Día 1 del año primero de navegación.

«La misión comenzó sin novedad. Hemos partido de la estación espacial KL-235, desde Alfa Centauri. Todos los sistemas de navegación funcionan correctamente y viajamos a la velocidad de la luz, rumbo a la constelación de Lira. 

Componen la tripulación, en su parte civil, la astrofísica doctora Elena Melendo, del Optical Gravitational Lensing Experiment – OGLE, y el doctor Alexander Strhuhgnendeim, físico teórico y autoridad mundial en el estudio de  branas; desarrolla su trabajo en el Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics.

La capitana Darla Taney, segunda de a bordo, el ingeniero espacial, capitán Zeeman Steenbock, los tenientes Reuven Ben-David y Bhushan Nath, ambos doctores en ingeniería mecatrónica, y yo, comandante Esteban Chamorro, al mando de la misión, componemos la dotación militar.

El objetivo del programa «The Colony» consiste en hallar un agujero negro de gran masa, que permita la construcción de una base gigantesca, un planeta artificial habitable, en el que establecer una nueva civilización. 

La energía necesaria para garantizar la vida en ese nuevo mundo, se obtendrá de la singularidad del agujero negro y será prácticamente inagotable».

Día 185 del año sexto de navegación.

«He dado orden de comenzar la deceleración de la nave, por la proximidad de «Hades» el agujero negro más cercano a la Tierra, vecino de Vega.

Desde nuestra posición es un privilegio asistir a la danza, que protagonizan los átomos de gas, fluyendo hacia el agujero desde todas direcciones: lentamente cuando están lejos, pero acelerando, hasta alcanzar la velocidad de la luz, conforme se aproximan al borde. 

Maniobramos para salirnos de la trayectoria de caída e iniciar el protocolo, que nos coloque en órbita de cabotaje; de lo contrario, podríamos terminar desapareciendo en el estrecho horizonte de «Hades», convertidos en chatarra interestelar.

Los sistemas de medición corroboran que las ondas electromagnéticas, emitidas por los átomos de gas, se van calentando desde casi el cero absoluto, cuando están lejos, hasta miles de grados, conforme se acercan al lugar de no retorno, un poco por debajo de la superficie del agujero negro, donde la fuerza de la gravedad hace imposible escapar de la trampa.

Hace millones de años, «Hades» era una estrella, que incapaz de soportar su propia fuerza de gravedad, implosionó, convirtiéndose en lo que es ahora, un objeto absolutamente negro, cuyo diámetro se conoce como horizonte de sucesos, que se va estrechando hasta alcanzar su singularidad, un punto donde la masa es infinita. Isaac Newton, primero, y Albert Einstein, más tarde, explicaron por qué las leyes gravitatorias fuerzan el comportamiento de los agujeros negros.

Las mediciones obtenidas y el criterio de la doctora Melendo y el doctor Strhuhgnendeim, indican que la masa de «Hades» es demasiado pequeña y, por consiguiente, su enorme fuerza de atracción incompatible con nuestro objetivo. Debemos dar por terminado el estudio y seguir nuestra misión. 

Ordeno que se transmitan los resultados a la Tierra. Cuando reciban el informe en el Centro de Investigación Interestelar Internacional (CIII), habrán pasado veintiséis años, exactamente la distancia, veintiséis años luz, a la que nos encontramos de casa.

Pese a que las relaciones íntimas están prohibidas entre los tripulantes de la nave, hoy he sorprendido a la capitana Taney y a la doctora Melendo haciéndose ojitos. Le pediré al teniente Nath que revise el funcionamiento de los robots de compañía de las dos, por si hubiera algún fallo de sistema.

Ponemos rumbo al centro de la galaxia. Tardaremos veinte años espaciales, en cumplir esta etapa del viaje, pero en la Tierra habrán pasado treinta mil ciento diez años».

Día 69 del año decimoprimero de navegación.

«Estamos navegando por Cygnus y la actividad dentro de la nave es febril, solo vamos a tener esta oportunidad para estudiar las peculiares fluctuaciones de luz de KIC 8462852, la estrella que se oscurece y parpadea. Hace años que se abandonaron las teorías de la intervención alienígena o lluvia masiva de asteroides, pero el fenómeno sigue sin explicación. Es posible que mandemos un robot-sonda, que nos permita obtener más datos. 

Pero ese no es el objetivo principal de nuestra empresa, de manera que seguimos manteniendo la misma velocidad de crucero y la derrota marcados.

Ayer, el doctor Strhuhgnendeim, que estaba estudiando en la pantalla principal las imágenes de WR 142 –una estrella Wolf-Rayet de enorme actividad–, le dio una palmada en el culo al teniente Ben-David; este, que inclinado sobre la consola verificaba el funcionamiento del sistema, le respondió con una sonrisa y un inquietante aleteo de pestañas. Continúo preocupado por el funcionamiento de los robots de compañía».

Día 281 del vigésimo primer año de navegación.

«Seguimos transmitiendo información a la Tierra, pese a que desconocemos si hay alguien al otro lado. 

Entre la tripulación comienza a cundir la creencia de que la misión carece de sentido práctico. Echan de menos su vida, familia, amigos, socialización. A pesar del entrenamiento especial recibido, esta circunstancia era previsible. Desde hoy doblaremos la dosis de aglomelatina, para reforzar el equilibrio sicológico del equipo.

El capitán Steenbock, que mide cerca de dos metros, luce una musculatura de atleta –que cultiva todos los días machacándose en el gimnasio de la nave–, y jugó de quarterback en la universidad, tiene su robot de compañía inutilizado para varios meses, con los circuitos socarrados por un exceso de uso y lleva toda la semana sonriéndome, mientras me guiña un ojo cómplice, cada vez que nos cruzamos por los pasillos. Creo que voy a pedirle al teniente Nath que duplique el sistema de cierre y los sensores de seguridad anti intrusos de mi camarote».

Día 67 del vigésimo tercer año de navegación.

«Lo de la doctora Melendo y la capitana Taney ya es oficial, de hecho me han pedido que, como comandante de la nave, las una en matrimonio, lo que me coloca en una posición algo incómoda: por una parte, el reglamento prohíbe todo tipo de relación sentimental entre los miembros del proyecto; pero, por otra, ¡se las ve tan felices y enamoradas!

Estamos a miles de años luz de la Tierra; de los que promulgaron estas normas no quedan ya ni los huesos; atravesamos Sagitario y Kaus-Australis –una gigante blanco-azulada de tipo espectral B9.5III y 9200 K de temperatura, situada a 145 años luz en dirección al centro de la Vía Láctea–, brilla con la potencia de trescientos setenta y cinco soles. ¡Qué carajo, prohibido prohibir! ¡Viva el amor!»

Día 88 del vigésimo tercer año de navegación.

«No tengo nada claro que la boda de Elena y Darla haya sido una buena idea: el teniente Ben-David y el doctor Strhuhgnendeim andan desaparecidos la mayor parte del día y, según me informa el teniente Nath, sus robots de compañía tienen un mosqueo importante, se sienten ninguneados y están necesitando asistencia sicológica; los de la doctora Melendo y la capitana Taney están de baja por depresión y solo el del capitán Steenbock, permanece feliz en la enfermería, ante la muy lejana posibilidad de que pueda ser dado de alta en un futuro cercano.

Los sensores de la nave han detectado a una enana blanca, absorbiendo  material de una estrella compañera; cuando alcance una masa crítica, equivalente a 1,4 masas solares, dará lugar a una supernova, con una luminosidad cien mil veces mayor que la de su estrella original.

Como si tuviera yo el cuerpo para farolillos de verbena».

Día 356 del vigésimo sexto año de navegación.

«Hace una semana que llegamos a las inmediaciones de Sagitario-A, el agujero negro supermasivo, equivalente a decenas de miles de millones de masas solares, ubicado en el centro de la Vía Láctea, pero aquí en la nave, la situación es insostenible.

La capitana Taney ha descubierto que su esposa, la doctora Melendo, sigue viéndose a escondidas con su ex robot de compañía; se ha montado una de no te menees, han vuelto a dormir en camarotes separados y la Taney ha iniciado los trámites de divorcio; un papeleo del copón, que me ha tenido ocupado toda la mañana.

 Por otra parte, resulta que los tenientes Ben-David y Nath, han retomado una antigua relación de pareja, que mantuvieron durante los años compartidos en la universidad de Columbus. 

Esto, que en la Tierra habría llevado al doctor Strhuhgnendeim a darse a la bebida, aquí le ha obligado a experimentar con la desnitrificación de los desechos fecales de la tripulación, hasta conseguir óxido nitroso. Se coge unos globos exagerados.

Y en lo que a mí respecta, me paso el día pendiente de no cruzarme por los pasillos con el capitán Steenbock, el quartecback, porque ya no se corta en absoluto y en cuanto me descuido, me lanza unos pellizcos al culo de alucinar. Me siento como esa novia, recién salida de la ducha, que pelea por mantener la precaria defensa que le proporciona la toalla, mientras huye, pasillo adelante, de las embestidas de su pareja, que la persigue, mugiendo como un ñu del Serengueti asilvestrado por el celo.

Estoy pensando, seriamente, en vestir, de continuo, el exoesqueleto de titanio, cuya utilización solo está prevista en casos de gravedad extrema, para contrarrestar las fuerzas de marea».

Día 365 del vigésimo sexto año de navegación.

«Por fin he conseguido algo parecido al orden necesario en cualquier proyecto de equipo. Me ha costado consentir la vuelta a la Tierra, una vez hayamos estudiado las condiciones de habitabilidad del espacio circundante a Sagitario-A

La Melendo y la Taney se han reconciliado y hacen planes para establecerse en una granja, que la última posee en Wisconsin. El robot de compañía de la doctora Melendo, se suicidó arrojándose al espacio exterior. Fue absorbido por Sagitario-A.

Los tenientes Nath y Ben-David, quieren poner una floristería en Manhattan, apuntarse al Ejército de Salvación y adoptar un niño vietnamita.

El óxido nitroso ha fundido el cerebro del doctor Strhuhgnendeim, que se pasa el día buscando neutrinos por toda la nave. Lleva un caza mariposas hecho con un filtro de café y recita poemas de Tristán Corbière.

En cuanto al capitán Steenbock, el quartecback, está empeñado en presentarme a sus padres y llevarme a Las Vegas, para que nos case Elvis, lo que confirma la incidencia masiva de lesiones cerebrales, en los jugadores de futbol americano. Yo no me quito el exoesqueleto de titanio ni para ir al retrete.

Después de una semana de estudios y análisis del entorno, tanto la doctora Melendo, como el doctor Strhuhgnendeim y la computadora determinan que la masa del agujero –del que nos mantenemos a una distancia más que prudencial–, es miles de millones de veces la masa solar. Casi no gira, por lo que le suponemos un horizonte esférico, con una circunferencia de dieciocho millones y medio de kilómetros. Ha llegado el momento de explorarlo y, si es posible, alcanzar su singularidad.

Dadas las circunstancias, asumo la obligación de abandonar la nave nodriza, en una cápsula de reconocimiento, y acercarme lo máximo posible a Sagitario-A, para bucear en su horizonte, incluso tras la zona de no retorno, confiando en que toda la potencia de mis motores, me permitirá orbitar en sentido contrario a la fuerza centrífuga del agujero negro y equilibrar así su atracción.

Estoy sobrevolando a Sagitario-A y solo veo vacío entre su horizonte y su singularidad, que debería ser unos cien trillones de veces más pequeña que un núcleo atómico, y se mantiene oculta por el propio horizonte.

La nave nodriza, en la distancia, espera que comience a transmitir datos. 

En Wisconsin, la granja de la capitana Taney, hace miles de años que dejó de existir; con suerte hoy será un centro comercial o, más probablemente, un árido desierto inhabitable.

Manhattan no tendrá floristerías, ni bancos comerciales u oficinas. Es muy probable que la naturaleza haya reconquistado los asfaltos y una nueva raza de nativos americanos cace bisontes en Central Park. Mientras, los neutrinos seguirán atravesando los bloques de hormigón, si los hubiere, como si fueran de pura mantequilla.

No hay nada que me espere en la Tierra, salvo la fantasmagórica ilusión, de  un quarterback universitario, lisiado cerebral, que quiere presentarme a sus padres difuntos y llevarme a Las Vegas de viaje de novios. ¡Menudo panorama!

Apago los motores a reacción de la cápsula, lo que me lleva a entrar en una trayectoria de caída a 530 kilómetros por segundo, que al minuto sobrepasa los 9.300 kilómetros por segundo. Estoy entrando en el horizonte de Sagitario-A. 

A los 61 segundos la aceleración alcanza los 13.000 kilómetros por segundo. Las fuerza de marea deben ser extremas, pero gracias a mi exoesqueleto de titanio –nunca podré agradecer a la ciencia cuanto ha hecho por salvaguardar mi integridad física y moral–, mi cuerpo sigue intacto.

A los 61,7 segundos la velocidad es una décima parte de la de la luz. 39.000 kilómetros por segundo. Un segundo más tarde todo ha terminado. Soy parte de la singularidad de Sagitario-A, materia pura, esencia divina, principio y fin de todas las cosas. 

Se está a gusto aquí, las vistas no son muy buenas, pero hay un calorcillo agradable, ya no necesito los calzoncillos de titanio y en la mesa de al lado, Nat King Cole y Frank Sinatra apuran una botella de Jack Daniels, mientras cantan «Stardust» a dos voces».

CC-BY-NC-ND

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