III – Todo lo que sube baja y viceversa

El informe del forense determinó, que la muerte del paracaidista fue por parada cardiaca, sobrevenida de una situación de alto estrés.

La Aldehuela de los Molinos fue noticia en los informativos. El pueblo se llenó de equipos de grabación, cámaras, micrófonos, plumillas, especialistas en física de partículas, parapsicólogos y curiosos. 

La fonda, propiedad de Rogelio, «El Bodegón», estaba a reventar; gracias a la singularidad cósmica, el negocio hostelero aldehuense, sufrió un incremento exponencial.

El censo de habitantes era menor que el número de asalariados de los medios de comunicación, que asaltaron el pueblo, como un ejército invasor.

Avelina, la hija de Emeterio –líder del Partido Demócrata Hasta Cierto Punto, en la oposición por culpa de una moción de censura–, reina de las fiestas de ese año, tuvo que posar ataviada con el traje de gala y la cinta acreditativa del título; la tía Orencia, cocinó para la televisión sus famosas migas canas con chicharrones y hasta las damas del coro de San Cucufato, a instancias de una emisora de radio local, se marcaron un «Oh happy day», en versión original –con acento Príncipe Gitano versionando a Elvys–, que fue trending topic, en todas las redes sociales.

Una cadena de televisión de ámbito nacional, emitió en directo el debate, con público, que se celebró en el salón del baile, entre un eminente astrofísico; Ariel Domínguez, famoso periodista, que dirigía programas radiofónicos sobre espíritus, apariciones y temas paranormales en general, materia de la que tenía escritos varios libros; don Cándido, el cura, y un radiestesista local.

Este último, aseguraba que en la plaza se percibía la existencia de flujos magnéticos muy potentes, que sin duda habían actuado de colchón en la caída del desafortunado. 

El periodista avalaba la tesis del zahorí, aportando un buen número de casos parecidos, que habían tenido lugar a lo largo y ancho del mundo, en espacios de elevada actividad telúrica, un fenómeno que producía efectos diversos en el comportamiento de animales, la climatología e incluso las personas.

El científico dudaba de todo; no tenía una explicación, que no pasara por la manifestación espontánea e inexplicable, de alguna de las propuestas que plantea la teoría M. 

La detención del tiempo y, consecuentemente, de la caída, argumentaba, solo podría haberse producido, según él, si el sujeto hubiese alcanzado la velocidad de la luz, algo por completo imposible, aclaraba inmediatamente, y en cualquier caso, de haberlo conseguido, su cuerpo incapaz de soportar su propio peso, debido a la fuerza de la gravedad, habría implosionado convirtiéndose, según la teoría de Schwarzschild, en una especie de agujero negro, tan infinitamente pequeño, que debería medirse en unidades de Plank, pero capaz de absorber toda la masa y energía circundantes. 

–¡Agujero negro el que tienen todos ustedes en esas cabezas paganas y pecadoras! ¿Quieren saber donde está el único agujero negro inteligente de esta asamblea? ¡Aquí! –señalaba el cura su propio trasero, fuera de sí, tanto por lo que estaba escuchando, como porque el arzobispado se negaba a validar el milagro, sin antes someterlo a la comisión de actas, y eso tenía un coste aproximado de 18.000 euros, inalcanzable para el cepillo parroquial. 

El debate, tanto dentro del improvisado estudio televisivo, como de puertas para afuera, acabó como el rosario de la aurora, a farolazos y hasta hubo quien llegó a las manos, haciendo necesaria la intervención del cabo Fulgencio.

Afortunadamente, los feriantes, que ante la avalancha de forasteros habían vuelto a montar las atracciones, la tómbola y los puestos de comida, tuvieron la buena idea de adelantar el horario de apertura y el soniquete de las distintas megafonías, los bocinazos de los autos de choque y el intenso olor a pinchos morunos, distrajo la atención de los beligerantes. Se estableció una tregua indefinida y todos acudieron al reclamo de la fiesta.

Negociada la paz, el grupo de debate se trasladó a la terraza de «El Bodegón», donde, por gentileza de la cadena de televisión, pudieron reanudar el coloquio, esta vez sin tensiones, alrededor de un buen surtido de embutidos de la tierra, gambas a la plancha y generosas raciones de vino con pedigrí.

El científico, que por cierto, se apellidaba Bermúdez, discutía con el periodista, sobre la posibilidad de que agujeros de gusano, lo suficientemente holgados como para permitir el flujo de personas, fueran las puertas de acceso a otras dimensiones y la causa de los llamados portales interdimensionales, como Uluru y Kata Tjuta, Machu Picchu o El Tepozteco; propuesta que el tal Bermúdez negaba con beoda tozudez.

Por su parte, el zahorí trataba de convencer al cura –compañero Cándido, lo llamaba ya en etílica confianza–, que bajo las losas de la iglesia, corrían venas energéticas de agua, necesariamente bendita, de alto contenido milagroso, a tenor de los últimos acontecimientos. A lo que el cura asentía, cabeceando vigorosamente.

Los críos seguían ametrallando a petardazo limpio, a las parejas de novios, que festejaban bajo los soportales. La megafonía de la tómbola ofrecía cartones de regalo y la posibilidad de hacerse con «¡Benjamín, el robot de cocina con estrellas Michelín!», y las damas del coro de San Cucufato, ante la más extraordinaria indiferencia general y en el atrio de la iglesia, calentaban voces para atacar, a capela y sin rubor alguno, la misa en do mayor de Mozart.

La verdad es que casi nadie hizo caso del grupo venerable de matronas, que a la sombra de la iglesia intentaba competir con la megafonía feriante, vociferando fogosas: «Kyrieeleison, Kyrieeleison, Kyrieeleison».

Bermúdez, con lengua estropajosa y arrastrando con esfuerzo las erres, trataba que el periodista de lo paranormal, entendiese los rudimentos de la teoría de branas y el efecto de infinito big bang, que el choque entre ellas produce en el multiverso.

El plumilla, como un rumiante pánfilo, con pesados movimientos de cabeza, negaba y asentía, a la vez, cada uno de los postulados del científico. Luego levantaba trabajosamente la mano, con el índice inquisitivo apuntando a su propia nariz, y enseguida la volvía a dejar caer, de golpe, sobre la mesa.

«Christee leison, Christee leison, Christee leison», las de San Cucufato, inasequibles al desaliento, seguían a lo suyo, mientras don Cándido, tambaleante, abrazaba al radiestesista, proclamándolo heraldo de las aguas, mensajero de Dios y nuevo Juan el Bautista.

Sagrario, la más joven de las cucufatas –sesenta y siete años, viuda de Solaesa y con registro de soprano–, se adelantó un paso a sus compañeras del coro y comenzó a entonar el «Laudamus te. Benedicimus te, benedicimus te», con arrebato místico. 

En la tómbola, alguien había ganado «el peluche Garbancito, ¡madre mía, qué bonito!». La megafonía de los autos de choque imponía sus decibelios, por encima de cualquier otro sonido, divino o humano. 

La viuda de Solaesa, estirando el pescuezo hasta casi el desnucamiento y lagrimeando por el esfuerzo, berreó: «Adoramus te. Glorificamus te, glorificamus te. Adoramus te. Glorificamus te. Laudamus te. A doramus te», mientras comenzaba a levitar, dos palmos por encima del empedrado.

–¡Coño –gritó alguien–, la Sagrario vuela! 

Efectivamente. Metro y medio la separaba ya del suelo y seguía ascendiendo.

Un silencio expectante se hizo en toda la plaza. El periodista, con un ciego del quince, trataba de inmortalizar el momento con su smartphone de última generación. Bermúdez, el astrofísico, dormía la mona, totalmente ajeno al espectáculo que se estaba produciendo. El zahorí, zigzagueaba, inestable, explorando con su péndulo la plaza. La viuda, que había estabilizado su ascensión ligeramente por encima de las copas de los árboles, asistía en silencio, incrédula y pasmada, al fenómeno del que era protagonista.

Ni un murmullo, un gorjeo pajarero o estornudo alérgico perturbaba el silencio, casi doloroso, que se había instalado en la plaza.

Y justo en ese momento eucarístico, con todo el mundo ojiplático, asombrado y mirando a las alturas con místico fervor; entre mugidos asmáticos y estruendo de vajilla rota, don Cándido, el cura, se subió encima de una mesa de El Bodegón y alzando, fervoroso, los brazos al cielo, proclamó a grandes voces:

–¡Viva la Santísima Virgen del Molino! ¡Viva Cristo Rey! ¡Y que le den pol saco al arzobispo! ¡Cagondios!

El cabo Fulgencio tiró de móvil, para informar a la comandancia del prodigio, como mandan las ordenanzas; la megafonía de los autos de choque se arrancó con «Paquito el chocolatero» y la viuda de Solaesa –que de joven había sido corista en una compañía de comedias–, suspendida en las alturas y más feliz que un perro con dos colas, se sumó al jolgorio, con un zarandeo gitano de caderas al ritmo del pasodoble.

Sentados en el vaso de la fuente, dos hombres contemplaban, serios, el espectáculo. Y un perro canelo, tumbado a sus pies, les tiraba dentelladas a las moscas insolentes.

–Joder, Holandés, menudo estropicio se está montando –sentenció el cabrero con cara de preocupación.

–Te lo dije –respondió el otro–, y verás más prodigios, que esto no ha hecho más que empezar.

Quedaron en silencio por un buen rato, mirando al frente, pensativos, en otro mundo. Luego, Cantarranas sacudió la cabeza, como espantando alguna mala idea.

–Hoy te invito yo a comer –dijo el pastor–, que tengo medio cabrito en el horno, esperando el último golpe de calor. Pasamos por tu huerto y cogemos un par de escarolas, para acompañar.

–Vamos –concedió, como siempre lacónico, el Holandés. 

Y abandonando el asiento de piedra, seguidos por Schrödinger, enfilaron el conocido y refrescante callejón, aledaño a la iglesia, buscando, sin prisas, las afueras del pueblo.

–En Aldehuela de los Molinos, todo lo que sube baja y viceversa –sentenció el cabo Jaramillo, mientras liaba, cachazudo, un cigarrillo de picadura, viendo como por el cerro, con las luces de emergencia centelleando y a toda pastilla, se acercaba un Nissan Partrol, seguido por un turismo de color negro, con pinta de ser oficial y, por si las moscas, en un déjà vu, que se estaba convirtiendo en testarudo, una ambulancia, con las luminarias apagadas, cerraba la comitiva.

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