Trabé contacto con Norris en el invierno de 1958, en una de las sesiones que mi abuela Rosa –doña Rosa para el resto de los vecinos, que la trataban con muchísimo respeto porque «pasaba muertos»–, solía tener todas las tardes, una vez terminada la novela de la radio y si no había calcetines que zurcir, plancha, o cualquier otra exigencia doméstica de mayor apremio.

Sin duda, ya habéis deducido de lo anterior que mi abuela era médium.

En las sesiones espiritistas de doña Rosa no levitaban las mesas, ni había emanaciones de ectoplasma y los objetos tampoco se movían por voluntad propia; esa es una clase de performance que requiere un despliegue de medios muy exigente. Nosotros éramos pobres y lo de mi abuela era más sencillo, amateur, de andar por casa, pero no por ello menos meritorio.

Como ocurre con las grandes actrices consagradas, esas que con su sola presencia llenan la escena, a doña Rosa le bastaba una silla, algún voluntario presente, para mediar con el espíritu materializado y dar fe del prodigio, y un alma errante y sin prisa, que anduviera por los alrededores con ganas de pegar la hebra, a la que prestar un cuerpo mortal, el de la médium, como vehículo de comunicación. Ni más, ni menos.

Como digo, a todo esto asistía yo con absoluta naturalidad, incluso participaba, eso sí, muy de ciento a viento y únicamente cuando el personaje encarnado me resultaba interesante: un soldado de las legiones romanas, que los hubo, o de las tropas napoleónicas –una tarde pasó uno muy impetuoso–, y pare usted de contar, porque la mayoría eran esencias normales y corrientes, sin ningún atractivo y a las que no solía prestar demasiada atención, pues para un crío de seis o siete años, no tendría yo más por aquellas fechas, la mayor parte de esas conferencias con el más allá, no dejaban de ser otra aburrida rutina de adultos, como hacer las camas, pasar la escoba o alimentar de carbón la cocina económica a paletadas de badil.

Pero volviendo a Norris y al invierno del 58.

En doña Rosa, las señales que advertían la inminencia de un trance eran, que se atiesaba en el asiento, dejaba caer sus brazos a los costados, daba un par o tres de respingos violentos, e inmediatamente, el visitante comenzaba a hablar por su boca.

–¡Por los cuernos del viejo Cromwell, que me llamen «ensillagansos» si no echo de menos un buen par de pintas y una oca de Winchester para compartirlas!

No sabría decir si otra de las destrezas paranormales de mi abuela era la traducción simultánea, porque todos los espíritus que pasaban por ella, cualquiera que fuese su nacionalidad, se expresaban correctamente en castellano, aunque a veces dejasen caer algún juramento en su lengua materna, o eran estos los que hacían el esfuerzo.

–Di, hermano, ¿cuál era tu nombre terrenal, por qué caminas errante y que ayuda necesitas para encontrar la luz? –tía Rosita era la que casi siempre mediaba en estos trances.

–Mi nombre, bruja plebeya, era y será por siempre Sir Henry Norris, Caballero de la Cámara, guardián del Parque Foliejon, pesador en la viga común en Southampton, alguacil de Ewelme; acompañé a Enrique VIII en el Campo del Paño de Oro, cuando se reunió con Francisco I de Francia, recibí la custodia de Langley New Park, Buckinghamshire, y fui nombrado alguacil de Watlington. –Aquel muerto cada vez me parecía más interesante, de manera que dejé aparcada la carrera de chapas y presté atención.

–Pero cuando murió Sir William Compton, lo sucedí en el cargo de «Groom of the Stool» . Allí empezó mi ascensión a la gloria y también al cadalso. Ese mismo día, el verdugo comenzó a afilar su hacha para mí.

–¿Qué es un grum… no sé qué? –cada vez me parecía más sugestiva la historia de Sir Henry Norris.

–Para que lo entiendas fácilmente, pequeño bastardo –a veces los espíritus son bastante groseros y mal educados–, yo era el mozo del taburete, o sea, el encargado de limpiarle el culo a Enrique VIII cada vez que cagaba y no veas lo que salía del ano putrefacto de ese cabrón libidinoso, adúltero y traidor. ¡Que el diablo se ocupe de su gordo y herético bullarengue! ¿Satisfecha tu curiosidad?

A ver, tenéis que comprenderlo, yo estaba en esa edad complicada en la que el lenguaje escatológico desencadena auténticas tormentas de hilaridad y en aquella ocasión, la tormenta se convirtió en huracán de categoría cinco; lloraba y me retorcía por el suelo, incapaz de dejar de reír, hasta tía Rosita y la misma doña Rosa –no sé si por voluntad propia o por efectos de la posesión–, se convulsionaban a causa de las carcajadas.

Pero la situación aún no había alcanzado el clímax; este se produjo cuando, a modo de fanfarria y en medio de esa orgía de hilaridad, un sonoro cuesco –del que más tarde todos culpamos a Norris sin rubor alguno–, dio paso a una pestilencia nauseabunda e insufrible a huevos podridos, que se apoderó de la habitación, haciéndose fuerte en el estucado –creo, no me hagáis demasiado caso, que hubo que volver a pintar la cocina entera para liberarla del maleficio– e inundó, de nuevo, nuestros ojos de lágrimas, pero esta vez no por regocijo.

–Hermano, ve hacia la luz –balbuceó tía Rosita, aguantándose la risa mientras hacía pinza en la nariz con sus dedos–, y sigue siempre el camino de la derecha.

–¡Qué luz ni qué camino, paparruchas! ¡Cuanta superchería han metido Kardec y la Blavatskyen las cabezas de los incautos –se amoscó Sir Henry.

–Volveremos a vernos, pequeño bribón –dijo a modo de despedida, a la vez que mi abuela salía del trance.

Aquella noche, como todas, las esferas bailarinas zigzagueaban lentamente por el techo de mi habitación. Las llamaba así porque eran bolitas fosforescentes, casi todas de color verde, que interpretaban para mí una balsámica coreografía, ayudándome a alcanzar el sueño; solo que en esa ocasión, en medio de todas ellas, rompiendo la estética del conjunto, apareció una más torpe y gorda que las demás, hizo un par de piruetas fuera de compás, se apartó del grupo y con un levísimo ¡puff!, apenas audible, se desinfló dejando tras de sí una estela gaseosa y, esta vez por fortuna, inodora.

Tuve que hacer rebozo con la sábana, para sofocar la risa y no despertar a toda la familia con la carcajada. Sir Henry Norris había cumplido su promesa y me deseaba felices sueños.

Así pasó y así os lo cuento.

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