Por los idus de marzo, La Aldehuela festeja la romería a la ermita de San Sisebuto, situada en una explanada cerca del río, a kilómetro y medio del pueblo.

Es una fiesta local, nada que ver con las de agosto, en honor a la virgen, pero en la pradera se juntan las familias a pasar el rato; se cuecen paellas, calderos de migas y parrilladas, corre el vino, hay alegría, buen rollo y hasta baile, que no falta quien conecte un par de altavoces al Spotify del smartphone, para amenizar la fiesta.

También hay misa, claro, y bendición de la torta, un dulce hecho de masa de harina y huevo, mucha azúcar, pasas, nueces y semillas de anís, que ese día se consume en todas las casas.

Cada año, en representación de todo el pueblo, una familia pasa la torta a bendecir; el cura echa un sermón, sacraliza el dulce y, como los panes y los peces evangélicos, la consagración alcanza a todas las tortas presentes en la pradera.

Este año, le toca a la familia de «Los Tigeringos» y Natalia Carranza, la mayor de los primos, ya de rodillas ante un improvisado altar bajo el pórtico de acceso a la ermita, se lo presenta a don Cándido, para cumplir con el ceremonial.

–¡Hermanos en cristo crucificado! –es el cura, sobreponiéndose al acople de la megafonía–, un año más nos reunimos bajo el manto protector de San Sisebuto, para rogar su amparo, que proteja nuestros campos y nos dé la recompensa de una buena cosecha.

–Natalia esa torta que me ofreces, yo bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –dibuja en el aire la señal de la cruz y termina el rito.

 Una voz recia, de árbol añejo y algo aguardentosa, rompe el respetuoso silencio, que guarda la parroquia, congregada en la pradera,

–Se va el caimán, se va el caimán, se va pa’ la Barranquilla –el cantante, un paisano de mediana edad, buena talla y brazos como troncos de árbol, desfila a ritmo de cumbia, entre las filas de aldehuenses, asombrados ante la repentina aparición–, comiendo pan, comiendo pan y arepa con mantequilla.

El cura, con la mano de bendecir todavía suspendida en el aire, quedó pasmado, con la boca abierta y cara de estar viendo un fantasma. 

Como la brisa que provoca el oleaje en los campos de cereal, una marejada de murmullos, asombrados y expectantes, recorre el prado y Natalia, que se ha dado la vuelta para ver quién le arruina su momento de gloria, deja caer la torta, suelta un gemido ahogado y se desmaya.

A Teodoro Carranza, en La Aldehuela lo conocen como «El Indiano» y no porque hubiera hecho su fortuna, que es mucha, en las Américas, sino porque siendo ya mozo viejo, se echó una novia en La Habana y solía viajar a Cuba con frecuencia, para festejar.

Concebido a destiempo, era el menor de cuatro hermanos y al morir sus padres, apenas estaba entrando en la adolescencia, por lo que en el reparto de la herencia, los mayores se pusieron de acuerdo para quedarse con los mejores lotes, dejándole a Teodoro un montón de hectáreas en El Ventisquero, que como su nombre indica, es una zona barrida por el viento, en donde no crecen ni las malas hierbas.

Durante algunos años, tuvo que buscarse la vida trabajando para otros, porque sus tierras eran un páramo estéril. Pero llegaron los aerogeneradores, aquellos pedregales se convirtieron en minas de oro a cielo abierto, y Teodoro en el rey Midas.

Además, como el hombre tiene buena cabeza para los negocios, diversificó sus inversiones, entró en sociedad con gente importante y, en pocos años, multiplicó significativamente su riqueza. Se hizo construir un hermoso chalet en La Aldehuela, adquirió un todoterreno de lujo y se dedicó a vivir de las rentas, que eran muchas.

Evidentemente, las mocitas casaderas de la comarca y aún de procedencia todavía más distante y exótica, hicieron lo posible para cazar a semejante mirlo blanco, pero Teodoro se mantuvo firme en su soltería y cuando comenzó a sentir la necesidad de una relación de pareja más estable, se fue a Cuba, conoció a Miranda y le pareció una buena opción.

La distancia complicaba cualquier posibilidad de desencuentro y mantenía viva la llama de la pasión; viajar a La Habana, tantas veces como fuera necesario, era algo que se podía permitir con holgura, y Jorge Luis, el marido de ella, estaba encantado con la fórmula. De manera que asunto resuelto.

Fue en uno de esos viajes galantes que ocurrió la desgracia. 

El cubano, trompetista profesional, tocaba en un prestigioso combo caribeño, que después de un largo calvario político y burocrático, consiguió permiso para actuar en Miami. Una sola noche; entrar y salir de Estados Unidos, sin más concesiones, pero Jorge Luis estaba ilusionado e invitó a Teodoro a que los acompañara.

A Carranza no le pareció mal la idea, estaba en los últimos días de aquella escapada y pensó aprovechar la ocasión para ir a los cayos, a probar suerte con la pesca del sábalo real. 

Alquiló una embarcación adecuada, el Neptuno II, un Barracuda de la serie 8, rápido y muy marinero, que una soleada mañana del verano de 2010, salió de Miami, patroneado por Mr. Riley, un yanqui jovial, rubicundo, aficionado al güisqui, y se adentró en el océano, en busca de los caladeros donde podía conseguirse una buena pesca. 

Pero el Neptuno II nunca volvió a puerto. 

El operativo de rescate, se puso en marcha en cuanto hubo noticia de la desaparición del barco; mas a pesar de los medios desplegados, que fueron muchos, nunca se encontraron restos de naufragio, ni señales de radiobaliza o cualquier otro indicio, que pudiera echar alguna luz sobre el paradero de la embarcación. El Neptuno II y sus navegantes, se volatilizaron en el triángulo de las Bermudas.

Teodoro desapareció sin testar y sus sobrinos, Natalia, Federico y Dalmacio, habrían sido herederos inmediatos de su fortuna, en caso de que hubiera aparecido el cadáver del tío. 

Pero como no fue así, y cuando sucedió el incidente, el plazo legal para dar por muerta a una persona desaparecida, era de diez años, el juez nombró un albacea, Rodolfo Solís, el médico local, gran amigo de Teodoro, quien se encargó de gestionar la fortuna de El Indiano, hasta el momento de transferirla a sus herederos legales.

Cuando reapareció el ausente, en la romería de San Sisebuto, en medio de la bendición de la torta y en carne mortal, faltaban dos meses y veintisiete días –los sobrinos llevaban la cuenta con el rigor de un calendario atómico–, para que se cumpliera el plazo establecido por la ley y poder declararlo oficialmente muerto. El desmayo de Natalia y la lividez cadavérica, que lucían las caras de los otros dos primos, estaban más que justificados.

No hay que de decir, que las tortas, la romería y San Sisebuto, dejaron de ser protagonistas del día y todo el pueblo se congregó alrededor de El Indiano. Querían hablar con él, tocarlo, cerciorarse de que no era un fantasma.

Él, por su parte, después de comprobar el buen estado de salud de su sobrina Natalia, ya repuesta del sofoco, y de achuchar a Federico y Dalmacio, que seguían descoloridos, iba repartiendo abrazos, apretones de manos y saludos, a todas caras, en medio del gentío.

Arropado por Fulgencio, el cabo de la benemérita, Hilario, en su calidad de alcalde, y su buen amigo Rodolfo, iniciaron el regreso a La Aldehuela. 

Tras ellos, todo el pueblo festejaba el retomo de Teodoro, desandando el camino, ruidosos, alegres y sandungueros, al ritmo de «Paquito el chocolatero», que interpretaba la charanga, contratada por el ayuntamiento para amenizar la romería. Pues aunque la fiesta terminaba con la bendición de las tortas, como no tenían otra cosa que hacer, siguieron tocando, hasta llegar al pueblo, donde tenían aparcada la furgoneta.

Aún no era mediodía, y El Indiano quiso pasar por su casa para cambiarse de ropa, pues venía ataviado con chaleco multiusos, camiseta de los Knicks, bermudas azules y zapatillas de lona. 

Pero antes, desde el balcón del ayuntamiento, convocó a todo el pueblo en la plaza, para celebrar juntos el regreso, con una monumental paella, baile con orquesta cara, vino a discreción y fuegos artificiales, que era el programa festivo preferido por los aldehuenses.

Dicen que la fe mueve montañas, es discutible, pero lo que no admite polémica, es que el dinero moviliza voluntades y, si es necesario, ejércitos enteros. Así que media docena de llamadas telefónicas más tarde, y en lo que cuesta contarlo, llegó a La Aldehuela una caravana de furgones y camionetas, que descargaron paellas gigantescas, trébedes a su medida, sacos de arroz, pescados, mariscos, cocineros y pinches, cajas de vino, en fin, todo lo necesario para cumplir la promesa de El Indiano.

En un suspiro, el aire se llenó de aromas suculentos a cebollas pochadas, calamares dorándose al fuego y mejillones al vapor. El Bodegón entró en la competición, con un reclamo de frituras, vermú de grifo y cañas de cerveza. Las caras lo decían todo, reinaba la alegría y hasta el mismo cura, que tenía un mosqueo importante, dejó de fruncir el ceño, ante el chato de vino y la croqueta de bacalao, que le obsequió Remigio en desagravio.

Únicamente los primos Carranza, que todavía albergaban la ilusión de que todo aquello fuera otro espejismo cósmico, veían con reparo aquel despilfarro de su herencia, la que habían tenido en la punta de los dedos y que, si no lo remediaba un infarto, un atracón de gambas o un rayo justiciero, se esfumaba delante de sus narices.

Mientras tanto, Teodoro, con un martini seco en la mano y picando aceitunas de un platillo, le contaba a Rodolfo su aventura caribeña, y un nutrido grupo de aldehuenses, congregados alrededor de los amigos, hacía oreja para enterarse de la aventura.

–Salimos de Miami con buen tiempo. Riley es un buen patrón, conoce los cayos como la palma de su mano y sabe donde están los mejores caladeros.

–El Barracuda, es una embarcación muy marinera, rápida y fiable –siguió El Indiano–. Pusimos rumbo a Cayo Hueso, llegamos al punto en que, según Riley, abundaban los peces, y a medio día, lanzamos al agua los anzuelos cebados, aseguramos las cañas, abrimos unas latas de cerveza y nos dispusimos a esperar.  

–La mar estaba tranquila, parecía un lago. No había embarcaciones a nuestro alrededor, solo en la radio, de vez en cuando, sonaba la fritanga de una señal indescifrable, que seguramente provenía de algún mercante, de los que hacen la ruta del Gran Caribe.

–El sol lucía radiante. La calma chicha convocaba a la modorra y Riley, que chapurrea bastante bien el español, me contaba anécdotas y chascarrillos, para ahuyentarla.

Teodoro bebió un sorbo de su martini seco.

–Es la mejor bebida que ha inventado el hombre, amigo –sancionó paladeando el trago–, la preferida por celebridades de todo el mundo; el mismísimo Luis Buñuel, ese genio, era un consumidor asiduo de este néctar. 

–En una coctelera llena de hielo, ponía unas gotitas de Noilly-Prat, su vermú preferido, media cucharadita de angostura y mezclaba bien. Luego tiraba el líquido, dejando solo el hielo aromatizado. Echaba la ginebra, muy seca, agitaba y listo. 

–Da ganas de probarlo –dijo el médico–, tenemos que hacerlo así mismo un día de estos.

El asentimiento generalizado del corro de curiosos hizo sonreír a El Indiano, que decidió continuar con su historia.

–En fin, como iba diciendo, el día estaba completamente despejado, ni una nube. La línea del horizonte se mostraba limpia, nítida, pura, nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Volvió a guardar silencio, mientras tomaba otro poco del combinado, ante la expectación impaciente de la audiencia.

–La niebla apareció de pronto, surgida de la nada. Salía del agua, como si estuviera hirviendo y dejara escapar el vapor. Riley, tan asombrado como yo, juraba ser la primera vez que veía un fenómeno semejante. Pronto estuvimos totalmente rodeados por un banco de bruma tan espesa, que apenas nos veíamos el patrón y yo. Entonces sonaron las campanillas de las cañas, algo había picado.

De nuevo hizo un alto para refrescarse el gaznate, y también, por qué no decirlo, para mantener en vilo a su público. El Indiano siempre había sido un poco teatrero y disfrutaba haciendo rabiar a la gente.

–¡Coño!, le dije a Riley –volvió a enhebrar el relato–, mira tú el momento que eligen estos para morder el anzuelo. Y ya está. Lo siguiente ha sido verme en la ermita, con unas ganas locas de vivir y cantando lo de se va el caimán, se va el caimán. Rodolfo me ha dado un abrazo, y he sabido por él, que llevo diez años desaparecido. Fin de la historia.

Rodolfo se levantó de la silla y volvió a dar un achuchón sentido al amigo recuperado. La audiencia no pudo reprimir un aplauso de jubilosa complicidad y en medio de aquellas muestras de sana alegría, tronó la voz del cura, que no se había perdido una palabra de toda la historia.

–¡Arrepentíos, aldehuenses –bramó don Cándido–, el maligno está entre nosotros! ¡Graves fenómenos llevan sucediéndose en este pueblo! ¡No festejemos al becerro de oro y alabemos al Señor, nuestro Dios, porque únicamente Satanás puede estar detrás de tanta aberración!

La mayoría de los presentes acogieron el discurso del páter con una media sonrisa de escepticismo; unos pocos asintieron preocupados, pero hubo quién se agarró al fundamentalismo, como a un clavo ardiendo y pasó a la acción directa.

–¡Vade retro Satanás –gritaban desaforados, haciendo cruces con los dedos–, vuelve al averno de donde has salido, criatura dañina!

Eran los primos Carranza, que habían visto, en el argumento del cura, una puerta abierta a sus esperanzas de recuperar la herencia de El Indiano.

–Largo de aquí, buitres –respondió calmoso Teodoro, apurando el martini–, desapareced de mi vista, no sea que me levante y os remangue un par de hostias a cada uno, para que recuperéis la decencia.

Los tres primos, sin dejar de hacer visajes, se parapetaron detrás del cura, por si las moscas, lo que provocó alguna que otra carcajada en el corro, porque si El Indiano les había ofrecido un par de leches, el mosén, de natural enteco y poca alzada, a duras penas aguantaría media, además de ser propenso a salir de naja, si las cosas se ponían chungas.

–Qué interés puede tener el diablo, en un pueblucho sin historia, pasto de solanera y dejado de la mano de dios –irrumpió en el grupo una voz grave, con un leve toque de acento extranjero.

–¡Qué viejo estás, Holandés! –dijo Teodoro, fundiéndose en un abrazo con el recién llegado–, va a ser verdad que han pasado diez años desde la última vez que nos vimos.

Los dos hombres se examinaron mutuamente, de arriba a abajo, con exagerada teatralidad.

–Tú, en cambio, estás hecho un figurín –respondió el otro–, ni una arruga nueva, una cana o un pelo impertinente, asomando por la oreja. Definitivamente das asco.

Hubo risas en el corro, opiniones dichas en voz alta e improvisados brindis; alguien anunció que el arroz estaba listo y todos, el cura a la cabeza, con los primos Carranza pegados a los faldones de su sotana, pusieron proa hacia el amarradero donde se repartían las raciones. Corría el vino, los aromas que traía la brisa hacían salivar a los más sobrios, el día era un anticipo de la primavera. Todo el mundo estaba feliz.

–Tenemos que hablar de lo que te ha pasado, Teodoro –El Holandés retuvo por el brazo al amigo–, es importante.

–Cuando quieras, Federico –respondió El Indiano–, una tarde, en tu huerto, con unas cervezas y unos trozos de queso. Tú mandas.

Los dos hombres se reintegraron al grupo. En alguna parte, alguien empezó a cantar una jota subida de tono. 

El cabo Fulgencio, sentado en la taza de la fuente, embuchaba una generosa ración de paella. La jornada, pese a la prodigiosa vuelta de El Indiano, estaba resultando placenteramente tranquila, no era menester comunicar con el cuartelillo, ya habría luego tiempo de hacer el parte. 

Suspiró, feliz, y le metió un tiento al palmero de tinto caro; estaba de guardia, sí, pero el vino era de los buenos y… ¡Quien se iba a enterar!

CC-BY-NC-ND

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