«Abril florece,

los trigales verdean,

sube el gasoil.»

Hilario, el alcalde progresista, se rasca la cabeza, mientras busca sentido al mensaje, que alguien ha garabateado con spray rojo, en la puerta del ayuntamiento.

–Esto pasa cuando la gestión municipal cae en manos de la flojera y el desorden bolchevique –sanciona Emeterio, el líder de la oposición.

Una docena de curiosos se arracima detrás de los concejales. Hay comentarios para todos los gustos.

– Los la derechona ultramontana sois muy burros, Emeterio, –afirma Rodolfo Solís, el concejal del APLI–, y dudo que conozcáis la diferencia entre un bolchevique y un queso de cabrales. Pero en fin, si no hubiera tontos, no sabríamos reconocer a los listos.

–Eso de ahí es un simple, chapucero y poco afortunado haiku, nada más, y al camarada Satlin, que yo sepa, se la traían floja este tipo de sutilezas –concluye el médico, displicente.

El de la deshidratadora de alfalfa, ruborizado hasta las cejas, se siente en la obligación de responder al ataque de la izquierda militante.

–Sin faltar, coño, sin faltar –farfulla nervioso–, que tener estudios no le da derecho a meterse con la gente honrada.

Un encogimiento de hombros del concejal rojillo pone fin a la polémica; se despide de los allí congregados con un «agur, parroquia», y endereza sus pasos hacia el centro de salud, porque los jueves toca tomar la tensión, y aquello debe estar hasta los topes de veteranos ansiosos.

–¿Haiku, ha dicho, este? Me suena, sí, pero en mi casa no trabajamos esa marca –reflexiona en voz alta Remigio, el dueño de El bodegón–, si acaso batidos de colacao, con la leche fría. Pero haiku… le preguntaré al comercial, cuando toque el pedido.

El grupo se va diluyendo, cada cual a lo suyo, que hay mucho día por delante y no faltan tajos donde echar la mañana.

–¿Crees tú, Hilario, que va a subir el gasoil? –prueba Emeterio, a rebajar la tensión política–, porque con lo justa que viene la campaña del cereal, valdría más dejar los campos para forraje.

El alcalde, que ha dejado de rascarse la cabeza, interrumpiendo con ello el flujo de razonamientos; se limpia las manos grasientas en el peto del mono y toca con un dedo la pintada, para comprobar que está totalmente seca. Va a ser difícil eliminarla de la puerta de la casa consistorial.

–Y qué sé yo, Emeterio. No creo que esta sea la manera que tienen las energéticas de anunciar la subida del precio de los carburantes; más parece la gamberrada de algún idiota que no tiene otro pito que tocar. Pero vete a saber.

Solo quedan ellos mirando el criptográfico mensaje, cuyo misterio no consiguen descifrar, por mucho que lo intentan.

–Bueno, me voy a lo mío –se despide el alcalde enfilando hacia la costanilla.

–Y yo, y yo –responde el otro, llegándose hasta la furgoneta, que tiene aparcada frente a la caja rural.

La Aldehuela respira armonía. Los primeros vencejos están de caza y llenan la mañana con sus chirridos, dibujando acrobacias en el cielo azul.

Mujeres y hombres, con rutinaria tozudez, se entregan a sus faenas. Los críos, en la escuela, se dejan ir por la ventana al sol de la plaza, hasta que un coscorrón de don Cipriano, el maestro, los devuelve a la monótona realidad de la tabla del siete.

En el carasol de la iglesia, sentados en el poyete, algunos veteranos calientan la osamenta, mientras otros se juegan el prestigio a la petanca.

Sin embargo, el sosiego y la paz solo son eternos en el camposanto: poco dura la alegría, en casa del pobre; a perro flaco, todo son pulgas; cuando una desgracia amaga, otras vienen a la zaga; a cada cerdo le llega su San Martín; bienes de campana, dalos Dios, y el diablo los derrama y hombre refranero, maricón y embustero –que no viene a cuento, esto último, pero tiene su aquel–, y no hizo falta mucho tiempo, para que los muros de la parroquia recibieran la visita del poeta.

«La primavera,

huele a besos de amante.

El cura duerme.»

–¡Judíos, empecatados, sacrílegos! –maldice don Cándido, en mangas de camisa, y estropajo en mano, tratando de eliminar la roja pintada, que engalana el frontispicio de la iglesia–. ¿Pero qué quieres de mí, Señor? ¿Cuál ha sido mi culpa, para este desamparo?

–El maligno se mueve a capricho entre tus ovejas, que yo pastoreo con celo y rigor cristiano, todo sea dicho, pero Tú no haces más que mandarme pruebas, lo dejas campar a sus anchas, como Pedro por su casa. ¡No echas una mano, coño!

Cansado de frotar, se sienta en el arrimadero de piedra y apoya la espalda en la pared del templo. Elvira, su sobrina, una mocita rubia, en la plenitud de la adolescencia y rebosante de energía, toma el relevo con el estropajo.

–No se haga usted mala sangre, tío –trata de aliviar el enfado del mosén–, que esto son cosas de gamberros descreídos, no merece la pena darse un berrinche.

Sigue la moza rascando con brío, pero el rojo chillón del grafiti no cede, y el automatismo que gestiona las campanas, las hace bandear convocando a misa de doce.

–¡Jesús, como pasa el tiempo! –se queja el cura–, Elvira, hija, no sigas frotando, que no sirve de nada, no te canses. Ya buscaremos luego una solución. Voy a cambiarme a la sacristía.

Por el callizo asoman media docena de beatas y tres o cuatro meapilas, todos, ellas y ellos, pasados de fecha, que vienen de tomarse la tensión en el dispensario, y como las nueras les tienen prohibido pasar por casa antes de la hora de comer, entretienen el tiempo en la iglesia, que está fresquita.

El cura, de esperanza y oro, aguarda paciente a que la tropilla se acomode en la bancada y cesen las expectoraciones y sibilancias. Como todos los críos están en la escuela, oficia de monaguillo Eusebio, el sacristán. El reloj del ayuntamiento desgrana las doce campanadas del mediodía. Don Cándido alza las manos al cielo y comienza la liturgia.

«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros

Y con tu espíritu

En la plaza, dos hombres –uno alto y enjuto, más menguado y algo rechoncho el otro–, observan la pintada en silencio.

Elvira recoge los trastos de limpieza y se mete en la rectoral.

–Mucho es el desasosiego que lleva a mi espíritu, Sancho, amigo, la contemplación de aqueste sacrílego ultraje, y juro por el amor que profeso a mi señora doña Dulcinea, que no ha de descansar mi brazo, hasta repasarle los lomos, con una buena vara de fresno, al moro fementido y hereje, que ha blasfemado sobre estas santas paredes.

Don Quijote se atasca en un ataque de risa repentino, que a Sancho, fruncido el ceño por la hilaridad del caballero, no parece hacerle demasiada gracia

–Cuando te pones gilipollas, Holandés –el mosqueo de Cantarranas es evidente–, dan ganas de bajarte la tontería a trompadas.

–Calla, hombre, que estuviste de lo más ocurrente la otra noche –recupera la compostura, el quesero–. Tienes un beber de lo más divertido, amigo. No te enrabietes y cabalguemos juntos hacia el horizonte de esta nueva aventura.

Otra vez, le es imposible contener la carcajada y el cabrero abre los brazos en un gesto de forzada resignación.

–Cuando un tonto se empeña en andar un camino –sentencia–, se acaba la senda, pero el idiota sigue por las breñas.

Algunos curiosos se han parado a ver la pintada de la iglesia y comentan entre sí, tratando de encontrarle la vuelta al mensaje.

Schrödinger, que andaba entretenido saludando a un castaño de sombra, se incorpora al grupo.

El tiempo vuela, sí. La misa ha terminado y la brigada de ancianos, sin nada mejor que hacer, se une a la cuadrilla de mirones silenciosos.

Todavía queda mañana para rato y hay tema de conversación. En las tiendas, en corrillos, por las aceras, en la peluquería de Nines, en el supermercado de Avelino y luego en las casas, con el café, se comentará largamente el asunto de las pintadas, y todo serán conjeturas sobre la identidad e intenciones del bardo.

Pero pasan los días, no hay nuevas incursiones de la lírica en las paredes blanqueadas de La Aldehuela, y el personal va perdiendo interés, sobre lo que muchos consideran una simple gamberrada.

Hoy, el foco está en los trabajos de limpieza, que el ayuntamiento ha encargado a una empresa del ramo, cuyos operarios ya están afanados sobre el haiku que adorna la puerta del consistorio.

Un nutrido grupo de curiosos sigue de cerca las labores de limpieza, y celebra, con cierta mala leche, la resistencia tenaz, que la pintada opone al tratamiento quirúrgico. Pero como el espectáculo comienza a resultar monótono, algunos consideran apropiado iniciar la deserción.

–Pues parece, que al Avelino también le han emporcado la fachada del supermercado con un romance –dice alguien, y aquello vuelve a inocular el gusanillo del cotilleo en la hueste, que en pleno, a compas, con orden, como una bandada de estorninos buscando arboleda donde pasar la noche, gira el rumbo hacia el nuevo destino.

Extramuros de «Supermercado Avelino», como un costurón de sangre en la blanca fachada, canta la copla:

«Junio se acerca,

ya se alarga la tarde.

Sal del armario.»

La voz ha corrido por todo el pueblo, el gentío se agolpa a las puertas de la tienda, como si fuera día de rebajas, y el cabo Fulgencio tiene que tirar de autoridad para restablecer el orden.

–A ver, no invadir la calzada –va dando consignas–, que interrumpís el tráfico rodado. Circulad, que aquí está todo visto.

Mientras, Avelino y Rosario, la dependienta, se afanan en limpiar la pared con disolvente, pero el poema se resiste al ataque de la química e incluso parece desafiarla, brillando con más fuerza.

–¡Cuando agarre yo al hijo de mil padres, que ha hecho esto –el tendero no puede reprimir la rabia–, le voy a sacar los hígados con la desbrozadora! ¡Por mis muertos!

El círculo de curiosos se amplía. El autobús de línea, tiene que abrirse paso a bocinazos, porque el personal, como había anticipado Fulgencio, ha terminado por invadir la calzada. El cura, que se ha unido al grupo, luciendo un terno catafalco y plata, porque acaba de oficiar un funeral, alza las manos al cielo en actitud de súplica y reivindica, crispado:

–¡Señor, haz que esto pare de una vez, que como broma ya está bien, carajo!

Todo el mundo quiere opinar, una algarabía estridente hace imposible la comunicación, el cabo de la guardia civil, se las ve y se las desea para mantener abierto un paso para los vehículos, que transitan por la zona.

–¡Aquí hay otra! –llama la atención de la concurrencia una voz aguardentosa.

Pero el supuesto haiku es una simple idiotez, una broma insustancial, escrita con tiza en la pared, que dice: «La Rosario tiene un culo pa cascar nueces».

Jeromo, el borrachín oficial de La Aldehuela, señala el texto, con una estúpida sonrisa en la boca y los dedos todavía manchados de un blanco acusador.

La reacción del grupo es unánime: le llueven los insultos, lo sacan a empujones de la calle e incluso tiene que hurtarse a un par de patadas malintencionadas, que le iban directas al nalgatorio.

Mientras, Rosario –que ahora se mueve con un garbo especial–, y Avelino siguen a lo suyo, pero con ningún éxito. La resistencia del grafiti al disolvente parece insalvable y al comerciante, con el trajín, se le empiezan a cansar los brazos.

–Tira, Rosario, que esto, así como así, no se quita –rinde la plaza Avelino–, habrá que mirar otras alternativas, repintar, o algo, ¡yo qué sé!

La manifestación ciudadana comienza a desfilar y lentamente, demasiado en opinión del cabo Fulgencio, va dejando libre la calle.

Pero donde comen tres, pueden comer cuatro perfectamente, y desde el cruce con la carretera un vocerío llama la atención del personal en retirada.

–¡Al cuartelillo, venid todos, que está escribiendo en el cuartelillo!

El ejército, con el guardia a la cabeza, y el cura, de capellán castrense, a la zaga, carga hacia la casa cuartel, que se divisa en la distancia, en cuyas blancas paredes, un aerosol, haciendo cabriolas en el aire, solo, sin intervención humana aparente, traza los renglones, de un nuevo y criptográfico acertijo.

«Las golondrinas,

vuelan al amanecer.

Y el cabo en bragas.»

El bote de spray sigue danzando en el aire con vida propia. La milicia se detiene a media docena de metros de su objetivo.

El guardia no da crédito a lo que ven sus ojos y patea furioso la tierra, como un toro a punto de embestir.

El cura cae de rodillas, se persigna varias veces y proclama a grandes voces:

– «Mené, mené, tekel y parsín», Daniel, 5.25. ¡Bendito seas por siempre y alabado!

–¿Queréis más pruebas del enojo de nuestro Señor? –brama congestionado–. Como en el banquete de Baltasar, la mano de Dios escribe en las paredes del palacio de Babilonia y anuncia la desgracia, que ha de caer sobre nosotros, pecadores, por causa de su santa ira.

–¡Arrepentíos, adoradores del maligno, el tiempo apremia!

Dos sonoros estampidos interrumpen la bíblica diatriba; el cabo Fulgencio, arma reglamentaria en mano, está ejercitando el tiro contra el bote fantasma, y toda la tropa, don Cándido incluido, se precipita, de morros al suelo, por si acaso, cuerpo a tierra.

–¡Fulgencio, hijoputa, que casi me das, cabronazo! –protesta el spray, que por lo visto, también tiene el don de la palabra, antes de salir disparado, directo a la cabeza del guripa.

El bote está casi lleno y el impacto en la frente del benemérito es duro. Fulgencio se tambalea, aturdido, y deja caer la pistola.

Cantarranas y El Holandés, que han seguido todo el episodio de pie, corren a socorrerlo. El cabrero se hace cargo del arma, para que no haya más accidentes, le pone el seguro y se la devuelve a su dueño, que la restituye a su funda torpemente. Tiene una profunda brecha, abierta sobre la ceja izquierda, de la que mana abundante sangre.

El grupo ha recuperado la compostura y trata de ayudar al herido.

–Hay que llevarlo a que lo vea el médico –opina el cura.

El bote de pintura yace en el suelo y no dice ni pío, parece haber perdido su poderío sobrenatural, es un pedazo de hojalata, que ya no mola. De manera que, por unanimidad, se aprueba la propuesta del párroco, y la mesnada abandona el campo de batalla, acompañando al herido hasta el centro de salud.

El Holandés retiene por un brazo al pastor, que se disponía a seguirlos.

–Espera, que este circo todavía no ha terminado –murmura por lo bajo, mientras da tiempo a que la comitiva tome distancia y desaparezca.

Con paso tranquilo se dirige al cuartelillo. Su mirada no está puesta en la roja inscripción, que resalta, desafiante, sobre el blanco inmaculado de la pared, sino metro y medio más abajo, en la tierra negra de jardín, de la que nace el muro cuartelero.

Cantarranas, sin comprender, observa al amigo y guarda silencio.

–Ni se te ocurra dar un paso –ordena el físico, que ha cogido del suelo una gruesa piedra–, estoy muy cerca y tengo mejor puntería que Fulgencio.

La cara del cabrero es un poema, una oda al desconcierto y no sabe si la actitud de su amigo es formal, o sigue con la broma.

–Además, así, en bolas, vas a coger frío, que todavía no aprieta el sol lo suficiente. Piensa que cuando la gente se percate de lo que ocurre, no tardarán en ponerte cerco, y no solo Fulgencio querrá echarte el guante encima, créeme, que al cura estas cosas lo ponen cachondo y en un decir amén, te monta un auto de fe que te cagas. Ven con nosotros, la gente no tiene por qué enterarse de que existes, te puedes ocultar en mi casa. Allí estarás a salvo hasta que encontremos una solución a tu problema.

Dicho esto, El Holandés guarda silencio y tiende la mano izquierda hacia adelante, en actitud amistosa. Cantarranas, que mientras tanto ha ido acercándose, mira la escena, estupefacto.

–¿Cómo sabes que estoy aquí? –responde la pared– ¿Puedes verme? ¿Cuántos dedos tengo extendidos?

El quesero suelta un bufido de fastidio.

–Déjate de gilipolleces, no podemos perder el tiempo con adivinanzas. Claro que no puedo verte, pero vas dejando huellas por todas partes –dice señalando la tierra, donde se ven, claramente, los contornos de unas pisadas humanas.

–Vale, tienes razón –se rinde el muro–, no puedo seguir así por más tiempo, es un infierno. Pero no alcanzo a ver cómo puedes ayudarme, esto es cosa de brujas.

–Eso ya se verá. ¡Schrödinger, a casa! –ordena El Holandés, y el animal, tras olisquear brevemente la fachada del cuartelillo, echa andar carretera adelante.

–Sigue al perro, nosotros vamos tras de ti, sal de la tierra, pisa el asfalto, ya te has dejado ver más de lo necesario.

El cabrero trata de liar un cigarrillo, pero le tiemblan las manos y solo consigue derramar el tabaco. Tras varios intentos acaba por desistir, su amigo le tiende uno ya hecho y los dos fuman en silencio, sin dejar de caminar.

–Oye, a mí no me vendría mal un pito –sugiere el invisible–, que también estoy de los nervios. Menudo día llevo.

La solana le responde con un mutismo árido, Schrödinger aprieta el paso, venteando la querencia del hogar, y la mañana, perdida la frescura de la juventud, se viste de largo para flirtear con la tarde.

La Aldehuela rebulle inquieta, con la mirada puesta en el cerrillo, donde la cruz de piedra, marca frontera con el cementerio y sus fantasmas. Uno anda suelto por el pueblo y cuando llegue la noche, el miedo tomará el mando, acechará en lo oscuro, barrerá la vida en las calles y el paisano, precavido, atrancará puertas y ventanas.

Mientras, en la casa cuartel, al cabo Fulgencio, en pijama, con un tocado de vendas en la cabeza y los ojos perdidos en el teclado del ordenador, lo alcanzará la madrugada, buscando en el fondo de una botella de orujo, la inspiración necesaria para redactar un parte de incidencias que no le cueste los galones.

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