Los bomberos comarcales desmontaron la carpa de la plaza, devolviéndole su aspecto de toda la vida. La fuente, de siete caños, cuyo manantial, según la cosmogonía local, fue descubierto por una loba sedienta, en tiempos de los romanos, recuperó el protagonismo que le era propio. También se fueron los equipos de rodaje, las cadenas móviles, la prensa y los feriantes.

Los críos volvieron a la escuela. Los abuelos a la rutina aldeana. Los hijos, las hijas, los yernos y las nueras, tuvieron que someterse, de nuevo, a la disciplina castrense de la fábrica, el taller o la oficina. 

El rural y calmoso café con leche migado con mostachones, ha sido sustituido por el starbucks de diseño, pillado al vuelo tras dejar a los niños en la guardería, con el tiempo justo para fichar en horario.

Las tardes ya se retiran pronto y los primeros ramalazos del otoño, refrescan las anochecidas, poniendo freno al entusiasmo de los asiduos a la terraza de El Bodegón. 

Remigio, entendido el mensaje, despeja la acera, apila mesas y sillas al fondo del almacén y da por terminada la campaña de verano.

Los tractores van y vienen, con las gradas montadas para labrar la tierra en superficie. Las furgonetas llegan cargadas de semillas, fertilizantes y herbicidas. Hay que desvaretar el olivar y sulfatarlo con cobre, para que no le entre el repilo.

Hilario ha convocado pleno, para consensuar con los grupos municipales, el acondicionamiento de la red de caminos rurales, establecer, con la junta de regantes, los calendarios del ador y solicitar subvención al Consejo Comarcal, para la puesta en marcha de una residencia para la tercera edad. Las propuestas han salido adelante, con el voto en contra del PDHCP. 

En definitiva. La Aldehuela recupera sus ritmos. 

Las mujeres, por la mañana, pasan la escoba a su trocico de acera, luego la rujian bien de agua y aprovechan para capacear un rato con la vecina; mayormente de lo que dijo Sagrario, la noche anterior, en su aparición en el «¡Ay Jesús!, de Luxe», el programa de máxima audiencia de la televisión nacional.

–¡Cómo ha cambiado esta mujer, Jesús, María y José! –se hace cruces la paisana, rebuscando en el bolsillo del delantal, el clínex multiuso para limpiarse la moquita–, con lo modosa y bien hablada que era y la boca infierno que se gasta.

–Di que sí, maña –concede la comadre, solidarizándose en el moqueo–. Y siempre rabiosa, leñe, que parece un camionero con almorranas. ¿Será verdad que tiene gaita?

Las dos mujeres rompen a reír descontroladas, lagrimeando y dándose palmadas en los muslos, incapaces de contener la hilaridad.

–¡Ay, quita, quita, qué va a tener! –a duras penas, consigue serenarse una de ellas–, que el Basilio, en paz descanse, algo habría notado, digo yo.

–Pues no sé qué decirte, Aurelia –responde la otra–, que era de natural bobalicón, el pobre, y más calentorro que el pico de una plancha; metido en faena, no te digo yo que…

Un nuevo ataque de risa las trastorna y tienen que usar el mango de la escoba, a modo de báculo, paro no perder la compostura.

–¡Ay, que me meo! –avisa la más mayor, poniendo mano al bajo vientre para frenar el desastre, mientras echa a correr hacia la casa.

A la otra, paralizada por la risa, no le da tiempo; rompe aguas, lo que todavía aumenta más sus carcajadas, y se abre de garras, para facilitar el desagüe. Luego, aliviada, más tranquila, vuelve a regar el pavimento con la manguera.

–Jesús, qué estropicio –musita para sí, todavía estremecida por pequeñas réplicas de hilaridad, mientras camina hacia la casa–, que no se entere nadie, por dios.

El día, rutinario, vuelve a proponer la misma historia y el personal le sigue la corriente, porque se sabe el guion y pasa de complicarse la vida. 

Hay quien enfila hacia los campos; algunos trajinan tuercas y motores; se afanan con el ganado; otros echan la mañana diligenciando subvenciones para el cereal, desasnando críos en la escuela o dejando pasar el tiempo, sentados en los poyetes del carasol de la iglesia.

A la atardecida, cuando cae la noche, el pueblo se vacía. El cierzo barre las calles, se cuela por las costuras y pone frío en los huesos. La gente vuelve a sus casas, le mete fuego a la estufa y el aire se engalana con aromas a humo de leña.

Tras la cena, los pequeños van a la cama, y los mayores, imbuidos por el espíritu pagano que imprime la barriga llena, celebran su particular eucaristía con chupitos de chordón, mientras esperan que comience el programa de la Sagrario, como en el pueblo identifican al «¡Ay Jesús!, de Luxe».

Nada queda ya de la discreta cucufata, que cantaba alabanzas al señor en el orfeón de la iglesia. 

La nueva Sagrario ha recuperado el atrevimiento procaz de la corista resabiada, se engancha las greñas con quien haga falta y ejerce su poder mediático, con mano dura y garganta recia. Es un ciclón devastador, que arrasa cuanto encuentra a su paso; más vale no cruzarse en su camino. 

En un ecosistema aniquilador, plagado de alimañas ponzoñosas, víboras resentidas y dagas voladoras, la viuda de Solaesa ha irrumpido como un tiranosaurio en el obrador de un pastelero: depredadora, salvaje, destructiva, aplastando la fauna autóctona, como melifluas cagarrutas de merengue.

Es despiadada, camorrista y miente con soltura; el perfil tipo, ideal para triunfar en el basurero televisivo, por lo que sus apariciones en pantalla son constantes y su cuenta corriente va añadiendo ceros al saldo descontroladamente.

Ha cambiado el viejo caserón de La Aldehuela, por un dúplex con piscina –que una discreta empleada de hogar le tiene como los chorros del oro–, en la zona más pija de la ciudad.

Las revistas del corazón se pelean por comprarle exclusivas. Meses atrás, la de mayor tirada, «Mola», le dedicó sus mejores páginas, para cubrir el romance, que supuestamente mantenía con un mazas caribeño, con edad de ser su nieto. 

Publicaron fotos comprometedoras de la pareja, entrevistas, comentarios. Hubo revuelo mediático, más apariciones en antena, confirmaciones, desmentidos y un sustancioso incremento patrimonial de la pareja.

Al poco tiempo, «Cochuras», otra publicación del género rosa, colgó en portada las fotos, aparentemente robadas, del macizo jovencito, con un elegante e igualmente musculado cuarentón, propietario de una importante cadena de gimnasios y conocido depredador nocturno, sorprendidos ambos en amartelada actitud.

Nuevamente, se desató la tormenta periodística, la Navascués salía hasta en los informativos. Hubo comunicados, bronca, descalificaciones gruesas, conatos de reconciliación y ruptura definitiva. Todo ello, claro está, trufado con un abundante reparto de dividendos, para los tres actores principales de la comedia.

Una fiera desatada fue Sagrario desde el principio y Mimí Juncal, su víctima para abrir boca, le duró apenas un suspiro, un par de asaltos, y en el primero le pasó por encima como un tsunami con peineta. 

Acorralada contra las cuerdas, la vieja corista, parecía un saco de boxeo, que a fuerza de recibir mamporros, comenzaba a deshilacharse por las suturas. En un solo programa se le vinieron encima, sin avisar, diez años; los puntos del lifting volaron por los aires y hasta el rubio teñido se veteó de canas.

Incapaz de soportar la tensión, al día siguiente, segundos antes de comenzar el programa, la Juncal sufrió una apoplejía, que fue captada por las cámaras y retransmitida  íntegramente en riguroso directo. 

Allí terminó la aventura vital de Agustina Cerezo, la mujer que un día soñó con  battements tendus, pas de trois, y grandes escenarios, a la que la vida le tenía reservado el despiadado pas de rien de un fracaso itinerante por alcoholizadas ferias mayores, expuesto a la desganada indiferencia pueblerina.

Meses más tarde, como en esa cadena de televisión viven del morbo, y un hueso lo estiran hasta para tres cocidos, un equipo de grabación se desplazó a la residencia para mayores, donde esperaba la Juncal el último tranvía, en estado casi vegetativo, dependiente y atada a una silla de ruedas.

Apareció muy arregladita y limpia, la mujer, ante las cámaras, acompañada por una monjita joven, que trataba, inútilmente, de espabilarla y respondía por ella a las preguntas del periodista.

–¿Cómo se encuentra, doña Agustina? –voceaba el plumilla, acercando el micrófono a la pobre vieja, que con la cabeza baja, los ojos cerrados y el mentón hundido en el pecho, pasaba completamente de la tontería.

–Pues muy bien, ¿verdad, Agustina? –respondía la monja en su lugar–, que aquí se la quiere mucho, porque es muy buena cristiana, pobrecita. 

–¿Qué le gusta hacer, ve televisión, cuál es su programa favorito? –insistía el angustiado becario, consciente del marrón que le habían endosado, con tan descabellado interviú.  

–El jardín, ¿verdad Agustina? –volvía a darle voz sor Angustias– que se está muy fresquita a la sombra y las florecillas del Señor, dan un olor muy rico. ¡A que sí! –remataba con sobreactuado entusiasmo.

–Agustina, ¿quiere usted mandarle un saludo a su vieja amiga Sagrario, que ahora la estará viendo en directo? –intentó el reportero darle un final rápido y digno al esperpento.

Como si le hubieran pinchado con un alfiler, la anciana levantó la cabeza, abrió los ojos y su cara, descompuesta, encendida, sudorosa, se crispó en un empeño titánico, que preocupó a la monjita.

–No haga esfuerzos, Agustina –suplicó juntando las manos–, que le puede dar un repente, mujer.

Lejos de atender los ruegos de la religiosa, la vieja corista redobló bríos. Un mugido sordo le fue creciendo desde dentro, cada vez más vigoroso, como la protesta de un animal colérico, irrefrenable, salvaje. Por fin, el bramido terminó explotando en un suspiro de alivio, coincidente con una sonora y hedionda ventosidad. 

Un brillo de picardía, apenas perceptible, cruzó por los ojos de la viejecita, junto con una sonrisa de triunfo, que iluminó brevemente su cara, para ir apagándose sin prisa, conforme la cabeza tomaba, de nuevo, su inclinación natural.

–Pobrecita, va un poquito prieta –justificó la hermana–. ¿Esto lo ven en Honduras? 

–Por supuesto –respondió, algo confundido, el periodista– a través de Internet y nuestro canal internacional.

–¿Podría mandar un saludo a nuestro capellán? –imploró la monjita–. Recibió repentinamente la llamada misionera y, a la carrera, se nos fue la semana pasada a Choluteca.

El pobre becario sudaba tinta china.

–Si es cortito –concedió.

Sor Angustias, agradecida y sonriente, se encaró con la cámara.

–Mósen Benigno, ¡ya me bajó, fue falsa alarma! Todas le echamos de menos, padre. 

–Ya está –concluyó.

Eladio Cabrera, licenciado en periodismo por la UNED, número tres de su promoción y becario distinguido de Tele-50, supo que el universo le estaba hablando, alto y claro: 

«Déjate de chorradas, Lidi, no seas capullo, espabila y manda a estos manguirulos a espulgar periquitos con guantes de boxeo. ¡Si te viera tu abuelo! Cuelga los micrófonos, apaga la tableta, resetea el móvil, gánate la vida honradamente, en el andamio, como han hecho, antes que tú, cinco generaciones de Cabreras, ¡coño!, y duerme de un tirón, a la pata la llana, a calzón quitao, puñetero. Hazme caso. No seas cabezón». 

Y cuando el universo te habla, lo mismo se te cierran los agujeros negros del acojone, pero los chacras se ponen revolcones y no hay quién los pare.

–Desde la Residencia El Último Suspiro, devolvemos conexión a nuestros estudios –se descaró el becario ante la audiencia–, para que les endilguen a ustedes hora y media de publicidad por todo el morro, porque como dice el refrán, cada día que amanece, el número de tontos crece. 

–Pero antes de terminar, tengo un mensaje para Benigno: ¡Vuelve, hijoputa, no seas cobarde, y ponte forro, cabronazo! –remató haciendo una peineta a la cámara, mientras se aflojaba el nudo de la corbata–. Tira Venancio, corta y deja el tomavistas en la furgoneta, que te invito a unas cañas.

La mañana, que había nacido exultante, se entreveró de nubes.

Un afilador, que empujaba su vieja bicicleta con aire cansino, se hizo presente haciendo sonar la flauta.

–En mi pueblo dicen –apuntó Venancio– que el afilador anuncia viento.

Una pizarra, garabateada a mano, prometía un paraíso de chopitos, gambas a la plancha, callos de bacalao con garbanzos, pulpo a la gallega, morro a la plancha y patatas bravas. 

–Hay dos palabras, decía mi abuelo, que en gloria esté –replicó Eladio–, que te abren todas las puertas: tira y empuja –concluyó, cediendo el paso a su compañero. 

La hora del ángelus quedaba ya lejos y los aromas fritangueros de «Casa Juanico», invitaban a la comunión con el cosmos. 

El futuro aún no daba señales de vida, el presente eran dos jarras de cerveza espumeante y por ese día, como suele decirse, todo el pescado estaba vendido.

CC-BY-NC-ND

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