«Amelia, sé que esta carta nunca te va a llegar, pero ya me conoces, tengo querencia por documentarlo todo, qué sé yo, en alguna vida anterior debí ser policía, registrador de la propiedad, notario… quién sabe.

Si no te lo han dicho ya, has de saber que esta noche no iré a cenar y no guardes la tortilla de ajetes para mañana, porque tampoco podré pasarme por casa. ¡Qué quieres, hija, estoy muerto!

Al menos eso me ha dicho un funcionario muy sieso, que estaba loco por cerrar la ventanilla y largarse a casa. A lo mejor su mujer también le había hecho tortilla de ajetes, ve tú a saber.

No sé, chica, ha sido una cosa muy extraña, para no creérselo. Yo es que no recuerdo nada, solo ir por la acera de Carrica, casi en el cruce con Moratín, a la altura de la droguería, la de los botijos talaveranos, ya sabes cuál te digo; pues oye, fue sentir un golpe seco, rápido, como una toba en el cogote y luego nada. Pero nada, o sea, nada. No sé como explicarlo. ¡Nada! Muy raro.

He recuperado aquí la conciencia, o la cordura, o la madre que me parió, ¡yo qué sé! –cuando digo aquí quiero decir en esto, o sea, como decirte, el más allá o como lo quieran llamar–, haciendo cola, en una oficina enorme, aséptica, fría, como la del paro; con cara de gilipollas y el tique del turno en la mano. El ciento tres, llevaba, y en la pantalla iban por el catorce, imagina el panorama, y todo el mundo en la inopia, como pasmarotes, nadie sabía de qué iba el asunto. Le preguntabas al segurata –porque aquí también los hay, de PROFÉMUR, pone en la chapa, un gorderas bajito, con uniforme negro y cara de llamarse Anselmo–, y el tío: «que tranquilos; que un poco de paciencia; que ahora, cuando os toque, seréis informados…».

Resumiendo, que cuando me ha tocado el turno, va el funcionario, el sieso ese de antes, y me suelta que estoy muerto; que debe ser un error, porque mi expediente no aparece en el sistema, pero que siendo viernes y hora de cerrar, hasta el lunes no pueden hacer nada; que me busque la vida.

Y a la puta calle que nos han echado a todos, Amelia, como te lo cuento, porque detrás de mí quedaba la tira de gente por atender. La administración pública funciona como el culo en todas partes; hazme caso.

Qué quieres que te explique, mujer, esto es más o menos como allí: calles grises, casas sin gracia, gente a lo suyo… encima está lloviendo y parece todo como muy desangelado. Igual con sol es otra cosa. Pero algo sí te digo: venir aquí de propio es tontería; no sé yo que le verán los suicidas a esto, la verdad.

En la puerta del juzgado, o lo que sea la oficina esa, una legión de abogados estaba repartiendo tarjetas a los que íbamos saliendo —como ya te he dicho éramos unos cuantos—, porque parece ser, que cuando se muere uno puede pleitear, ir a juicio, poner un recurso de apelación, y si te sale bien, pues eso, que te mandan otra vez para abajo, a seguir con lo tuyo tan ricamente. Por lo visto, casi todo el mundo recurre y hay un atasco en los juzgados de la leche.

A mí me ha dado su tarjeta uno, que en vida era de Calatayud, paisano, Ramiro se llama; muy agradable el chaval. Se mató con la moto subiendo el alto de La Perdiz y aquí se gana la muerte ejerciendo en un bufete de abogados, al parecer muy conocido. El tío se enrolla divinamente y me ha dicho donde quedarme este fin de semana; hasta me ha traído en su coche, ¡más majo!

El sitio se llama Jacob’s y es como un centro comercial a lo bestia, un complejo hotelero del copón, que tiene de todo: suites –aquí no hay habitaciones normales–, teatro, cines, sala de fiestas, restaurantes, pub, discoteca… la caraba, Amelia, un lujazo macareno, tía, y completamente gratis. ¿Te lo puedes creer? Aquí pasan estas cosas, según se ve.

Resulta que todo esto es de un tal Jacob Yitzchak, que tenía en arriendo la posada de Belén allá por el año cero. Parece ser, que este es el tío rata que le negó alojamiento a José, cuando su mujer estaba a punto de parir; ya conoces el cuento. Pues bueno, como castigo por su avaricia, está condenado a regentar el mesón más grande del universo, donde todo es pijería carísima, de la mejor, sin poderle cobrar un euro ni a Dios, bueno, a ese al que menos. ¿Cómo lo ves?

Ramiro se quedó a cenar conmigo. El chico se mató muy joven y no tiene a nadie aquí, solo a sus bisabuelos, pero como no los conoció y parece que mueren muy lejos, allá a tomar viento, en la otra punta del más allá, que es enorme, como que no les tiene mucho apego y los ve poco.

Comimos unos bocatas y luego nos acercamos al pub a tomar unas copas, porque este, que conoce a todo dios, me quería presentar a gente guapa de la zona. Por lo visto, aquí el personal es viciosete y las noches están muy animadas.

El local se llama «El 69», así lo anuncia un sicodélico neón que corona la entrada. Por dentro desinfla un poco; esperaba más, pero es normalito, al estilo de estos sitios, nada especial: luces indirectas, mucho plástico, sofás y sillones bajos, metacrilato en las mesas y en un rincón un pequeño escenario, con piano, para las actuaciones en directo.

La música en su punto, deja hablar; cuando entramos sonaba «Have I Told You Lately», en la versión de Van Morrison, y el ambiente era agradable, tranquilo, la gente dialogaba, tomándose sus copas sin alborotar, todo muy apacible; solo un grupo algo más numeroso, que ocupaba una especie de zona vip, al fondo del establecimiento, se dejaba sentir un poco más, pero no en exceso. Hacia allí nos dirigimos, porque Ramiro los conocía a todos.

Eran como una docena, de apariencia hippie, pero en plan Miu Miu, Louis Vuitton, Dries Van Noten, Prada o Balenciaga, muy World Family Ibiza, para que me entiendas. Me los fue presentando: Juan, Mateo, Lucas, Santiago, Andrés… no recuerdo todos los nombres, ya te digo que eran bastantes; solamente había una chica, Magda: monilla, ella, morena, melena larga, más que guapa resultona y se nota que es el rollete del jefe, el líder del grupo, al que todos llaman «maestro». Ricardo me lo presentó como Jesús y yo, ahí, empecé a atar cabos. ¡Alucina tía! ¡Me pinchan y no me sacan gota!

En esto, que se acerca a tomar la comanda el mismísimo Jacob, el dueño del cotarro, ¿te acuerdas?, sí, ese. Vino así en plan muy colega, vacilón, sonriente y chistoso, pero en los ojos se le notaba nerviosete, amoscado.

—¿Qué vais a tomar, chicos?

—Agua para todos —se adelantó Jesús, y una mueca de dolor crispó el semblante del pobre Jacob.

—¡No me jodas Emmanuel, hoy no, que me está matando la úlcera desde el punto de la mañana! —gimoteó lacrimoso el posadero.

—Tira, tráete seis o siete botellas grandes; pero que sean de marca y sin abrir, mangante, que te conocemos y eres capaz de rellenarlas en el grifo.

Para no alargarlo más. Seis botellas de Perrier, nos trajeron y en un decir «Jesús» —nunca mejor traída la tontería—, se convirtieron en media docena de frascas de «The Glenallachie, 10 years old, batch 4» —un single malt espectacular, que brinca de los 300 euros la unidad—, que a buen seguro tenían al señor Yitzchak atiborrándose de antidepresivos en la trastienda del establecimiento.

Se habló de lo divino y de lo humano. Jesús se ofreció a mediar en lo mío, porque a pesar de que no se lleva demasiado bien con su padre —no sé qué dijo de pérdida de valores, aburguesamiento y entreguismo ideológico; cosas de familia, supongo—, conoce a todo el mundo y aquí tiene mucha mano. Nos dieron las tantas, porque el maestro aún pidió otra ronda más de agua, y para cuando terminamos con la última gota de aquel elixir divino y salimos de «El 69», andábamos todos un pelín perjudicados y arrastrando peligrosamente las erres.

Pero esta gente no se rinde nunca, se nota que se curran esto del parrandeo, así que alguien dijo de ir a hacerle escrache a un tal Pedro —que debe ser un alto cargo en materia de seguridad ciudadana, una especie de ministro del interior o algo así—, «por vendido, esquirol y lameculos». Sin embargo, yo me borré del asunto aduciendo que había llevado un mal día y estaba para las mulillas. Lo entendieron.

Y por hoy pliego, reina, me voy a dar unas burbujas en el jacuzzi, para relajarme, y luego a la cama, que de verdad estoy fundido. Además, Ramiro quedó en venir mañana, para enseñarme los tres distritos que conforman el sitio este; porque aquí, lo mismo que allí, parece que lo de la lucha de clases lo siguen llevando por el libro y hay barrios muy buenos, regulares y chungos. Ya te contaré.

Besitos, corazón y comete tú la tortilla de ajetes, porque me da que tengo aquí para unos días.»

CC-BY-NC-ND

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