El Indiano vuelve a llenar su copa de vino, mira la botella y menea la cabeza con simulada preocupación.

–Caballeros, con esta van tres –anuncia–, tocamos a frasca por cabeza, porque en esta fraternidad, el único animal con dignidad y sentido común es el amigo Schrödinger, que solo bebe agua. Será menester, pues, otro asalto a la bodega, maese Cantarranas.

El pastor abandona la mesa despacio, con pereza, y se dirige a la vinoteca, rigurosamente climatizada a diecisiete grados centígrados, de la que saca una botella de Fagus, excelente crianza de garnacha, con puntuación de 85 para Robert Parker y 90 en la Guía Peñín. 

Restablecido el suministro de vino, la cena continúa.

–No hay más, Holandés –el que habla es Teodoro–, ya he contado mil veces lo que sé. Estos diez últimos años, para mí no han pasado, y no me preguntes cómo ha sido, dónde estuve ni por qué ocurrió.

Durante un rato solo se escucha ruido de cubertería, tintineo de copas y algún suspiro de satisfacción.

–He intentado averiguar el paradero de Riley –sigue El Indiano–, saber si también él ha aparecido, con el Barracuda, en alguno de los cayos de Florida; pero nadie me sabe dar razón, parece que sigue en el limbo de las Bermudas.

El cabrero recoge los platos vacíos y se dirige a la cocina, seguido de cerca por el perro, que ventea los restos con golosa expectación.

–O en algún zulo, setenta metros bajo tierra –grita desde el fregadero–, en el desierto de Mojave, con electrodos hasta en los huevos y escuchando The Star-Spangled Banner, cada quince minutos, para obligarlo a salir del trance.

–No sabes la suerte que tienes, Indiano, de haber nacido en este pueblo –concluye–, que con una paella y dos tragos de vino, se da por cerrada toda investigación.

 Reaparece en el comedor, con una bandeja de cuajada con fresas. Teodoro saca tres platos de postre de la alacena y El Holandés trajina con la cafetera.

Con el postre se apura la cuarta botella de vino. Los cafés abren la veda del aguardiente de chordón, servido en las mismas tazas cafeteras. El pastor y el noruego lían sendos cigarrillos de picadura. El Indiano, con unción litúrgica y los ojos ligeramente vidriados por la borrachera, hace que crujan, suavemente, las tripas de un veguero junto a su oreja. Schrödinger, en la cocina, se da un festín con las sobras del banquete.

Todos guardan silencio, reflexionando sobre los muchos temas de conversación, que han mantenido durante la cena.

El Holandés apura su trago de aguardiente, deja la taza sobre la mesa y ve, impasible, como el cabrero la llena de nuevo. 

Se está a gusto en la recocina del pastor. Desde los surcos del vinilo, una sugerente versión jazzística de «com’e lunga l’atessa», del acto III de Tosca, para guitarra y contrabajo, pone una discreta nota musical en el ambiente. 

Schrödinger, satisfecho, dormita cerca de la estufa de hierro, que digiere un leño recién engullido. Fuera, el viento silba mazurcas en los sombreretes de las chimeneas, las nubes pasan de largo, con prisa, y el invierno, aunque en retirada, todavía galantea con la luna en los soportales de la plaza.

El Indiano, con el puro en la boca, lucha contra la modorra. Es una guerra que tiene perdida.

Cantarranas, al estilo de sus cabras, bebe despacio y rumia.

–Campos magnéticos de fuerza, que contrarrestan la gravedad –ladea pensativo la cabeza y le da lumbre al cigarrillo, que acaba de liar–, levitación magnética, quinta dimensión. Pero eso solo son especulaciones, en algunos casos imposibles, nunca vistas en el universo. ¿Lo sabes, no?

La pregunta va para El Holandés, que contraataca 

–¿Existe alguna ley que determine esa imposibilidad, que prohíba la especulación? 

El perro se aleja de la estufa, que parece a punto de reventar, y se acomoda debajo de la mesa.

Teodoro se rinde, deja el puro, apagado, en el cenicero, acomoda la cabeza entre sus brazos, sobre la mesa, y no tarda en acompasar la respiración con ligeros ronquidos.

–Y para la ciencia, todo lo que no está matemáticamente prohibido, es posible –recita su respuesta, el cabrero, como una letanía bien aprendida–. Fuerzas fundamentales, poderosas, invisibles. Una fe profana, sustentada en ecuaciones que casi nadie comprende. 

El vinilo ha dejado de sonar. Cantarranas lo acomoda en el plato por la otra cara, acciona el mando y la magia de Coleman Hawkins, se sirve de «Body and Soul», para restablecer el orden.

–Es una forma de verlo –concede El Holandés–. Dicen que la fe mueve montañas; eso nunca se ha visto, pero la ciencia, las matemáticas, el credo binario, lo hacen todos los días. 

–Dentro de mil años, tal vez antes, todos estos fenómenos, que hoy acusamos de milagrosos, tendrán una elegante explicación matemática. Serán necesarias complicadas ecuaciones cuánticas, sí, y el desarrollo de una tecnología superior, avanzada, muy lejos de esta nuestra, casi cavernaria, que convierte su legado histórico en combustible fósil, para seguir avanzando.

Bebe un largo trago de chordón, y el aguardiente se le remansa en las tripas, como el magma vital, que calienta las entrañas de la Tierra.

–¿Tú crees que somos una civilización cavernaria, Holandés? –el pastor tamborilea con los dedos sobre el mantel y sigue, con aparente interés, la estrafalaria coreografía, que provoca en las saltarinas migas de pan.

–De las cuatro fuerzas que rigen el universo, Luis, solamente hemos avanzado un poco en el conocimiento del electromagnetismo –es la respuesta–. Iluminamos nuestras ciudades, hacemos que se muevan las máquinas, incluso curamos enfermedades domesticando electroimanes. 

–Pero todavía no sabemos hacer superconductores a temperatura ambiente, que sean capaces de domesticar esos potentes campos magnéticos y hacerlos levitar automóviles, trenes, pesos enormes, o usarlos para volar por el aire, como los superhéroes de las películas de ciencia ficción. Nos faltan decenas, quizás cientos de años para conseguirlo.

–Dijo Anaxágoras, que el hombre es el más inteligente de los animales porque tiene manos –sigue El Holandés–, mientras que para Aristóteles, el uso de las manos es un logro de la inteligencia humana. En cualquier caso, nuestro talento tecnológico es tan primitivo, que solo podemos interactuar eficientemente, con elementos de gran tamaño, susceptibles de ser utilizados manualmente. 

–La fuerza nuclear que ilumina el universo, es de corto alcance, actúa principalmente a la distancia de un núcleo y como está ligada a las propiedades de los núcleos, nos resulta extraordinariamente complicado manejarla. El único modo que tenemos de operar sobre esta fuerza consiste en romper partículas subatómicas en grandiosos colisionadores o detonar devastadoras bombas atómicas.

–Sin embargo, los colisionadores de sobremesa son algo más que un sueño y es posible ordeñar el átomo, sin destruir la Tierra. Estamos en pañales y gateando, viejo. Todavía nos falta mucho para poder transitar erguidos este camino.

El Holandés parece imparable, solo detiene su discurso para aclararse la garganta con un buche de aguardiente.

–Si la luz es una onda, ¿qué es lo que ondula? –recuperó el ritmo de su lección magistral–. La luz puede atravesar el espacio vacío, un universo privado de cualquier material. ¿Qué ondula en el vacío? Kaluza nos dio la respuesta a este problema: la luz es ondulaciones en la quinta dimensión. Y las ecuaciones de Maxwell, surgen simplemente como las ecuaciones para ondas que viajan en la quinta dimensión.

El cabrero enciende un nuevo cigarro y guarda silencio. Clava los ojos en su amigo. Hay curiosidad en su mirada. 

–¿Por qué te escondes en este pueblucho de mala muerte? –pregunta–. ¿De qué o de quién huyes, Fredrik Ostenson? 

–Y no me cuentes fábulas de inspiración zen, introspectivas o de tedio existencial, que no cuelan, doctor en física teórica, de partículas y astrofísica por la universidad de Bergen –recitó como si lo estuviera leyendo en un papel–, honoris causa en una docena de las instituciones más prestigiosas del mundo, coordinador y responsable único de las áreas de física, matemáticas y astronomía del Instituto de Tecnología de California, el famoso Caltech. Premio Wolf de física en 1999, por tus investigaciones en física de la materia condensada. 

Cantarranas toma un sorbo de aguardiente y prosigue.

–Con este currículo y a las puertas del Nobel, desapareces de escena. Cuelgas las botas, lo abandonas todo y teletransportas tu humanidad a la vieja casa del Choto, que en gloria esté, para perderte en el universo del queso artesano. ¿De qué huyes, Holandés? –cerró el pastor su discurso.

 De no ser por el crepitar de la estufa, el arañazo de la aguja sobre el vinilo enmudecido y los resoplidos etílicos de El Indiano, el silencio habría sido absoluto. 

Los dos hombres se encaran, mudos, sin decir palabra, durante un largo espacio de tiempo, mirándose a los ojos: enojados, los del físico, inquisitivos, los del cabrero.  

–Para la teletransportación de seres humanos, si es que es posible cabezota, bocazas irracional, nos faltan unos cuantos miles de años. Nysgjerrige, sladrete, berøringsballer –gruñe irritado El Holandés. 

–Y yo en los tuyos –responde Cantarranas al exabrupto noruego de su compadre–. Es de muy mala educación, y de gallinas, que lo sepas, insultar a los amigos en un idioma que no entienden.

–No te he insultado, fisgón –se defiende el otro más calmado y con una media sonrisa bailándole en los labios–, solamente he constatado un hecho, porque eres, sobre eso no hay cuestión y te lo traduzco, un entrometido, chismoso, toca huevos. 

–De entre todos los pastores, millones, que hay en el mundo –se quejó mirando al techo–, honrados y concienzudos, que únicamente piensan en cuidar su rebaño, tener una vida saludable y una vejez tranquila, me ha tenido que tocar en desgracia el cabrero ilustrado, peculiar y cabezón.

Schrödinger abandona su refugio bajo la mesa. Se endereza bostezando y se le escapa un gemido de cansancio. 

El reloj de la pared marca una hora muy avanzada de la madrugada y los dos hombres apuran el último trago. Teodoro ronca, ya, con familiar descaro.

–Tienes razón, impertinente amigo –concede El Holandés, mientras echa para atrás su silla y recupera la vertical–, has preguntado mucho y metido el dedo en la llaga, mereces que te responda. Pero no será esta noche; estamos los dos demasiado cansados y algo borrachos.

–El universo nos dice cosas, Luis –sigue hablando, mientras camina hacia la percha, donde cuelga un grueso chaquetón de piel–, solo hay que prestar atención, agradecerle la molestia y seguir sus consejos.

  El cabrero recoge los vasos, sacude las migas del mantel y sigue con la mirada la maniobra de su amigo, que se arropa con cuidado, para enfrentarse a la noche.

–Vas a saber, si eso es lo que quieres –El Holandés posa la mano sobre la cabezota del perro, que sigue de cerca los movimientos de su dueño–. Adquirirás conocimientos, que muchas veces te resultarán incómodos, cuando no amenazantes. Incluso alguna noche, puede que dejes de dormir tranquilo. Es el precio que se debe pagar por asomarse al pozo de la ciencia.

Cantarranas guarda silencio, intuye que su amigo está cruzando una línea de no retorno, peligrosa, y que el arcano que va a serle revelado, le obliga a él tanto, como al Holandés. Por un momento duda si merecerá la pena.

–Ya no hay vuelta atrás, cabrero –como si hubiera leído la mente de su compañero, El Holandés se detiene antes de llegar a la puerta–, hurgaste en la herida hasta alcanzar el hueso y has conseguido tu premio. Ahora no tienes más remedio que jugar a los dados con dios.

Una ráfaga de viento frío se cuela por la puerta abierta. Schrödinger va por delante, como es su costumbre. Ya no hay nubes. La luna siluetea el paisaje. Poco más de quinientos metros, separan la casa del cabrero de la antigua morada del Choto.

–Holandés, aquellas lucecitas rojas, que dominan el páramo, son molinos –el perro espera, calmoso, el próximo movimiento de su dueño, que se ha detenido al reclamo del pastor, con la mano aferrada al pomo de la puerta–, pero te creo si me dices que son gigantes y correré tu misma suerte, si me dejas ayudarte.

Una sonora carcajada recibe el comentario del pastor.

–Enternecedor. La camaradería de las trincheras. Honor y lealtad hasta la muerte. La has cogido llorona, amigo –se mofa el otro–. Anda a dormirla, cabrero, no te pongas sentimental y arropa al caribeño, no vaya a coger frío.

Cierra la puerta a su espalda y los dos, perro y amo, quedan a solas con la noche estrellada.

La humedad se escarcha en las plantas silvestres, que bordean el camino. El invierno se despide mordiendo fuerte y Schrödinger aligera el trotecillo; tiene prisa por llegar a su refugio.

Por poco tiempo, pero todavía duerme el pueblo. No tardará el sol en sombrear de rojo la línea del cerrillo y un nuevo día asomará tras la cruz del cementerio y las ruinas de mampuesto. 

Quizás venga calmoso, reglamentario y en son de paz, o tal vez traiga un nuevo prodigio cósmico, cabalgando en la brisa. 

Todo es posible en los amaneceres de La Aldehuela.

CC-BY-NC-ND

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