La climatización de la carpa de Sagrario se llevó a cabo en un tiempo récord y bien de precio, que a Silvino le quedaban unas pocas máquinas japonesas, procedentes de embargo, y estaba deseando colocarlas. La cosa andaba chunga y tenía un poco desajustado el cash flow.

El andamiaje, que dejaron colocado los bomberos comarcales, facilitaba a la mujer la satisfacción de sus necesidades vitales más ineludibles, tanto físicas, como espirituales: las cucufatas se encargaban de facilitarle alimentos, el aseo personal y confeccionaron un cuadrante de guardias, para hacerle compañía y darle charleta. 

Por cuenta de unos famosos grandes almacenes, le fue instalada una pantalla de televisión de considerables dimensiones, para que pudiera mantenerse al día, en cuanto a culebrones, chafardeo social y politiqueo doméstico; también hubo que establecer un régimen horario de visitas, porque eran muchos medios de comunicación, científicos, friquis amantes del morbo, estudiosos de lo paranormal, vecinos amables y forasteros curiosos, los que hacían cola para acceder a la carpa.

Si bien la propuesta de cobrar entrada al recinto, había sido desestimada por el ayuntamiento, nada pudo impedir, que don Cándido sacase a la plaza el cepillo parroquial, para hacer caja, aprovechando que el prodigio se le había instalado en la puerta de casa.

Por otra parte, las damas de San Cucufato, habían dado un giro al repertorio, pasándose al góspel. Todos los días ensayaban, encaramadas al andamiaje, a diferentes alturas, siguiendo la coreografía diseñada por el cura, que en tiempos, pecadillos de juventud, había coqueteado con la teología de la liberación y era fanático de «Sister Act».

Una productora audiovisual sugirió la grabación de una retrospectiva biográfica de la Navascués, para enlazarla con el momento de elevación espiritual, que la soprano de las cucufatas gozaba en el presente.  

Se recuperó material de audio y video de los años sesenta, en algunos casos muy deteriorado. Hubo que buscar amigas y amigos de la infancia, adolescencia y primera juventud, que andaban repartidos por el mundo. Entrevistaron a mucha gente, tanto del pueblo como de otros lugares y ambientes, que la viuda de Solaesa había recorrido en algún momento de su vida.

Una cadena de difusión nacional, especializada en chismorreos y asuntos del corazón, anunció el estreno de la serie, para finales de septiembre, en horario de máxima audiencia, y ya no hubo otro tema de conversación en La Aldehuela.

Con el beneplácito de la protagonista, el cura negoció permitir el acceso de público a la carpa las noches de emisión, en aforo limitado. La parroquia se hizo cargo de la logística, mobiliario, catering, merchandising, y obtuvo, igualmente, autorización, para cobrar entrada al evento, «con el único objetivo de cubrir gastos y que la parroquia no sufra mermas, en su ya deteriorada economía», afirmó don Cándido ante el pleno del ayuntamiento. 

Al cura le salían las cuentas: setenta cristianos a diez euros la pieza, setecientos euros; un gasto medio por cabeza de otros diez, en refrescos, bocadillos y golosinas,  setecientos eureles más. Total mil cuatrocientos euros noche, por cuatro, pues eso, cinco mil seiscientos euracos. Aparte, lo que se sacara por la venta de llaveros, camisetas y gorras, y quitando gastos, no bajaba de los seis mil laureles, largos y limpios.

La preventa de localidades fue un visto y no visto; en una mañana se vendieron las cuatro sesiones. Para conseguirlas hubo, literalmente, bofetadas, palabras gruesas y enemistades entre vecinos, incluso funcionó la reventa. 

Así que, visto lo visto, los dos mil ochocientos morlacos, que recaudó la parroquia en el primer envite, a don Cándido, le supieron a poco: «Es que, de tan bueno –se reprochaba–, a veces pareces tonto. ¡Aprieta, coño, aprieta!».

Y llegó la noche del estreno. El pueblo entero estaba congregado en la plaza. Los que tenían entrada, maqueados como para una boda, desfilaron para la carpa. Zacarías, el fotógrafo de Cornejar, le compró al cura los derechos de imagen, e improvisó un photocall labriego, que fue un acierto, porque todos los afortunados, con entrada, querían inmortalizar el momento. 

Para el resto, los que no habían conseguido pase, El Bodegón, que había sacado la tele grande a la calle, amplió el espacio de la terraza.

La venta de camisetas, gorras y llaveros funcionaba a buen ritmo. El cura, que había subido un par de grados, el termostato del climatizador, gestionaba personalmente el negocio de cervezas y refrescos, que también tiraba como una moto.

La viuda de Solaesa reinaba en las alturas. Exultante, juguetona y feliz. 

Lucía un elegante vestido largo negro fruncido con mangas abullonadas y unas sandalias a juego, de tiras cruzadas, de tacón transparente. 

Repartía besos, sonrisas y arrumacos a diestro y siniestro. Los más jóvenes trepaban el andamio para hacerse un selfi con ella. A esos, el cura les cobraba un suplemento de cinco euros. 

Sagrario estaba viviendo su momento mágico, de gloria, y no había en el universo, fuerza, divina o humana, que se lo pudiera arrebatar. 

Como todavía faltaba un rato para el comienzo del programa, las cucufatas interpretaron, a capela y ante la más completa indiferencia del público, que estaba a lo suyo, un par de piezas del nuevo repertorio. 

Los monaguillos recorrían las filas de sillas, ofreciendo papeletas para la rifa de un jamón y en la terraza de El Bodegón, el Holandés y Cantarranas, con Schrödinger tumbado bajo la mesa, hacían tiempo despachando sendas jarras de cerveza y dos buenas raciones de hornazo salmantino.

Tras media hora larga de publicidad, en la que convivieron coches de lujo, bancos de nuevo cuño y detergentes ecológicos, la pantalla se fundió a negro, luego precedido por una fanfarria trompetera, con un zum lento y mayestático, apareció, en letras de oro, el esperado título de la serie: 

«SAGRARIO NAVASCUÉS, UN ÁNGEL EN LA ALDEHUELA»

Tanto dentro, como fuera de la carpa, el relincho del populacho fue espectacular. Hubo aplausos, vítores, silbidos, pataleo; el alboroto duró hasta que las primeras imágenes del documental, consiguieron calmar la efervescencia tribal, y todo el mundo guardó un silencio expectante.

El comienzo fue un poco de relleno: que si nació en Nosedonde del Condado; sus padres, Teodosio y Vicenta, muy pobres, tuvieron que coger el petate, para sacar el cuerpo de agonías; una infancia poco amable, pero rodeada de amor. 

De aquella época, apenas había documentos gráficos, alguna fotografía desvaída y tirando a sepia de sus padres, el bautizo de la niña y una señora con moño y pinta de bruja, que nadie sabía quien era, pero en la que, por las hechuras, todo el mundo reconoció a la abuela materna.

Sagrario, desde muy jovencita, comenzó a mostrar inclinación por el mundo del espectáculo y debutó, con doce años, en un programa cazatalentos, patrocinado por una marca de galletas, que se celebraba los domingos por la mañana en un teatro de la capital. De aquello sí se guardaban imágenes de archivo, algo borrosas y en blanco y negro, pero que mostraban a una niña rubia, con trenzas, blusita blanca, falda de cuadros, calcetín y zapato plano, cantando «La Paloma», famosa habanera, de repertorio en la época.

Así, entre unas cosas y otras, plano va, plano viene, se pasó la hora y cuarto de programa: solo media dedicada a la Navascués, pero que troceada entre los cuarenta y cinco minutos restantes de anuncios, encajaba como un guante en la parrilla de programación de la cadena.

Terminada la emisión del primer episodio, para mantener el morbo malsano del espectador, y antes de dar, una vez más, paso a publicidad, a los responsables del programa, les pareció oportuno emitir unos chispazos de la segunda parte.

En pantalla apareció Lourdes, la más veterana de las cucufatas, ataviada con hábito de la Vírgen, color café, correa y sandalias, al estilo carmelita: 

«¿La Sagrario? ¡Una santa! Mujer con más devoción no se ha visto. Y cómo llevaba de escoscado a su Basilio. Hasta el último minuto de vida, estuvo pendiente de él. ¡Una santa! Se lo digo yo».

Seguidamente, fue Mimí Juncal la que opinó. Una señora mayor, cargada de abalorios, con los labios como almohadones, por culpa del bótox, y más pintada que una puerta, que había compartido pasarela con la viuda, en sus tiempos de corista: 

«¡Sagrario Navascués! Esa se ha comido más rabos de boina, que pelos lleva en el cuerpo, y mira que lleva, porque parece un mono. A ver, que es normal, lo de los pelos, digo, porque a Sagrario, en realidad, lo cristianaron como Vicente, pero como bizqueaba del tercer ojo, se puso tetas, carretadas de maquillaje y daba el pego. Pero oiga, se lo digo yo, también, también tiene rabo».

Tanto dentro, como fuera de la carpa, en la plaza, El Bodegón, las eras, el cerrillo,  en todo el pueblo, el silencio se hizo de plomo, tangible, sofocante, no se oía ni un suspiro, ni se movía una hoja, ni susurraba la fuente. 

De pronto, como una explosión liberadora, parecida a la que siente la matrona al quitarse la faja al final del día, La Aldehuela al completo se convulsionó en una carcajada salvaje, meona, lacrimógena. 

En sus establos, con desusado alboroto, rebuznaban los asnos, mugían las vacas y balaban las cabras, todos los animales, de pezuña o zapato, contagiados por la hilaridad incontrolada, que produjo la revelación, se refocilaban en una orgía chusca, divertida, liberadora, que convulsionó la villa hasta sus cimientos. 

Pero todo que comienza tiene un final, y un grito desgarrador, apremiante, incuestionable como un cuartelero toque de silencio, puso remate al jolgorio.

–¡Agustina, hija de la gran puta! –desde las alturas, modulada por las lonas de la carpa, la voz histérica de la viuda de Solaesa, ponía tintes de mensaje apocalíptico en la noche de La Aldehuela– ¡Te voy a arrancar a puñaos, esos cuatro pelos de bruja sifilítica que te quedan, putón verbenero!

–¡Mimí Juncal, dice el vejestorio! ¡Agustina Cerezo!, fregona en una casa del Ensanche, hasta que te preñó el señorito y tuviste que hacer la calle, ¡pendón! 

–¡Esto ha de saberlo todo el mundo, el universo entero! ¡Por estas, que son cruces! –sentenció enfurecida, besándose los índices cruzados, en un gesto solemne de ritual maldito, que hizo temblar la noche en un escalofrío supersticioso.

Se produjo un nuevo silencio: esta vez fue breve, unos pocos segundos y, enseguida, algo ocurrió dentro de la carpa, una conmoción nueva, que provocó la estampida generalizada. 

La gente salía disparada del recinto, gritando, empujándose unos a otros, desencajados, como si hubieran visto al mismísimo diablo sobre el andamio, haciendo malabarismos con el rabo.

–¿Pero qué está pasando? –era la pregunta que corría de boca en boca, por la terraza de El Bodegón. Todos con la mirada fija en la puerta de lona, sin moverse del sitio, miedosos de acercarse, para saber, al circo de los horrores en que parecía haberse convertido el santuario de la Navascués.

Poco hubo que esperar para satisfacer el morbo y la curiosidad del populacho. El equipo de grabación, que la cadena televisiva tenía dentro de la carpa, lo registró todo, en vivo y riguroso directo. 

Apenas un cuarto de hora más tarde, sin tan siquiera pasar por producción para el retoque habitual, todo el país pudo ver como una iracunda viuda de Solaesa, cuál  superheroína de ficción, volaba en círculos, orbitando los restos del improvisado patio de butacas. 

En la pantalla se sucedieron una serie de toneles, rizos y barrenas, que parecía no iba a terminar nunca. Una enloquecida Sagrario, que se mofaba de la fuerza de la  gravedad, parecía nadar en una piscina de nitrógeno, oxígeno y argón: ahora braza, mariposa, crol, espalda. 

Por fin, quizás cansada, o porque decidió dar por terminado el espectáculo, la mujer inició un suave descenso, armonioso, tranquilo. Tocó tierra y nunca más volvió a volar.

Como si lo hubiera ensayado, la parroquia de El Bodegón, volvió grupas a la tele y quedó mirando hacia la carpa, expectante, aguardando, más aún, deseando la inminente aparición de su vecina.

Pero entonces, no se sabe de donde, salió una limusina con el anagrama de la cadena de televisión estampado en las puertas. Paró delante de la carpa y acogió en su seno a una Sagrario Navascués, fuertemente custodiada por dos de gorilas vestidos de Gucci, metió gas y desapareció costanilla abajo, en busca de la carretera general. 

Mientras, en las pantallas de los televisores, un señor muy serio –moderador de un vocinglero corrillo carnavalero, cuyos tertulianos se insultaban por turnos, mientras sacaban a la luz supuestos trapos sucios, de personajes más o menos famosos y ausentes–, anunció, solemne, que en el programa del día siguiente: «Sagrario Navascués y Mimí Juncal, tendrían espacio, para un cara a cara en directo, que diera respuestas a las preguntas, que la noche dejaba en el aire». Luego, como estaba previsto, dio paso a la publicidad.

   Lentamente, la terraza de El Bodegón se fue vaciando. Entre Remigio y uno de los mozos, devolvieron la pantalla a su lugar, en el interior del local.

¿Y ahora qué, Holandés? –preguntó el cabrero, con la mirada perdida en la noche. 

Libre de contaminación, el cielo nocturno se mostraba espléndido, cuajado de estrellas palpitantes, sobrecogedor en su inmensidad cósmica.

–Que refresca, Luis. Y ya va siendo hora de recogerse –fue la respuesta–. Espabila, que dentro de un rato te aguardan tus cabras.

Los dos hombres se pusieron en pie. Un barullo de lana se desenrolló bajo la mesa, transformándose en el calmoso y viejo Schrödinger. 

El trío, silencioso, enfiló por el oscuro callejón. La luna les marcaba el camino, solo tenían que dejarse llevar.

Mientras, acomodada en el confortable asiento trasero de la limusina –que devoraba diesel y kilómetros por la AP67–, Sagrario Navascués, viuda de Solaesa, leía con atención el contrato, que la iba a vincular profesionalmente con la cadena televisiva, a razón de dos mil euros por aparición en pantalla. 

Teniendo en cuenta que el programa se emitía todos los días de la semana, todas las semanas del mes y todos los meses del año, la cifra final podía llegar a ser algo más que respetable. 

Esa noche, las entrañas de una carpa cuartelera parda y estéril, acababan de alumbrar una formidable bestia mediática, y la soprano solista de las damas de San Cucufato, viuda de Solaesa, nunca volvería a pisar las calles de La Aldehuela.

O sí.

CC-BY-NC-ND

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