En el siglo XIX, el físico escocés James Clerk Maxwell, descubrió que los campos magnéticos pueden convertirse en campos eléctricos y viceversa, creando una onda muy parecida a las olas en el mar, con una velocidad igual a la de la luz.

Murió joven, de no ser así, podría haber descubierto, que sus ecuaciones permitían distorsiones del espacio-tiempo que llevarían directamente a la teoría de la relatividad de Einstein. La teoría de la luz de Maxwell y la teoría atómica dan explicaciones sencillas de la óptica y la invisibilidad. 

Un objeto sólido es opaco, porque las ondas de luz no pueden atravesar sus átomos, fuertemente concentrados, cosa que no ocurre en los gases y líquidos porque la luz puede atravesar los grandes espacios, que dejan sus átomos mucho más dispersos. Pero si calentamos ciertos materiales sólidos a muy alta temperatura, y los enfriamos rápidamente, como ocurre con el vidrio, conseguimos un sólido con muchas propiedades de un líquido debido a la disposición aleatoria de sus átomos. 

La invisibilidad es una propiedad que surge en el nivel atómico y resultaría muy difícil, si no imposible, de reproducir utilizando métodos ordinarios. Para invisibilizar a una persona, con la tecnología disponible hoy en día, habría que licuarla, hervirla para crear vapor, cristalizarla, calentarla de nuevo y luego enfriarla, un proceso demasiado penoso.

Lo mismo es aplicable a cualquier otro tipo de material conocido, de manera que los mantos, anillos o escudos de invisibilidad se descartaron por la física, que los consideraba imposibles, porque violan las leyes de la óptica y no se adecúan a ninguna de las propiedades de la materia.

Sin embargo, físicos de la Universidad de Duke en Durham, Carolina del Norte, y del Imperial College de Londres, emplearon «metamateriales» para hacer un objeto invisible a la radiación de microondas. Corría el año 2006 y la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa del Pentágono DARPA, financió ese programa.

Fredrik Ostenson, más conocido en La Aldehuela como El Holandés, está al corriente de los avances conseguidos en esta materia, pero únicamente por interés vocacional. Retirado de la física militante hace más de veinte años, con su conocimiento del cálculo infinitesimal, anquilosado por falta de uso y sin acceso al complejo equipamiento de los grandes laboratorios, para el antiguo candidato al Nobel resulta complicado establecer hipótesis, que se aproximen a una explicación razonable para el reciente fenómeno de invisibilidad, que ha  trufado de lirismo las paredes de su pueblo.

–El secreto de un buen rösti es la patata –señala con la punta del tenedor la dorada costra de algo parecido a una tortilla española, requemada y demasiado seca–, de buena calidad, por supuesto, y cocida antes de pasar por el rallador; una mantequilla gourmet, cebolla, tocino, y el acompañamiento que más te guste.

El que habla, un hombre de edad indefinida, desaliñado en el vestir y con pinta de funcionario en excedencia, cruza los cubiertos sobre su plato vacío, apura la copa de vino y deja vagar la mirada por entre las mesas del viejo restaurante.

–Cafe Du Bourg-de-Four, el más antiguo de Ginebra y donde sirven el mejor rösti de la ciudad, Fredrik, te lo digo yo.

–Estoy hecho a la tortilla de patatas con cebolla, Moshé –El Holandés aparta el plato, donde todavía queda un buen trozo de rösti–, y el burdeos me produce acidez de estómago.

Moshé Greenberg, judío, doctorado en física de partículas por la Universidad hebrea de Jerusalem, trabaja en el CERN y es una eminencia de reconocido prestigio mundial en el campo del electromagnetismo. Observa a su amigo con interés; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que coincidieron, no termina de enfocar la imagen del reencuentro, y el que se haya bebido casi toda la botella de Chàteau Laffite no es de gran ayuda.

Hace un magnífico día de verano y apetece caminar. Desde la Place du Bourg-de-Four, son apenas diez minutos de tranquilo paseo por rue de la Fontaine, hasta llegar al Jardin Anglais y remansar el espíritu con la lenitiva contemplación del lago Léman.

–¿Te apetece una vuelta en la Grande Roue? –bromea Moshé al pie de la noria monumental. Sin esperar respuesta, busca asiento en un banco cercano, a la benéfica sombra de un castaño.

–Por mucho que diga el tango, veinte años es mucho tiempo, Fredrik, debes admitirlo. Me ha encantado saber de ti, verte, compartir contigo estos días, tirar de recuerdos y actualizar la información, que tenemos el uno del otro. Pero no alcanzo a entender qué secretos cabalísticos esperabas que te revelara. 

–No hay nada nuevo, en el terreno de los metamateriales y su aplicación en materia de óptica e invisibilidad. Como sabes, en el rango de microondas, la experimentación en dos dimensiones ha avanzado bastante; también en el de la luz visible tridimensional, pero los ensayos son de tal complejidad, que no permiten imaginar mecanismos o materiales, que permitan hacer invisibles grandes masas en el corto plazo. Eso ya lo sabías, no era necesario venir a Ginebra para que yo te lo confirmara, por mucho que me haya satisfecho el reencuentro.

El Holandés parece absorto en la contemplación del Jet d’eau; no corre una brizna de viento y la potente columna de agua se alza orgullosa sobre la superficie del lago, como una rúbrica autentificadora, el sello identitario de la ciudad.

–La vida es corta, Moshé, y las respuestas tardan en llegar. Llevamos más de un siglo tratando de entender el complejo mundo de lo pequeño, de lo cuántico, utilizando en ello recursos inmensos y las mentes más lúcidas, solo para constatar la desmesura de nuestra ignorancia y que han de pasar cientos, miles de años para alcanzar el conocimiento del universo, que hoy solo podemos aventurar mediante ecuaciones diferenciales.

–Soy demasiado impaciente, amigo, lo reconozco. Necesito saber, soluciones, y las quiero ya, por eso abandoné la experimentación, dejé mis trabajos y le di la espalda a los laboratorios; no podía pedirle imposibles a la ciencia, y encontré la paz en la glicólisis, lipólisis y proteólisis, que me permiten jugar con la textura, fragancia y sabor de mis quesos artesanos.

–Sin embargo, mi pequeño mundo feliz se ha venido abajo desde hace unos meses. Sucesos extraordinarios, misteriosos, imposibles, han puesto del revés el tranquilo ecosistema que es mi refugio, despertando en mí la necesidad de comprender. Quiero respuestas, Moshé, respuestas científicas a fenómenos que hoy solo pueden catalogarse como milagros. Desgraciadamente, tú lo sabes, mi credo es el cálculo infinitesimal y tengo vedados los beneficios de la fe.

El físico judío señala con el mentón la terraza cercana de un quiosco, por entre cuyas mesas corretean unos niños extremadamente rubios:

–¿Te apetece un café? No puedo garantizar que sea de calidad, pero me conformo con que se pueda beber.

Hay una mesa libre y los dos hombres se sientan de cara al lago. Una camarera joven se acerca sonriente. Lleva en la mano una PDA, con impresora incorporada, para registrar los pedidos. 

–Bonjour messieurs. Savez-vous déjà ce que vous allez boire ?

Tiene una voz agradable, cantarina, fresca, que hace juego con la pureza de la tarde y se integra en el ambiente, como el gorjeo de los pajarillos, emboscados en la enramada del parque.

–Deux cafés noirs, s’il vous plaît, mademoiselle, et votre numéro de téléphone –bromea Moshé y la chica, cómplice, responde con una sonrisa.

–Soy lo suficientemente viejo e inofensivo –justifica el judío la picardía–, como para permitirme estas licencias con las jovencitas, sin ser tenido por acosador.

–En fin, he de confesarte que me intrigan esos pretendidos «milagros», que te causan tanta inquietud. Si está en mi mano ayudarte, cuenta con ello, pero me gustaría tener algo más de información, como puedes suponer.

La llegada de la muchacha con los cafés impone silencio. Moshé paga la consumición y la chica sigue navegando entre las mesas.

–¿Te lo puedes creer? ¡Cinco francos por un café! Esta ciudad se está poniendo insoportablemente cara –reniega el judío–. En fin, soy todo oídos.

El Holandés no se esfuerza en resumir la situación. Su relato es detallado: el episodio del paracaidista, la atención mediática que produjo. La levitación de la viuda de Solaesa, su vuelo acrobático dentro de la carpa cuartelera, la posterior carrera como tertuliana camorrista en televisión. El regreso de Teodoro, alias El Indiano, después de pasar diez años perdido en el triángulo de las Bermudas y, por último, la presencia del hombre invisible aficionado a la poesía criptográfica. 

Para cuando termina de hablar, la cumbre del lejano Mont Blanc comienza a teñirse de un dorado añejo y a la tarde se le escapa algún que otro bostezo de cansancio. Los dos hombres guardan silencio.

Ahora es un chico quien atiende la terraza, la muchacha de antes ha terminado su turno.

–Garçon, deux cognacs, s’il vous plaît –trata de llamar su atención Moshé.

El muchacho se acerca a la mesa diligente.

–Les messieurs veulent-ils une marque en particulier?

–Delamain, est-ce possible?

–Bien sûr, monsieur, je vais les apporter tout de suite.

–Esta ronda la pagas tú, Fredrik, va a ser cara y lo mereces por el embrollo en que me estás metiendo.

–Entenderás que todo, absolutamente todo que me has contado, es racional, humana y científicamente imposible. No creo que estés faltando a la verdad, al menos de forma consciente, pero como tu mismo has dicho, tienen que pasar cientos de miles de años para que estemos tecnológicamente a la altura de esas maravillas.

Cincuenta francos tuvo que pagar El Holandés por las copas; tenía razón Moshé, Ginebra es una ciudad insultantemente cara. Tomó un sorbo, recordando a destiempo y mientras apartaba la bebida, que el coñac, como el burdeos, también le producía acidez de estómago.

–Es sencillo, Moshé, tú mismo puedes palpar la invisibilidad de mi huésped, lo tengo en mi casa, a salvo de miradas indiscretas, comiéndose mi queso y diezmando las reservas de mi bodega, en estrecha complicidad con otro buen amigo, un pastor de cabras, filósofo y gran conversador. Cantarranas, lo llaman en el pueblo. Todo un personaje.

–¿Me estás invitando a compartir el prodigio, Fredrik? ¿Cómo podría hacerlo?, aquí me pagan por trabajar, no sé si has tenido en cuenta ese pequeño inconveniente. Y tampoco puedo decirles la verdad, pues aunque mi sitio está en el CERN, son los americanos quienes apoquinan mi sueldo, porque en realidad dependo del MIT. 

–Si el Pentágono tuviera conocimiento de tu hombre invisible, sería el fin del bucólico refugio terrenal en que te escondes; acabaríais todos, el pueblo entero, doscientos metros bajo tierra, en el desierto de Mojave, como conejillos de indias, en asépticas celdas esterilizadas, cubiertos de tubos, cables y electrodos, a mayor gloria del ejército de los Estados Unidos de América. En el terreno militar, querido amigo, conseguir la invisibilidad es un objetivo codiciado, que no conoce de barreras legales, morales o divinas.  

La luz artificial del parque había tomado el relevo y las primeras sombras de la noche tintaban las aguas del lago de un azul más oscuro. La noria, que también tenía encendidas sus coloridas luciérnagas, era el último recurso que le quedaba a la jornada, para prolongar la fiesta.

–Lo cierto es que nuestro proyecto de investigación actual se encuentra medio paralizado por falta de subvenciones y mientras eso no se solucione tampoco pasaría nada si me tomo unos días de descanso. Te confieso que me intriga la naturaleza de ese espejismo, capaz de nublar una mente tan brillante como la tuya.

–Podría inventarme el rastreo de una posible ascendencia sefardí. ¿Está Toledo cerca de tu pueblo? Sería muy conveniente; a los inversores del otro lado del charco, la mayoría ricos judíos de Boston y Nueva York, Hashem los colme de bendiciones, les entusiasma todo lo que tenga relación con recuperar los orígenes, historia y tradiciones del pueblo elegido.

–Dios bendiga América, pues, si es necesario, y Toledo está cerca de todas partes, Moshé, por eso no debes preocuparte.

La luna ponía reflejos de plata en la rizada superficie del lago, al que la brisa regalaba un sereno cabrilleo, y los dos hombres, apoyados en la barandilla del Pont du Mont-Blanc, se pararon a contemplar el espectáculo.

–¿Tienes hambre, Fredrik? Conozco una brasserie donde sirven comida española, El Pueblo-Fiesta, en la rue du Cendrier, no lejos de aquí, podemos ir dando un paseo, si te parece.

–No nos vendrá mal un poco de comida decente, Moshé, antes de que termine el día. Me muero por un trozo de tortilla de patata, que me ayude a digerir tu rösti de esta mañana.

El judío da por zanjada la cuestión con un encogimiento de hombros y echa a andar en dirección a Saint Gervais.

Mientras, al sur, a mil ciento dieciocho kilómetros de allí, en La Aldehuela de los Molinos, el mes de julio, más que mediado ya y fogoso, como es su obligación, está a punto de ponerse caliente, muy caliente y, según quien mire, alparcero y hasta querendón.

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