo de fútbol, se ha convertido en un complejo deportivo multidisciplinar y hay cobertura 5G en todo el pueblo.

Por gentileza de la multinacional, que explota los generadores eólicos, el número fuerte de los festejos de este año va a ser el aterrizaje de un paracaidista en el mismo centro de la plaza, portando una bandera con el escudo de la localidad. 

Los indígenas habrían preferido una macro paella, la fuente de la plaza manando vino y baile con orquesta cara; pero el que paga manda y allí estaba la ciudadanía aldehuense en pleno, como papamoscas, con la boca abierta, mirando al cielo, esperando el novedoso advenimiento.

Con un ronroneo de gato asmático, hizo su aparición la avioneta, que arrastraba, a modo de estela, una enorme banderola, con el nombre de la multinacional energética, estampado en ecológicas letras verdes. 

Todos vieron saltar al paracaidista; un punto rojo chillón pequeñito, flotando en el aire, que se hacía cada vez más y más grande, conforme se precipitaba, en caída libre, hacia el gentío, que contemplaba el vertiginoso descenso, si no con alarma, sí con cierta aprensión.

–Esto forma parte del espectáculo –es don Esteban, el de la farmacia, siempre se las da de entendido–, está a punto de abrir el paracaídas.

Pero algo estaba saliendo mal, el vaticinio del boticario no se cumplía y aquel Ícaro, volandero, braceaba en el aire con la desesperación del que busca un clavo, aunque sea ardiente, al que agarrarse.

Abajo hubo desbandada general, la concurrencia corrió a guarecerse donde pudo: unos bajo los soportales de la plaza, otros acogiéndose al sagrado de la iglesia y los que pudieron, al no menos bienaventurado de El Bodegón. 

El hombre había dejado de resistirse a la caída y encogiéndose sobre sí mismo, adoptó una posición fetal. El impacto contra el suelo iba a ser atroz, tan solo le quedaban unos pocos metros de vida y ante la inminencia del final, un alarido de miedo, profundo, salvaje, salió de su garganta; el último rugido discrepante del condenado a muerte, a la vista del cadalso. 

Entonces se produjo la singularidad.

Como en un sofisticado truco de magia, el cuerpo quedó en el aire, estático, suspendido, levitando, ingrávido, a cuatro palmos del suelo. Luego, suavemente, con mimo, como una pluma mecida por el viento, fue cayendo hasta el empedrado y allí quedó, como un chico grande felizmente dormido, inerme, hecho un gurruño, pero completo, de una pieza, sin un mal roce.

El pueblo entero dejó de palpitar. Ni un suspiro violentaba el silencio admirativo, con el que todos contemplaban el insólito desenlace, de lo que, hasta solo unos pocos segundos antes, parecía inevitable tragedia.

–¡Milagro, milagro, alabemos al Señor! –el alarido de don Cándido, el cura, removió el estupor del sorprendido personal–. ¡La santísima Virgen del Molino extendió su manto celestial bajo este pobre hombre y su Hijo, Jesús, en su divina bondad, Uno y Trino, de la misma naturaleza que el Padre, ha obrado el portento! ¡Alabado sea, Señor, tu santo nombre!

–¡Saaaanto, saaaanto, saaaanto es el Señoooor, Dios del univeeeerso! –se arrancaron a cantar las damas del coro de San Cucufato, media docena de beatas ultramontanas, que se encargan de dar el contrapunto musical en las celebraciones religiosas.

Lentamente, con prevención y cautela, la parroquia se aproximó al paracaidista, que seguía en el centro de la plaza, embutido en su mono rojo brillante, salpicado de pegatinas publicitarias, y –contraviniendo todos los reglamentos habidos y por haber, naturales y físicos–, de cuerpo entero, en vez de ser un manchurrón de vísceras desparramadas, picadillo de músculos y huesos astillados, que hubieran sido los efectos convenientes a los dictados de la ley de la gravitación universal. 

Destacándose de la tropilla de curiosos, don Rodolfo, el médico titular del pueblo, fue el primero en acercarse al caído, con interés profesional, para hacer la reglamentaria exploración facultativa.

–San Pablo, en su Epístola a los Romanos –el mosén, consciente de su protagonismo, volvió a tomar las riendas del acontecimiento–, nos dice que la salvación es ofrecida a través del evangelio de Jesucristo. Él, que anduvo sobre las aguas, curó al leproso y devolvió la vida a Lázaro, ha vuelto a obrar, en este hermano, el milagro de la resurrección. Entonemos todos juntos…

–¡Eh, cura, echa el freno a la homilía, que milagro, lo que se dice milagro…! –interrumpió el médico, que era de natural descreído, la prédica del clérigo–. Raro ha sido, no lo niego, pero si la cosa iba de milagros, a alguien se le ha ido el asunto de las manos, porque este hombre está muerto, fiambre, tieso, en definitiva.

Un coro de murmullos se fue extendiendo por toda la plaza: 

«Pero si estaba vivo, todos lo hemos oído gritar». «Esto va a ser cosa de los alienígenas, que están por todas partes». «A ver qué opinan San Pablo y los Romanos de la chapuza». «La macro paella; ¡dónde va a parar!». «Matías, si ves a mi cuñado, dile que es un gilipollas y que el betún de Judea, ¡una mierda limpia cristales!».

Todos querían dar su opinión, buscar explicaciones a la maravilla o, simplemente, satisfacer el morbo y la curiosidad, echándole un vistazo de cerca al muerto. El círculo alrededor del paracaidista se iba haciendo cada vez más estrecho.

–A ver, paso a la autoridad –es Fulgencio, el cabo de la guardia civil, saliendo, a rastras, bajo un remolque de tractor, donde se ha refugiado, tirándose cuerpo a tierra, cuando la desbandada general–. Que nadie toque nada, para no contaminar la escena del crimen. ¿Oído?

 A don Rodolfo, que además de sanitario y ateo es ácrata, la puesta en escena del guardia le parece de un histrionismo casposo, sainetero y, si le apuras, hasta un poco patético.

–Aquí no hay crimen que valga, Fulgencio –se armó de paciencia el médico–. Caer a toda hostia, desde cuatro mil metros de altura, viendo acercarse la muerte a velocidades supersónicas y sin poder hacer nada para evitarlo, es causa de estrés más que sobrada, como para que le reviente la patata al más berroqueño. A este pobre no le valían milagros, prodigios, ni paparruchas diocesanas, estaba condenado, no podía salvarlo ni Dios. A las pruebas me remito.

Un nuevo coro de murmullos, vino a enriquecer el acerbo cultural de la plaza: 

«Para mí, que este derrota por la izquierda». «Se le ha jodido el sermón al cura, con lo a huevo que lo tenía». «Mira como se ha emporcado Fulgencio el uniforme de los domingos; ya verás cuando le eche el guante la mujer». «Qué buena está la Amparito, ¡vaya culo!». «¿Y tú ande miras, borrico? ¿Qué tiene esa que no tenga yo? ¡A ver!».

No es por malmeter, que yo estoy aquí de mero narrador, pero a la vista de los comentarios, la gente de este pueblo parece proclive a la dispersión intelectual y entreveran sus discursos con asuntos tan dispares, que los acercan a la pura abstracción. Es una opinión personal, tampoco hay que tomarla como dogma de fe. Volvamos a la historia.

–¡Todos hemos sido testigos del milagro divino –se encampanó el cura enfrentándose con don Rodolfo–, por muy descreído que seas, discípulo de Belcebú, no puedes negar la grandeza celestial, que tus propios ojos acaban de contemplar!

–¡Beeeendito el que vieeeene, en nombreee del Señoooor –las de San Cucufato–, Hosaaaanna, en el cieeeelo!

Sacudiéndose las rodilleras de los pantalones, recuperó el doctor la vertical. Le hizo una irónica reverencia al cura, encendió un cigarrillo, se abrió paso hasta las primeras mesas de El Bodegón, le pidió una cañita al mozo y se repantingó en la silla, con la mirada perdida en una lejanía introspectiva, únicamente accesible para él.

–Fulgencio, procede que llame usted al cuartelillo –este es Hilario, el alcalde electo, del Partido Socialista Rural (PSR), que gobierna con el apoyo del (APLI), Adelanta por la Izquierda, el LMC, ¿Lo Mío Cuando?, y un voto del grupo mixto–, para que manden refuerzos, un forense, la ambulancia y notifiquen el incidente al juzgado de guardia.

Al cabo de la benemérita no le hace gracia recibir sugerencias de la autoridad civil y todavía menos, viniendo de un alcalde manifiestamente rojillo. Pero debe admitir que lleva razón, el reglamento es el reglamento, se ajusta a la propuesta del regidor y en el pueblo, como ya se ha dicho, hay cobertura 5G; así que móvil en mano, y de mala gana, comunica con la comandancia.

–Sus órdenes, mi sargento, el cabo Jaramillo desde La Aldehuela –se identifica Fulgencio, según prescriben las ordenanzas–. Un sujeto muerto, mi sargento; el que tenía que tirarse en paracaídas; pues sí, que lo ha hecho, pero no se le ha abierto el chisme… sí, mi sargento… sí, como un ajo… no, mi sargento, de una pieza, ni un rasguño… por mis hijos, mi sargento… no, mi sargento, estando de servicio ni una gota… lo que ordene, mi sargento, se lo digo ahora mismo… sí, mi sargento, a sus órdenes, mi sargento.

–Que ahora vienen –informó al alcalde con lacónica formalidad y, siguiendo las instrucciones recibidas, corrió a montar guardia junto al cadáver.

En estas, que la campana de la iglesia bandea repicando a difuntos; aparece el cura en el pórtico, vestido como para un funeral, llevando en las manos una cruz dorada de mediano tamaño y seguido del monaguillo, que porta un cofre con los santos óleos, se dirige hacia el fiambre, con la devota intención de administrarle alivio espiritual, aunque sea post mortem.

–Lo siento, don Cándido, pero no puede acercarse al cadáver –lo intercepta Fulgencio, echando mano a la funda, que guarda el arma reglamentaria, en un gesto teatralmente innecesario, que hace respingar al cura–, son órdenes de la comandancia.

–Pero Fulgencio, el alma de este cristiano, ha de recibir el consuelo del perdón de Dios –insiste el sacerdote, intentando sortear al guindilla.

–Señor, no soy digna de que entres en mi casa –las de San Cucufato declaman, como coreutas, de una tragedia griega–, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Fulgencio se mantiene firme, decidido a no franquear el paso al cura. Este empuña la cruz a modo de martillo, con evidente intención de abrirse paso por la fuerza. La plaza vuelve a borbotear en murmullos: 

«¡Hostias, Mariano, que se enganchan!». «Se nos va a pasar el arroz, Constantino». «Pues huevos fritos con torreznos, que yo esto no me lo pierdo, María». «Veinte euros a que el cura se come un par de leches. «Yo a que Fulgencio se escagarrucia patas abajo». «¡Hilario dimisión!». «Emeterio que te he conocido la voz, luego en el pleno te arreglo yo la cara, ¡bocazas!».

Se dispersan, se dispersan un montón, no me digáis que no. Pero oye, que yo aquí no pinto nada, solo soy el cuentista. Seguimos con el sainete.

–A ver, Cándido, no seas burro, ¡coño! –es el médico desde su trono en El Bodegón–, ya das por hecho, que este tío es de los tuyos, pero ¿quién te dice a ti que no es budista, rastafari o musulmán?

Al oír esto último, el cabo Fulgencio pega un salto hacia atrás, a la vez que saca el arma encañonando al caído.

–¡Un moro –exclama con el terror pintado en la cara–, a ver no sea uno de esos, que lleva una faja de bombas y la jodemos!

La gente recula, nuevamente, hacia los soportales. Lo hacen con orden, sin aturullarse; todos menos el monaguillo, que manda a paseo el cofre con los óleos y sale disparado hacia la iglesia; muy de cerca, sujetándose la sotana arremangada, para correr con mayor libertad, le sigue el cura. 

–Tranquilo John Wayne, guarda la artillería –el matasanos, que está disfrutando como un marrano en una charca, hace una seña al camarero para que le provea de otra caña de cerveza–, que está limpio y es de vuestra cuerda, lleva una cruz de Lorena tatuada en el cuello. Y ve pensando qué vas a poner en el informe, que por el cerrillo se acerca el séptimo de caballería.

Todos volvieron la vista en dirección al cerro, donde la carretera surgía, como de la nada, bordeando el viejo cementerio y las ruinas de mampuesto –que en el pueblo todos conocen como «el castillo»–, por donde venían, a toda velocidad, un Nissan Patrol, con las luces de emergencia puestas, un turismo negro y ostentoso, evidentemente oficial, y, cerrando la marcha, una ambulancia, igualmente con el despliegue luminoso activado.

La multinacional de los cacharros eólicos había prometido un fin de fiestas único, diferente, apoteósico y, pese a que muchos todavía suspiraban por la macro paella, la fuente de vino y el baile con orquesta, nadie podía decir, que la mañana estuviera resultando aburrida.

–¿Cómo lo ves, Holandés? –pregunta Cantarranas, el viejo cabrero, a un tipo de mediana edad, al que, bajo un sombrero de paja, se le adivinan algunos bucles de cabello rubio, y cubre su cuerpo fibroso con una camiseta de los Lakers, pantalón pirata de camuflaje y, para rematar el conjunto, unas desgastadas chancletas de esparto.

–Desde aquí, malamente –responde el interpelado, después de apurar el último trago de cerveza–, y así va a quedar, porque me voy a casa, que ya está todo visto.

Se levanta, parsimonioso, de la mesa bodeguera, arrampla con la última viruta de jamón.

–Aquí te quedas, amigo, ya me contarás como termina la función, que a mí, los milagros me despiertan el apetito y ya va siendo hora de llenar la andorga. ¡Vamos Schrödinger! –ordena a un perro grandullón, de raza desconocida, peludo, color canela, que responde al mandato de su amo, levantándose del suelo como un resorte. 

Los dos, sin prisa, cruzan la plaza, sorteando paisanos, ajenos al hechizo morboso, que los rodea, como si aquel circo les tuviera por completo sin cuidado, y se alejan del gentío, invisibles, silenciosos, perdiéndose por la agradable umbría del castizo callejón aledaño a la iglesia.

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