La Gran Brana

La profecía estaba a punto de cumplirse. Tras miles de millones de años, el universo había llegado al límite de su expansión. Casi no quedaban estrellas vivas, apenas unas pocas, y solo D00099S mantenía, aunque de forma precaria, unas mínimas condiciones de habitabilidad, posibles dada su cercanía al gran agujero negro en que se había convertido la galaxia. En un entorno con temperaturas cercanas al cero absoluto, la energía producida por ese enorme panteón de estrellas colapsadas prolongaba su agonía. Sin embargo, la misma fuerza que le daba la vida, llevaba implícita su cercana destrucción: muy pronto, D00099S, igual que les sucediera antes a incontables millones de cuerpos celestes, se vería arrastrada al horizonte de sucesos de aquella centrifugadora cósmica y desaparecería para siempre.

El Consejo de los Doce Sabios Primigenios se reunió por última vez; el experimento había concluido y no quedaba tiempo, debían tomar, ya, una decisión. La Gran Brana, capaz de generar universos infinitos y, en consecuencia, nuevas formas de vida inteligente, debía ser entregada al Elegido, al único que hubiera sido capaz de superar la prueba definitiva, y solamente los Doce estaban en disposición de interpretar las señales, que lo hicieran acreedor a tal responsabilidad.

La sala capitular estaba en penumbra, escasamente iluminada por unas pocas antorchas rescatadas de un pasado muy lejano, tanto que se perdía en la noche del conocimiento ancestral. Los Doce, reunidos alrededor de una circular mesa de piedra pulida, escuchaban el informe de la Maga, que contenía el resultado de los ensayos llevados a cabo con los diez últimos especímenes susceptibles de alcanzar tan alta dignidad.

—Como bien conocen sus reverendas sabidurías —empezó la presentación—, todos los sujetos han sido sometidos a la misma prueba y en idénticas condiciones de aislamiento: un habitáculo cuadrado, de tres metros de lado. Durante dieciséis días se les ha suministrado un tablero dividido en dieciséis cuadrículas de treinta centímetros, igualmente de lado, conteniendo cada una de ellas novecientos cuadrados de un centímetro lateral, esto hace una suma de catorce mil cuatrocientos pequeños cuadrados.

»Junto con este material, se les ha dado una bolsa conteniendo el mismo número de teselas, blancas y negras al 50%. No han tenido tipo alguno de información añadida, instrucciones o indicio de qué se esperaba de ellos. Cada día se anotaba cuidadosamente su comportamiento, está recogido en el informe que obra en poder de sus reverendas sabidurías, y se renovaba el material por otro nuevo, exactamente igual. Las criaturas fueron nominadas del 1 al 10: D01S, D02S, D03S… y así sucesivamente.

»Todos, excepto uno, han mantenido un comportamiento similar, tanto con respecto a sus condiciones de aislamiento, como a la interpretación de las pruebas. Nueve han soportado la reclusión de mala forma, dando muestras de abatimiento, depresión, rabia. En su desesperación, algunos han llegado a autolesionarse. Solo uno ha permanecido sereno durante toda la prueba, casi siempre tumbado en el catre, durmiendo, contemplando la oscuridad por el ventanuco. Se diría que gozando con la inactividad.

»En lo que se refiere a la prueba de las cuadrículas, los mismos nueve han intentado crear figuras con las teselas: todas las variantes posibles de formas, arlequinadas al principio y anárquicas disposiciones hacia el final de la prueba. Sin embargo, no conseguimos sacar de su pasividad al sujeto anterior, que simplemente contemplaba, impertérrito, como renovábamos cada día los elementos, sin dar muestra alguna de curiosidad. Sorpresivamente, el último día del programa cambió de actitud. Desplegó el tablero en toda su extensión, se fue comiendo, una a una, las catorce mil cuatrocientas teselas, esperó pacientemente a que su sistema digestivo cumpliera las funciones que le son propias, luego, con sosiego, acuclillándose en medio del tablero, defecó el producto residual y con parsimoniosa complacencia se volvió al catre. Eso es todo.

Terminado el informe, la Maga permaneció de pie ante la asamblea, esperando la decisión de los Doce, que inmediatamente comenzaron a deliberar. Poco tiempo ocuparon en ponerse de acuerdo y tomar por unanimidad la decisión final.

—Gracias por tu trabajo, Maga —tomó la palabra el Sabio Mayor—, nos has dado la información necesaria y sabemos, sin ningún género de dudas, quién debe ser el Elegido. Todos estamos de acuerdo en eso: aquel que ha demostrado no tener interés alguno por la experiencia, ha pasado el proceso feliz en la ignorancia, alimentando su modorra con siestas interminables y, como guinda del pastel, ha evacuado en el tablero, dando a entender que le importa todo una puñetera mierda.

»Ese es nuestro salvador. Indiferente, pasota, no intervencionista y garante de las libertades, porque todo le importa un comino: el libre mercado, la autocracia del capital, la libertad de expresión, la censura de los poderes fácticos; alguien, en fin, que no sienta rubor en confundir la balanza de pagos con la de la justicia; el Elegido, en definitiva, para provocar la explosión primordial, que dé origen al nuevo universo. Dinos, Maga, ¿cuál es su identificativo?

—Reverendo Sabio Mayor, el sujeto en cuestión es D10S.

—Hala, pues, que le den la Gran Brana de los cojones y se levanta la asamblea, que hace un frío aquí del carajo.

Así lo cuentan las crónicas estelares y así os lo cuento yo.

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