Hace calor, el mes de agosto es lo que tiene. Las chicharras le ponen banda sonora a la siesta con su narcótico estridular. Canta la balsa en el huerto del Holandés, que ha dejado abierta la tajadera pequeña, para aliviar la sed de los rosales, y Schrödinger, el lanudo mestizo, que lo acompaña a todas partes, dormita a sus pies, ambos a la sombra del parasol entretejido por la parra.

Fredrik Ostenson es noruego, pero aquí todos lo conocen por «El Holandés» y él no siente la necesidad de reivindicar sus orígenes.

Llegó a La Aldehuela de repente, sin avisar, en la primavera de 2001, pocos meses después de que muriera Paco «El Choto» y compró la casa del cabrero a los sobrinos, que tenían prisa en hacer caja, para volver a la capital a seguir poniendo remaches a turno, en alguna depresiva cadena de montaje.

El Holandés se gastó los cuartos en hacer habitable el caserón: tiró abajo parte de los corrales, recuperando terreno para un amplio huerto, y saneó el resto, acondicionándolo para uso industrial.

Con «Cantarranas» –el otro pastor del pueblo, que se había quedado, por cuatro gordas, la cabaña ganadera del Choto–, se acomodó para garantizarse suministro suficiente de leche de cabra y como entretenimiento, más que por necesidad, montó una quesería artesana.

No es que haga vida de ermitaño, pero tampoco es de frecuentar El Bodegón, donde se cuece la sopa social aldehuense, y aunque es educado, agradable y se lleva bien con todo el mundo, solo existen dos seres vivos, con los que abandona su laconismo natural: nuestro ya conocido Cantarranas, cabrero autodidacta, que entretiene soledades de majada leyendo todo lo que cae en sus manos, y Schrödinger, que no tiene el poso cultural del pastor, pero escucha con paciencia los frecuentes monólogos de su amo.

El Holandés, repantingado en una vieja hamaca playera, observa, en silencio, discurrir el agua de riego por los surcos de tierra. Una ráfaga de brisa caliente, como el día, recorre la solana, estremeciendo las hojas de hierbaluisa. Huele a verano antiguo, a tierra agradecida, primigenia, sin quemazón de diesel y tractores.

–No es la primera vez que ocurre, ya lo sé –comparte confidencias con el perro–, ni será la última, pero no deben violentarse las reglas. No es sano.

Bebe un trago largo de cerveza; se pasa la lata por la frente, como para refrescar el discurso, y prosigue.

–El universo gestiona su entropía, tiene sus normas, es una coreografía confusa, tantas veces ensayada, que funciona en absoluta concordancia. Todo es casualmente perfecto, mensurable y, en consecuencia, el futuro un libro abierto, predecible dentro del caos.

–En esa inmensidad cósmica, el tiempo y el espacio se rigen mediante unidades increíblemente pequeñas, subatómicas –guarda un silencio corto, como para ordenar las ideas.

–Por eso la evolución del universo es lenta, todo cambio, para consolidarse, necesita miles, billones de años. En una danza tan parsimoniosa del espacio-tiempo, los saltos mortales, las anomalías son, cuando menos, inquietantes.

El perro mueve una oreja, quizás como muestra de asentimiento o, simplemente, para espantarse la incomodidad de una mosca.

–Ahora toca averiguar, si lo de ayer, fue una simple extravagancia cósmica, o hay alguna distorsión más grave, comprometida con el fenómeno. Debemos tener los ojos bien abiertos, compañero, para eso estamos aquí. Tendremos que cubrir más campo, reconsiderar estrategias, explorar, de nuevo, los puntos calientes. Se nos terminó el dolce far niente, Schrödinger, viejo.

El animal, que sigue tumbado en el suelo, bien protegido de los rigores del estío, alza levemente la cabeza y mueve un par de veces la cola de forma protocolaria. Luego, formalista, vuelve a sumergirse en la modorra canicular.

–¡Qué manera más imbécil de complicar las cosas! –se desahoga, quejándose, a la tarde, el Holandés–. A fin de cuentas, el tipo cascó igualmente. El resultado habría sido el mismo, si se hubiera estrellado contra el suelo; más aparatoso y sangriento, pero natural, paradógicamente limpio, por su sitio, sin discordancias ni alteraciones cósmicas. Punto final y a otra cosa.

La cancela del huerto chirría, reclamando, para sus artríticos goznes, un generoso brochazo de grasa.

–Y si Helena de Troya hubiera sido calva, tuerta de un ojo y bigotuda, la historia sería distinta –es Cantarranas, el cabrero pensador, que acaba de atravesar el portillo–, pero como estaba buena y tendía a calentorra, pues chico, pasó lo que tenía que pasar.

El Holandés, en silencio, saca de la nevera portátil una lata de cerveza y se la ofrece al recién llegado.

–¿Llevabas mucho tiempo haciendo oreja, viejo chismoso?

Corta unos trozos de chorizo, le tira uno al perro, que reaccionando al olor había levantado la cabeza expectante, y ofrece el plato, con el resto, al amigo.

–El suficiente –articuló trabajosamente el pastor, con el trozo de embutido en la boca–, para saber que ahí –señaló con el índice la frente del Holandés–, se está cociendo un buen puchero, Federico.

–Algo te ronda por la cabeza, se escucha como chirrían los engranajes de tu cerebro, amigo, aquí hay gato encerrado y no precisamente el de nuestro viejo amigo Schrödinger –concluyó, acariciando la potente cabezota del lanudo.

Durante un rato, los dos, flemáticos, comen y beben en silencio. Cantarranas saca otra hamaca del cobertizo y desparramando su galbana sobre ella, se une a la mística contemplación del reverbero calinoso de la solana, en la que parece haberse perdido su compañero.

–Está claro, que las cabras te superan en inteligencia, Luis –únicamente el Holandés llama al pastor por su nombre de pila–. Estoy seguro, que a ninguna se le ocurriría sacar absurdas conclusiones del monólogo, de un loco solitario con su perro.

El cabrero, tras rebuscar por los bolsillos, saca su bolsa de picadura, liga, con parsimonia, un cigarrillo, le pone lumbre y se deja llevar a las alturas por las volanderas espirales de humo.

–Aut regem, aut fatuum nasci oportet –sentenció, la mirada perdida en una nubecilla blanca, que se atrevía romper la uniformidad del cielo–. Conviene nacer o rey o tonto. Lo dijo Séneca. A mí, lo de rey, qué quieres, no me ilusiona.

Schrödinger se levantó del suelo bostezando. Firme sobre sus cuatro patas, como si estuviera eligiendo el siguiente movimiento, hocicó la tarde venteando posibilidades, luego, de la cabeza a la cola, con un estremecimiento espontáneo, se sacudió los restos de modorra y, apartándose unos metros del sombrajo, fue a aliviar la vejiga en la broza asilvestrada, que crece al arrimo de la reja. A continuación, acercándose hasta a la balsa, lengüeteó con avidez, el agua que dejaba escapar la tajadera.

–¿Hay alguna novedad sobre el infartado caído del cielo? –el Holandés no había vuelto a pisar el pueblo desde el día anterior, cuando se produjo el incidente del paracaidista.

–Ninguna reseñable –respondió Cantarranas–; al fiambre se lo llevaron al depósito de San Martín y, hasta donde yo sé, allí sigue, completamente muerto.

El perro, una vez aliviadas sus urgencias biológicas, se aletargó de nuevo, pacíficamente acomodado a los pies de ambos tertulianos.

–Eso sí, La Aldehuela se ha convertido en una atracción de feria –se rascó el pastor, la enmarañada cabellera–, hay forasteros por todos lados, curiosos, periodistas, televisión, radio… un desmadre.

–¡Payasos! –sentenció el otro.

–Eso mismo pienso yo –concedió Cantarranas–, pero la gente está entusiasmada, con tanto ir y venir de focos, micrófonos y gente rara, friquis de todo pelaje. Un completo sin dios.

El Holandés echó mano a la neverita, sacó otro par de latas de cerveza y le tendió una al amigo, que tras un largo trago, para aclarar la garganta, continuó con el informe.

–Mañana, sin ir más lejos, han programado un debate televisado, en el que participará un tío, que escribe libros sobre fantasmas, aparecidos, sicofonías y otras sandeces por el estilo; también estará un doctor, astrofísico, creo; Cándido, el cura, y Salustio, el zahorí de Cornejar.

–Podríamos acercarnos a ver el espectáculo –propuso tras darle un tiento a la cerveza–, seguro que estará entretenido. Echaremos unas risas. ¿Te animas?

El Holandés abandonó la hamaca y, parsimonioso, se acercó hasta la balsa, cerró la tajadera y el agua dejó de brotar.

Schrödinger, se levantó del suelo, como obedeciendo una orden silenciosa de su amo.

El cabrero plegó las hamacas, guardándolas en el cobertizo.

El sol, que aburrido tras un día largo, ya daba muestras de cansancio, inició la huida tras el cerrillo.

–Pues no te digo yo que no. La cosa promete. Luego lo hablamos, si te parece –sugirió el Holandés, mientras cerraba la nevera, cargando con ella camino de la cancela–. ¿Te quedas a cenar? Tortilla de patatas, unas lascas de jamón, chorizo, queso, olivas aliñadas y un aguardiente de chordón, que invita a creer en Dios.

–¿Quién se resiste a un menú semejante? –aceptó Cantarranas la invitación, a la vez que cerraba, tras de sí, la verja del huerto.

Schrödinger puso en marcha un trotecillo cansino hacia la casa. Los dos hombres, en silencio, lo siguieron despacio, dejándose querer por los últimos rescoldos de la atardecida.

–¿Qué o quién eres, en realidad, Holandés? –preguntó el cabrero a su amigo, sin dirigirle la mirada, absorto en la contemplación de un horizonte, que empezaba a teñirse de rojo.

–Un noruego gilipollas –respondió el Holandés–, que ha venido a este pueblo, en el culo del mundo, a poner una tienda de quesos. La tortilla, ¿con cebolla o sin cebolla?

El cachazudo encogimiento de hombros de Cantarranas da por zanjadas ambas cuestiones.

Desde La Aldehuela llegan olores a humo de sarmiento; alguien está preparando unas buenas brasas, pronto correrá el vino por las gargantas y la sociedad aldehuense, pondrá en común las vivencias del día, en la terraza de El Bodegón.

CC-BY-NC-ND

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