«Hay que hacer una incisión profunda, un corte decidido, limpio, que llegue hasta la espina dorsal y deje a la vista los órganos vitales. La experiencia en el manejo del afilado instrumental es imprescindible, cualquier duda, la mínima irregularidad, un tajo demasiado profundo, pueden echar a perder todo el trabajo y hay mucho dinero en juego, gente dispuesta a pagar estos despojos a precio de oro, ese que yo necesito para seguir manteniendo el tren de vida, que exige sacar adelante a mi familia, un ático dúplex en la zona noble de la ciudad, dos coches y un par de hijos camino de la universidad».

«Cymberly es una buena esposa, me ayuda todo lo que puede, pobre, sabe que no me gusta lo que hago, que he de aguantar la náusea, cada vez que meto mis manos en estos cuerpos gélidos para eviscerarlos. Que detesto este tufo a muerte, insoportable, pegajoso, que nunca termina de irse, por mucho que me pase horas bajo la ducha, con la piel enrojecida por causa del agua en exceso caliente. A ella también le repugna ese olor, tanto como la forma que tengo de ganarme la vida, pero lo soporta en silencio y me conforta, si me ve abatido por la frustración».

«Luego están las noches interminables de insomnio, resistente a cualquier química conocida, que paso dando vueltas en la cama, sin poder apartar de mi mente las imágenes horrendas de todos esos cuerpos mutilados y sintiendo el estremecimiento precoz, que me provoca pensar en los que tendré que descuartizar al día siguiente».

«Pero he de poner en pausa mi destino y mostrarme feliz ante el resto del mundo, como si mi existencia fuera el camino de rosas que mis vecinos presuponen. Sonreír a la vida con fingido entusiasmo, permitirme el desahogo de una broma, tirarle la pelota a mi perro los domingos por la mañana en el parque, mientras socializo cordialmente con los demás dueños de mascotas y encierro la realidad bajo llave en el sótano de mi desesperación. Hay que seguir, no puedo permitirme parar. Un último corte y este ya está listo».

—A ver, Consuelo, ¿alguna cosa más, reina?

—Nada, por hoy ya vale, que todavía he de comprar fruta, algo de embutido y voy con prisa.

—Pues aquí tienes. Son 24,75 y te regalo este puñado de perejil.

—¡Joder, Mariano, cómo has subido los precios, hijo, ni que fuera de diamantes la pescadilla!

—La crisis, que no da tregua, corazón. ¡Merluza fresca, oiga, recién llegada de La Coruña, todavía colea, la mejor del mercado, señoras! ¡Compren, compren, compren!

«¡Qué ganas tengo de jubilarme, por dios!»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *