Don Horencio Porras Valdecantos, notario, decano de los de Oviedo, tiene tres hijos: Sinesio, Prudencio y Álvaro, por este orden de aparición.

Los dos primeros puede decirse que ya nacieron con la notaría debajo del brazo, con esos nombres pocas opciones les quedaban. Circunspectos, tenaces y ordenados, como su padre, opositaron a su debido tiempo, y hoy uno ejerce la profesión en Luarca y el otro en Mansilla de las Mulas. Pero con Álvaro se rompió la cadena de fedatarios públicos en la familia Porras. 

Asilvestrado por naturaleza, le agobiaba la solemnidad de los despachos, vivía en un estado de negligencia permanente y era alérgico a los tochos del derecho romano. Por contra, mostraba una afición desmedida por el ocio, la sidra y el desorden de la vida bohemia. Debió salir a la rama genealógica de doña Virtudes, su madre, pues se dice en la familia que un tío tatarabuelo de ella, cordelero de oficio y gaitero vocacional, se pateaba los conceyos de Navia, Valdés y Cudillero, amenizando el baile en las fiestas veraniegas de pueblos y aldeas, para apañar algunos cuartos que aliviaran sus finanzas.

Así que, tras hablarlo con su esposa, que estuvo por completo de acuerdo, con la intención de apartarlo de las tentaciones que vienen aparejadas con el ocio y proporcionarle una educación acorde con sus querencias naturales, don Horencio lo matriculó en el grado de Cine y Ficción Audiovisual de la Universidad Camilo José Cela – UCJC, le puso un fajo de euros en la mano, un billete de tren y, con sus bendiciones, lo facturó para Madrid.

Un curso escaso, aguantó el muchacho, antes de comprender que no se le atragantaba únicamente el derecho romano; le aburría todo lo que requiriese esfuerzo mental, disciplina, y un poco de concentración. Pronto, pues, tuvo claro que estudiar no era lo suyo. Así que, como tenía buena planta, era guapete y había hecho amigos en el mundillo, se enroló en una aventura escénica, con una cooperativa de teatro aficionado alternativo, que había recibido una pequeña subvención de la Comunidad de Madrid.

La obra estaba hecha a su medida, porque carecía de diálogos. Los actores salían al escenario desnudos, en pelota picada, se retorcían por el suelo, hacían algo de mímica, improvisaban pasos de baile y como remate, aparecía en escena un pollino, ante el que se postraban, como si fuera una divinidad recién llegada del Olimpo.

–Es una alegoría a la desnudez intelectual que sufre la humanidad, tanto individualmente como en su aspecto tribal. Necesitamos dioses en los que apoyarnos, guías espirituales que nos conformen el pensamiento: redes sociales, medios de comunicación, gurús orientales. El becerro de oro suplantado por un vulgar pollino.

Eso manifestó a la prensa el director del proyecto, un tal Justino, al que todos llamaban «Romerito», que desapareció tres días después del estreno, lo que duró en cartel la mamarrachada, llevándose la caja común, dos relojes de marca y las bragas de Amparo Sanchís, una chica muy mona, de Ciudad Real, dispuesta a todo por hacerse un hueco en el mundo del espectáculo. Sin embargo, aquella mala experiencia fue transcendental para la carrera de Álvaro y no tardaría mucho en sacar partido de ello.

Dios aprieta, pero no ahoga, dicen, y todo lo que le negó al chico en inteligencia, se lo compensó con creces en material de bragueta, o sea, el muchacho era dueño de una herramienta reproductiva que llamaba la atención. Funcionó el boca a boca –dicho sea sin doblez– y no tardó en recibir una oferta generosa de Lentejilla Records, la mayor productora de cine porno del país, con la que firmó un contrato millonario por cinco años. 

Su carrera fue meteórica; en apenas dos meses el nombre de Álvaro Porra –los creativos consideraron con más gancho quitarle la «s» final a su apellido–, era protagonista y cabecera de cartel en todas las superproducciones del ramo, obtuvo un triunfo arrollador y sus películas empezaron a considerarse de culto. Era un semidiós, un icono, para los amantes del género.

–Así era yo, una estrella rutilante del mundo del espectáculo –afirma una camiseta de John Deere, de la Feria de Maquinaria Agrícola de San Martín de los Álamos, ante la expectante audiencia que forman Cantarranas, El Holandés, Teodoro, a quien los otros habían puesto al corriente de los hechos, y un Schrödinger desentendido de todo, que dormita al arrullo del ventilador.

–Terminado el contrato, acercándome ya a la trentena, y forrado de pasta, decidí tomarme un año sabático para aliviar tensiones; alguien me habló maravillas del camino de Santiago, y como no soy de mucho meditar las cosas, me lie la manta a la cabeza y un amanecer de mayo eché a andar por la carretera vieja de La Coruña, por aquello de que estando en Galicia, pensé, Santiago caería cerca.

–Estaba en buena forma y anduve toda la mañana a buen ritmo. Tomé un desvío de tierra, para almorzar en el bar de Cantidueña del Rio y tras descansar un rato, como el pueblo me pareció desangelado y nada atractivo, me largué de allí. 

–Quise volver a la carretera, pero me equivoqué de senda y estuve perdido por caminos rurales durante mucho rato, hasta que conseguí pisar asfalto. 

–Había perdido la orientación, no sabía donde estaba, llevaba todo el día de caminata, el sol apretaba de cojones, solo veía pedregales inhóspitos, cardos y ni una sola mancha verde esperanzadora. A tres kilómetros y medio, según ponía en un cartelón metálico orillado en la cuneta, estaba La Aldehuela de Los Molinos. No tenía demasiadas opciones, así que me vine hacia aquí.

–Llegué con la anochecida. Cené con gusto en El Bodegón, tenía que reponer fuerzas, y un mozo me acompañó a casa de la señora Angustias, sabéis quien es: viuda octogenaria sin hijos, que alquila habitaciones cuando cae algún forastero por el pueblo. La casa estaba limpia, yo reventado de cansancio, me di una ducha generosa y a la cama, como un saco de patatas.

–Desperté de madrugada, cuando empezaba a clarear el día, con una extraña sensación de vacío en el cuerpo. Tenía ganas de orinar y salí al baño, que está al final del pasillo. En el piso de abajo ya se oía trajinar a la señora Angustias en la cocina. 

 –Noté algo raro al girar la manija de la puerta, pero como estaba medio dormido lo dejé pasar. Levanté la tapa del inodoro, apunté la manguera al centro de la taza, dejé salir el surtidor, y de repente todo se me reveló con alarmante claridad: el chorrillo de orina estaba allí, manando, insistente, certero, pero suspendido en el aire, sin un origen manifiesto, el caño de la fuente había desaparecido, junto con mi mano, que lo sujetaba, y el brazo, todo. Yo no había dejado de ser, existía, era palpable, me tocaba, me sentía, la cara, los ojos, el… sí, también estaba allí, no me faltaba nada, estaba completo, pero era invisible.

–Volví precipitadamente a la habitación; mis gayumbos fantasmales, parecían danzar por el pasillo con vida propia. Me vestí. En el espejo vi la imagen de una camisa, unos pantalones, zapatos y gorra de beisbol, correctamente dispuestos, pero sin nadie dentro. Me entró el canguelo, tenía que huir, esconderme, que nadie me viera con aquella pinta, la gente tendría miedo, era imprevisible como fueran a reaccionar, podía ser peligroso.

–Bajé las escaleras con la intención de marcharse sin que me viera la señora Angustias. Era temprano, con un poco de suerte no habría nadie por la calle. Al llegar había visto unas ruinas junto al cementerio, no demasiado lejos; de momento trataría de ocultarme en ellas.

–¿Ya te marchas, hijo, no quieres desayunar? –la voz de la buena mujer me congeló la sangre en las venas–. Se te ve mala cara, ¿has dormido mal?

–Por fortuna para mí, la señora Angustias tenía cataratas en ambos ojos, estaba pendiente de que la llamaran para operarla y solo veía sombras.

–No, señora, he dormido divinamente, algo que me ha sentado mal y tengo ardores. Desayunaré luego, cuando se me pasen. Muchas gracias por todo.

–De nada, hijo, si vuelves por aquí, ya sabes donde tienes tu casa.

–Tuve suerte y no me crucé con nadie en todo el camino; me refugié en las ruinas, y allí estuve día y medio, dándole vueltas a la cabeza, hasta que el hambre me obligó a tomar una decisión: me desnudaría por completo e invisible para todos, bajaría al pueblo a procurarme alimento y un cobijo más adecuado. Si lo piensas bien, durante los últimos cinco años me había estado ganando la vida en pelotas, así que mi situación tampoco era tan diferente ahora. Y esa es la historia, no hay más.

Los cuatro hombres guardaron silencio. El Holandés rellenó las copas de vino y el cabrero cortó unas lascas de cecina de chivo. Los platos, con los restos de la cena, seguían sobre la mesa. El reloj del ayuntamiento dio las doce, con un campaneo quebrado, de bronce roto.

–¿Y lo de la lírica, de donde te viene? –preguntó El Indiano echando mano al plato de tasajo.

–Cosa de brujas, como todo este lío, que a mí estos rollos nunca me han llamado la atención –Álvaro había tenido el miramiento de ponerse las gafas, para que sus valedores tuvieran alguna referencia por la que ubicarlo. 

–Se me metían los versos en la cabeza, así, de golpe, como esas músicas machaconas que no te puedes sacar de encima, y lo mismo la visión de donde tenía que hacer las pintadas. No me preguntéis cómo, ni porqué, es un misterio. Ni tengo idea de lo que significan.

–Lo hacía de noche, cuando no había nadie por las calles. Lo del cuartel fue una imprudencia, estaba cansado, algo me dice que ya no habrá más poemas, no sé, una intuición, y quería acabar pronto, de una vez. Necesito que esto termine, ser normal de nuevo, verme en los espejos. Vivir, en definitiva. Algo habrá, digo yo, que se pueda hacer, hasta pensé en ir al cura, por si con algún exorcismo, o algo así, me sacaba del atolladero.

–Ese recupera el santo oficio y te pega fuego en mitad de la plaza. Ni se te ocurra –le advirtió El Holandés y los otros dos estuvieron de acuerdo.

Álvaro, Teodoro y Cantarranas empezaron a recoger los cacharros de la cena. Parecía cosa de magia ver por el aire, sin ayuda de nadie, desfilar platos y vasos camino del fregadero. El quesero se ocupó de la logística cafetera y de los chupitos de aguardiente. Pronto volvieron a estar los cuatro sentados a la mesa.

–Hay un gran revuelo en el pueblo –dice Teodoro sacando un Partagás de la petaca, que deja ofrecida a los demás encima de la mesa–, se ha corrido la voz de que un espíritu, un fantasma, ha roto la disciplina del camposanto, y anda suelto por ahí, errante, perdido entre los dos mundos. La gente tiene miedo.

Cantarranas está liando un cigarro de picadura y El Holandés observa como Álvaro parece hacer lo mismo, solo que con un tabaco sospechosamente verde.

–¿Quieres uno? –invita el imperceptible, haciendo bailar en el aire el cigarro recién liado–, es muy buena, de la mejor, te lo aseguro.

El físico niega con la cabeza y se hace con uno de los puros de El Indiano.

–No te voy a mentir, chico, lo tienes complicado. Lo tuyo es físicamente imposible y, por consiguiente, no hay ciencia que yo entienda, capaz de solucionar tu problema. Pero llevo veinte años alejado de los laboratorios, de la experimentación y, quién sabe, lo mismo en este tiempo se han hecho avances que desconozco.

Cantarranas apura el café y se sirve una generosa ración de aguardiente en la misma taza.

–Hace tiempo tuve una novia en San Martín –dice tras dar el primer sorbo–, Rosario, se llamaba. Una chica culta, analítica, estudiosa. Juntos hacíamos lecturas comentadas de Sartre, Camus y Bertolt Brecht. Tenía almorranas y no había medicina que pudiera quitárselas; padecía mucho, la pobre, estaba desesperada. 

–Un primo segundo suyo, de pocas luces y aficionado al ocultismo, le dijo que según un grimorio gitano del XVI, el remedio estaba en hacer el amor en un cementerio, sobre una tumba abandonada y con luna menguante. A pesar de lo que sufría, nunca se atrevió a considerar conmigo esa posibilidad.

–Un día me dijo que estaba curada de su dolencia, feliz, y que lo nuestro no tenía futuro. Me dejó. Luego supe que se había casado con su primo segundo y tenían gemelos. Lo que quiero decir, es que a veces lo inconcebible para la ciencia, tiene acomodo en una barraca de feria.

–¡Ah el amor! Dulce tormento, pasión efímera, flor de un día, por el que todos estamos dispuestos a vender el alma al diablo sin hacer preguntas –reflexionó El Indiano, envuelto en una nube de humo habanero, cuyo aroma, a buen seguro, ponía melancolías caribes en su ya veterano corazón.

Todos brindaron por el cuento. Una buena excusa para rellenar las tazas con el aguardiente de chordón, que tantos devotos tiene en la zona.

–Una historia muy aleccionadora, cabrero, si nuestro amigo tuviera una dolencia evaluable –dijo El Holandés–, pero desgraciadamente, lo suyo es tan fabuloso e incorrecto como la inmaculada concepción de María, y me temo que igualmente de asequible, para la razón.

–En fin, no perdamos la calma –continuó el físico–, y diseccionemos el problema, como diría Jack the ripper. En los próximos días voy a ausentarme, todavía me quedan buenos contactos entre los grandes genios de la física moderna, y quiero consultarlo con el más cualificado de todos en nanofotónica y metamateriales; un viejo judío, tacaño, borracho y libidinoso, que hace tiempo dejó de esperar la llegada del mesías.

El imperceptible soltó una ruidosa carcajada, trufada de orujo, con toques de marihuana:

–Un judío aficionado al vino, ya somos dos a no entrar en nuestros respectivos nirvanas.

–En el paraíso del pueblo elegido hay tabernas, Álvaro, querido –respondió Cantarranas–, al fin y al cabo, es posible que la de Noe, sea la primera cogorza documentada en la historia de la humanidad. Únicamente los pobres musulmanes son abstemios. Brindemos por ello y porque El Holandés vuelva con buenas noticias. ¡Salud!

–¡Salud! –corearon todos alzando las tazas a una esperanza lejana, que a esa hora, seguramente dormía, beatus ille, al pie de los Alpes, ignorante del tremendo marrón que estaba a punto de caerle encima.

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