Lloré mucho, cuando murió Sultán, mi querido lanudo. Desde la cuna había estado en mi vida. 

Me enseñó a gatear y me empujaba, suavemente, con el morro, evitando que me golpeara con los marcos de las puertas o las patas de las mesas. Era mi almohada preferida para las siestas y más tarde, cuando ya dormía sola en mi habitación, él, a los pies de mi cama, espantaba a los fantasmas de la noche y no dejaba salir al monstruo que vivía en el armario. Éramos mucho más que amigos.

Lo enterramos en el jardín. Mi abuelo Hugo excavó un profundo agujero, con mucho cariño depositó en el fondo a Sultán, sobre su cuerpo, colocó una bolita roja y cerró la pequeña fosa con tierra.

–Abuelo, ¿qué era esa bolita roja? –pude preguntar cuando me lo permitieron las lágrimas.

–Una semilla de rosal –contestó. 

–Un hombre sabio dijo una vez: «La semilla se niega a morir cuando la entierras, por eso se convierte en árbol». Así, cada primavera, algo de Sultán revivirá en la flor, para hacerte, de nuevo, compañía.

Otra vez, un incómodo nudo de angustia se apoderó de mi garganta y puso vidrio de llanto en mis ojos.

–¿Tú no te morirás, verdad, yayo? –pude articular a duras penas.

Me abrazó dulcemente, mientras reía divertido.

–¡Claro que sí, mi niña, como todo y como todos! –dijo besando mis húmedas mejillas.

–¿Pero ves el castaño? –señaló el frondoso árbol, que imponía su majestad en el modesto vergel–. Yo mismo planté su semilla hace muchos años, cuando era un muchacho, poco más que un niño; de manera que también lleva algo de mí en sus raíces.

–Cuando yo no esté –prosiguió–, su entrañable sombra te devolverá el abrazo, la caricia y el amor de tu abuelo. No lo olvides.

Ha pasado mucho tiempo. Sentada en el balancín, a la sombra del viejo castaño, veo, llena de ternura, corretear a mis nietas, Julia, Lía, que retozan incansables con Yola, nuestra peluda saltarina de ahora, y recupero, en la cálida cobertura del árbol familiar, la semilla de amor, el cariño y los besos, que el abuelo Hugo quiso que germinaran en su jardín.

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